lunes, agosto 27, 2018

Saco y la anexión (I)


Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos.
José Antonio Saco.
                                                                                "...El día que me lanzara en una revolución,
                                                                                no sería para arruinar mi patria,
                                                                                ni deshonrarme yo,
                                                                                sino para asegurar su existencia,
                                                                                y la felicidad de sus hijos."

Confieso, con toda la sinceridad de mi alma, que nunca se ha visto mi pluma tan indecisa como al escribir este papel; y mi indecisión procede, no del asunto que voy a discutir, sino de la situación particular en que me hallo.
Consideraciones que pesan mucho sobre mi corazón, me imponen un respetuoso silencio, y lo guardaría profundamente, si ellas fuesen las únicas que mediasen en la grave cuestión que debemos resolver; pero, cuando me veo en presencia de un peligro que puede amenazar a la patria, me juzgaría culpable si, habiendo hablado en ocasiones menos importantes, no manifestase en esta mis ideas.
En mi favor invoco el derecho que todos tienen a emitir las suyas, y así como soy indulgente, aun con los de opiniones contrarias a las mías, hoy reclamo para mí, no la indulgencia que a otros concedo, sino tan solo la tolerancia.
A mí personalmente, una revolución en Cuba, lejos de causarme ningún daño, me traería algunas ventajas.
Desterrado para siempre de mi patria por el despotismo que la oprime, y aún errante en mi destierro, la revolución me abriría sus puertas para entrar gozoso por ellas: pobre en Europa, y abrumado de pesadumbres por mi condición presente y un triste porvenir, la revolución podría enriquecerme, y asegurar sobre alguna base estable el reposo de mi vida; sin empleos, honores ni distinciones, la revolución me los daría. Si, pues, tanto me da la revolución, ¿por qué no marcho bajo sus banderas; por qué vengo a combatirla, renunciando a sus favores?
Sé que algunos dirán que mis opiniones son retrógradas; otros, que soy un apóstata; e incluso no faltará quien pregone que he vendido mi pluma para escribir contra la anexión. Pero a los que estas y otras cosas digan, si las dicen de buena fe, los perdono; y si de mala, los desprecio.
Contemplando lo que Cuba es bajo el gobierno español, y lo que sería incorporada en los Estados Unidos, parece que todo cubano debiera desear ardientemente la anexión; pero este cambio tan halagüeño ofrece al realizarse grandes dificultades y peligros.
La incorporación solo se puede conseguir de dos modos: pacíficamente o por la fuerza de las armas. Pacíficamente, si verificándose un caso improbable, España regalase o vendiese aquella isla a los Estados Unidos; eventualidad en la cual, la trasformación política de Cuba se haría tranquilamente y sin ningún riesgo. Por lo que a mí toca, y sin que se crea que pretendo convertir ningún cubano a mi opinión particular, debo decir francamente que, a pesar de que reconozco las ventajas que Cuba alcanzaría formando parte de aquellos estados, me quedaría en el fondo del corazón un sentimiento secreto por la pérdida de la nacionalidad cubana. Apenas somos en Cuba quinientos mil blancos y en la superficie que ella contiene bien pueden alimentarse algunos millones de hombres. Reunida que fuese a Norteamérica, muchos de los peninsulares que hoy la habitan, mal avenidos con su nueva posición, la abandonarían para siempre ; y como la feracidad de su suelo, sus puertos magníficos y los demás elementos de riqueza, que con tan larga mano derramó sobre ella la Providencia, llamarían a su seno una inmigración prodigiosa, los norteamericanos dentro de poco tiempo nos superarían en número y la anexión, en último resultado, no sería anexión, sino absorción de Cuba por los Estados Unidos. Verdad es que la isla, geográficamente considerada, no desaparecería del grupo de las Antillas; pero yo quisiera que, si Cuba se separase por cualquier evento del tronco a que pertenece, siempre quedase para los cubanos, y no para una raza extranjera. «Nunca olvidemos (así escribía yo hace algunos meses a uno de mis más caros amigos) que la raza anglosajona difiere mucho de la nuestra por su origen, por su lengua, su religión, sus usos y costumbres; y que, desde que se sienta con fuerzas para balancear el número de cubanos, aspirará a la dirección política de los negocios de Cuba y la conseguirá, no solo por su fuerza numérica, sino porque se considerará como nuestra tutora o protectora, y mucho más adelantada que nosotros en materia de gobierno. La conseguirá, repito, pero sin hacernos ninguna violencia y usando de los mismos derechos que nosotros.
Los norteamericanos se presentarán ante las urnas electorales, nosotros también nos presentaremos; ellos votarán por los suyos, y nosotros por los nuestros; pero como ya estarán en mayoría, los cubanos serán excluidos, según la misma ley, de todos o casi todos los empleos: y doloroso espectáculo es por cierto que los hijos, que los amos verdaderos del país, se encuentren en él postergados por una raza advenediza. Yo he visto esto en otras partes y sé que en mi patria también lo vería; y quizás también vería que los cubanos, entregados al dolor y a la desesperación, acudiesen a las armas y provocasen una guerra civil. Muchos tacharán estas ideas de exageradas y hasta las tendrán por un delirio. Bien podrán ser cuanto se quiera; pero yo desearía que Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese Cuba cubana y no angloamericana. La idea de la inmortalidad es sublime, porque prolonga la existencia en los individuos más allá del sepulcro; y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos y el origen más puro del patriotismo. Si Cuba contase hoy con millón y medio o dos millones de blancos, ¡con cuánto gusto no la vería yo pasar a los brazos de nuestros vecinos! Entonces, por grande que fuese su inmigración, nosotros los absorberíamos a ellos y, creciendo y prosperando con asombro del planeta Tierra, Cuba sería siempre cubana. Mas a pesar de todo, si por algún acontecimiento extraordinario, la anexión pacífica de que he hablado pudiera efectuarse hoy, yo ahogaría mis sentimientos dentro del pecho y votaría por la anexión.»   El otro modo de conseguirla sería por la fuerza de las armas. Pero ¿podemos los cubanos empuñarlas sin envolver a Cuba en la más espantosa revolución; con qué apoyo sólido contamos para triunfar de la resistencia que encontraríamos; entramos solos en la lid o auxiliados por el extranjero? Examinemos separadamente lo que sucedería en cada uno de estos dos casos.
De raza africana hay en Cuba como quinientos mil esclavos y doscientos mil libres de color. Los blancos, unos son criollos y otros peninsulares y aunque aquellos son mas numerosos, estos son más fuertes, no solo por la identidad de sentimientos que los une, sino porque tienen exclusivamente el poder, el ejército y la marina y ocupan además todas las plazas y fortalezas de la Isla. Ilusión sería figurarse que los peninsulares se adhiriesen en las actuales circunstancias al grito de los cubanos en favor de la anexión. Habría tal vez entre los ricos un cortísimo número que, deslumbrados con la idea del valor que pudieran adquirir sus propiedades, depusiese su españolismo y se acogiese al nuevo pabellón. Pero la inmensa mayoría se mantendría fiel al estandarte de Castilla. Se opondrán pues, porque fuerza es confesar que los españoles en América son mas españoles que en España; porque habiendo perdido ya sus admirables colonias en el nuevo continente, el orgullo nacional los obliga a defender a fuego y sangre el único punto importante que les queda; porque desde Cuba pueden fomentar todavía su comercio en varios países de América y hasta adquirir en ellos alguna influencia política; porque todas las industrias que hoy los enriquecen pasarían a los norteamericanos, pues no podrían entrar en competencia con rivales tan activos y tan diestros; porque en fin, de amos de Cuba descenderían a un rango inferior. Y si para todo hombre siempre es duro este sacrificio, para el español sería insoportable, no sólo por el recuerdo de lo que fue en aquellos países, sino por la intolerancia de su carácter y el odio con que mira la dominación extranjera.