miércoles, octubre 30, 2019

De la servidumbre voluntaria.

El nacionalismo es bueno, para mí. Es como la resolución de la tarea particular del individuo en la sociedad: cada uno hace lo suyo y el todo anda correctamente. Lo que pasa es que esa idea se ha ido atacando por siglos con la demagogia y la hipocresía. Hay personas que prefieren la igualdad a la justicia y cuando se acumulan muchos en una sociedad son capaces de lograr cambios trascendentales con el método democrático "un hombre un voto" que yo considero una aberración. Igualar el voto de un intelectual de altura o de un empresario que crea cientos de puestos de trabajo al de un gamberro que se pasa la mañana jugando dominó en la esquina, la tarde tratando de buscarse ilegalmente el sustento y por la noche bailando, no creo que sea una buena idea.
Hoy día se pueden comparar todas las monarquías que hay en el mundo con las democracias, tanto del mundo desarrollado como de las repúblicas bananeras y se nota una superioridad evidente.
En las ciencias sociales sucede lo mismo que en las médicas: el error de "los universales", término utilizado por Alexis Carrell en su libro La Incógnita del Hombre. En Sociología, como en Medicina se analiza un ser abstracto único, ideal, constante y se le aplican las curas esperando un mismo resultado. Entonces se culpa del fracaso a la ciencia.
Hay derechos rechazados por pueblos, que despiertan compasión; hay otros que despiertan desprecio. El mejor símil de un pueblo sin decoro, sin autoestima, conformista, es el de una mujer abusada: defiende y apoya al abusador.
La única medicina que cura esto en los pueblos es el nacionalismo, pero el nacionalismo sano, no el que sugiere al ciudadano que es el más bonito, el más simpático, el que se ríe de sus desgracias, el que tolera las sinvergüenzuras de sus gobernantes.
Los pueblos subdesarrollados necesitan un nacionalismo que enseñe al individuo que la única vía legal y ética de aceptar dinero es la del trabajo. La cultura tiene que ser más que algo más que bailar.

domingo, octubre 27, 2019

Cuba; isla o continente?

Artículo aparecido en Revista de España de julio de 1871, número 21, página 195.


Descubierta la isla de Cuba, he aquí todos los nombres con que fue sucesivamente bautizada. Alfa y Omega o sea, principio y fin, según Pedro Mártir Angleria; Juana, Fernandina, de Santiago, San Salvador e Isla del Ave María, según Arrate en su libro Llave del Nuevo Mundo; nombrándose hoy al fin como entre los indígenas. Cubanacán es el sustantivo por el cual según Valdés, libro I, denotaban los indios el centro de la isla y nacán en lengua india, según Irving, significaba “lo mejor.” Y en efecto, lo más notable de su parte física se encuentra en su parte central y oriental, que era donde daban este vocablo, aunque en el presente sea lo más desierto de toda ella.
Pero el primer nombre no pudo dárselo Colón como principio y fin del Asia, cual aseguran algunos. Colón, en su primer viaje tuvo a Cuba por isla, puesto que decía a los reyes católicos “que era tan grande que llegó a creerla tierra firme, pero que entendía harto de los indios que traía continuamente esta tierra, que era isla y que le quedaban dos provincias para llegar al fin de la isla.”
Solo en su segundo viaje (1494), después de haber recorrido su costa Sur, la creyó tierra firme, aunque con haber andado tal vez un día más, no hubiera muerto en tal error. No pasó pues, entonces por el cabo de Maisí, porque desde Manzanillo hizo rumbo a Jamaica. En su tercer viaje ya no tocó en Cuba y en el cuarto tampoco pasó por Maisí y por lo tanto no puedo nombrarlo Alfa y Omega, nombre atribuido tanto a este cabo como a la provincia de Baitiquirí y a toda la isla, allá en los primeros tiempos de los descubrimientos.
Respecto a su influencia política por esta propia situación con relación a la nacionalidad a que siempre ha pertenecido ya he ponderado su importancia en la introducción de estos estudios. Territorio dominante sobre el gran golfo mejicano, él forma además entre sus costas y las inmediatas del vecino continente, las forzosas gargantas que surcan los buques de los dos mundos que a ella confluyen, y es para España como la sombra al cuerpo, si ha de tener la vida de los grandes pueblos: la navegación y el comercio. Punto convergente de las nuevas líneas de vapores y de los telégrafos que la ponen al habla de todos los pueblos de la tierra, ella ofrece a España la llave mejor de aquellos mares y en sus costas un imperio moral que no podría ser suplido con nada, ni aun con Portugal mismo, según lo creen así políticos de pasiones y de partido, pero no patricios de concepciones altas como hombres de Estado. Si España llegara a perder un día las Antillas o las Filipinas, España descendería de la altura del gran rango a que está llamada por su situación y la grandiosa y especial de estas provincias lejanas. La Península española es un gran cuerpo, pero Cuba, Puerto Rico y Filipinas son sus alas. Con las Baleares se cierne sobre el Mediterráneo: desde Canarias vela por las costas africanas; pero quitadle a Cuba y a Filipinas y no tendrá ya las grandes alas de sus dos armadas que hoy sostienen su dignidad y su vida y que mañana podrán acrecer su poderío y su riqueza, si entra en las grandes vías de su regeneración pública.   

viernes, noviembre 02, 2018

La matanza de Paracuellos

La mayor matanza de la guerra civil fue la de Paracuellos del Jarama, cerca de Madrid, en noviembre de 1936, perpetrada por milicianos del Frente Popular al más puro estilo soviético. En aquel momento el Gobierno del Frente Popular, ante la cercanía de las tropas de Franco, había abandonado Madrid. En la capital mandaba ahora una Junta de Defensa dirigida por el general Miaja como jefe militar, pero, por debajo de ese mando, las Juventudes Socialistas Unificadas se habían hecho con el control político de la seguridad y el orden público. Ese mismo día, las juventudes socialistas, dirigidas por Santiago Carrillo, se habían pasado en bloque al Partido Comunista. Y éste, siguiendo instrucciones directas de los agentes de Moscú, era ya el auténtico poder político en la capital de España.
Fue precisamente un consejero soviético, Mijail Koltsov, quien sembró en las cabezas de los comunistas españoles la idea de liquidar a los presos políticos: si los nacionales tomaban Madrid –arguyó-, en las cárceles iban a encontrar militares, abogados, médicos, escritores y funcionarios que de inmediato formarían la elite de la España de Franco. Había que eliminarlos. ¿Y cómo saber quién era quién en la abundante población reclusa de aquel Madrid? Era fácil: el ministro de la Gobernación, Galarza, antes de fugarse, había dejado en las cárceles los ficheros con todas las identidades de los presos. Los milicianos, excitados por la idea, pusieron manos a la siniestra obra.
Desde la madrugada del 6 de noviembre, los presos políticos derechistas empezaron a ser sacados de las cárceles de Madrid y trasladados por la fuerza en autobuses y camiones. Oficialmente se decía que eran enviados a Valencia, pero en realidad se les hacía bajar de los vehículos en las cercanías del pueblo de Paracuellos del Jarama, y allí eran fusilados en masa. Las víctimas eran principalmente ciudadanos de ideas derechistas, militares y profesionales sospechosos de simpatizar con el bando nacional, pero entre los asesinados había incluso niños. Los ejecutores fueron fundamentalmente los piquetes dispuestos por las milicias del Partido Socialista, el Partido Comunista y el sindicato UGT. El Consejero de Interior de la Junta de Madrid, el joven comunista Santiago Carrillo, fue el principal responsable político de la operación. Entre el 7 de noviembre y el 4 de diciembre de 1936, más de 2.500 personas fueron asesinadas por este procedimiento en Paracuellos. Las matanzas no cesaron hasta que el anarquista Melchor Rodríguez se hizo cargo de las prisiones de Madrid.
https://youtu.be/U9JCT9_qQWA


martes, octubre 23, 2018

El Discurso de la Servidumbre Voluntaria (VIII)

¿Quién fue más fácil de manejar, más simple y, por decirlo así, más tonto que Claudio, el emperador; quién llevó más cuernos de su mujer que Claudio de Mesalina? No obstante, la entregó al verdugo. Los tiranos tontos siguen siendo tontos cuando se trata de hacer el bien, pero no sé cómo, al fin, por poca lucidez de que dispongan, acaban empleándola para cometer alguna crueldad.
Es harto conocido el comentario de Calígula, quien, al contemplar el cuello desnudo de su mujer, a quien adoraba, y sin quien parecía no poder vivir, la acarició pronunciando estas edificantes palabras: “Este hermoso cuello podría ser degollado si así lo ordenara”. He aquí por qué la mayoría de los tiranos de la Antigüedad solían morir por manos de sus propios favoritos, quienes, tras conocer la naturaleza de la tiranía, no se sentían seguros de los caprichos del tirano y temían su poder. Así fue asesinado Domiciano por Estéfano, Cómodo por una de sus amantes, Antonino por Macrino y así casi todos los demás.
Ésta es la razón por la que un tirano jamás es amado, ni ama él mismo jamás. La amistad es algo sagrado, no se da sino entre gentes de bien que se estiman mutuamente, no se mantiene tan sólo mediante favores, sino también mediante la lealtad y una vida virtuosa. Lo que hace que un amigo esté seguro del otro es el conocimiento de su integridad. Tiene como garantía de ello la naturaleza de su carácter amable, su confianza y su constancia. No puede haber amistad donde hay crueldad, deslealtad, injusticia. Cuando se juntan los malos, siempre hay conspiraciones, jamás una asociación amistosa. No se aman, se temen: no son amigos, sino cómplices.
Ahora bien, aunque esto no sea un obstáculo, sería difícil encontrar en la vida de un tirano una sólida amistad, ya que, al estar por encima de todos y no tener iguales, se sitúa más allá de los límites de la amistad, que sólo se da en la más perfecta equidad, cuya evolución es siempre igual y en la que nada se enturbia. He aquí por qué, entre los ladrones, se produce, al parecer, cierta buena fe en el reparto del botín, porque se sienten iguales y compañeros y, si no se quieren entre sí, al menos se temen y saben perfectamente que, si no estuvieran unidos, su fuerza se debilitaría.
En cambio, los favoritos del tirano jamás pueden estar seguros de serlo, porque ellos mismos le han demostrado que lo puede todo y que ningún derecho ni deber alguno lo obliga a nada, de modo que el tirano pasa a creer que sus caprichos son su única razón, que ninguno de sus favoritos, por lo tanto, puede ser su amigo y que no tiene más remedio que convertirse en el amo de todos.
Así pues, es de lamentar que, ante tantos y tan claros ejemplos y ante tan cercano peligro, nadie quiera aprovechar esas experiencias pasadas, que tanta gente se aproxime aún gustosa al tirano y que no haya nadie lo bastante perspicaz y atrevido como para decirle lo que le dijo, según narra el cuento, el zorro al león que se hacía pasar por enfermo: “Vendría de buena gana a verte a tu madriguera, pero veo muchas huellas de animales que van en dirección a ella y ninguna que vuelva.”
Estos miserables ven resplandecer los tesoros del tirano, admiran boquiabiertos su esplendor y, atraídos a su vez por su magnificencia, se aproximan a él sin caer en la cuenta de que se meten en la llama que inexorablemente los consumirá. Así, el sátiro indiscreto, según antiguas fábulas, al ver arder el fuego sustraído por Prometeo, lo encontró tan bello que fue a besarlo y se quemó. Así también la mariposa que, deseosa de gozar, se metió en el fuego porque la atraía el resplandor de su llama y descubrió ese otro atributo del fuego que es el de quemar, según cuenta Lucano, el poeta toscano.
Pero, suponiendo que esos individuos escapen a la influencia de aquel a quien sirven, jamás se salvan del que lo sucederá. Si es bueno, en seguida se darán cuenta de ello y deberán entrar en razón. Si es malo y parecido a su antecesor, éste no dejará de rodearse a su vez de sus propios favoritos, quienes, a su vez también, no se contentarán con ocupar el lugar de sus predecesores sin disponer ellos también de sus bienes y privilegios. ¿Cómo puede alguien, conocedor de esos peligros y de la inestable seguridad con la que puede contar, aún aspirar a ocupar lugar tan frágil y malhadado y a servir, con riesgo de su vida, a amo tan peligroso?
¡Qué peso y qué martirio, Dios mío: dedicarse día tras día y noche tras noche a complacer a un solo hombre y, al mismo tiempo, temerle más que a cualquier otra persona en el mundo; estar siempre al acecho, el oído atento para poder averiguar a tiempo de dónde vendrá el golpe, para detectar las dificultades, espiar los gestos de sus propios compañeros y descubrir de antemano a los que traicionan a su amo; reírles todas las gracias y, sin embargo, temerles a todos, no tener enemigo declarado ni amigo seguro alguno, vivir siempre con expresión de alegría, mientras el alma vive en vilo, sin poder jamás estar contento ni atreverse a mostrarse triste!
Pero es curioso examinar lo que les queda tras tan gran tormento y lo que pueden esperar a cambio de su desgracia y de tan miserable existencia. En general, el pueblo no acusa al tirano de los males que padece, sino a los que lo gobiernan. El pueblo, la nación entera, todos, hasta los campesinos y los labradores, conocen sus nombres, descubren sus patrañas, lanzan contra ellos mil ultrajes, mil insultos, mil maldiciones. Todas sus oraciones, todas sus voces se elevan contra ellos; todas las plagas, todas sus desgracias y toda su miseria se las atribuyen a ellos. Y, si alguna vez les rinden en apariencia algún homenaje, en el fondo, los están maldiciendo y sienten ante ellos más temor que ante un animal salvaje. Ésta es la gloria, éste es el honor que reciben por sus servicios al pueblo; aunque cada súbdito consiguiera arrancarle un pedazo de su cuerpo, no se daría (al menos eso creo) por satisfecho, ni la mitad de su desgracia se daría por saciada, ni tan sólo después de su muerte.
Y, aun cuando esos tiranos hayan desaparecido, los que le sobreviven siguen ennegreciendo de mil maneras la historia de esos “come pueblo”. Su reputación queda ya definitivamente difamada en los libros, y sus huesos son; por así decirlo, arrastrados en el fango por la posteridad, recibiendo así un merecido castigo aun después de su muerte.
Aprendamos pues de una vez, aprendamos a obrar bien. Miremos al cielo y, tanto por nuestra dignidad como por simple amor a la virtud, dirijámonos a Dios todopoderoso, honrado testigo de nuestros actos y justo juez de nuestras faltas.
Por mi parte, pienso _y creo no equivocarme_ que no hay nada más contrario a Dios, tan bondadoso y justo, que la tiranía. En lo más hondo de los abismos, Él reserva sin duda a los tiranos y a sus cómplices un terrible castigo.

domingo, octubre 21, 2018

El Discurso de la Servidumbre Voluntaria (VII)

Sin embargo, cuando pienso en esa gente que adula al tirano para sacar provecho de su tiranía y de la servidumbre del pueblo, quedo estupefacto a la vez ante su maldad y su necedad. Pues, a decir verdad, acercarse al tirano, ¿acaso es otra cosa que alejarse de la libertad y, por decirlo así, abrazar voluntariamente la servidumbre? Que dejen de lado su ambición y se descarguen de su avaricia, que se miren a sí mismos y se reconozcan, y verán claramente que las gentes del campo, a quienes pisotean y tratan peor que a presidiarios o esclavos son, no obstante, más felices y más libres que ellos.
El labrador y el artesano, por muy sometidos que estén, quedan en paces al hacer lo que se les manda, mientras que el tirano ve a los que lo rodean acechar y mendigar sus favores. No basta con hacer lo que les ordena el tirano, sino que deben pensar lo que él quiere que piensen y, a menudo, para complacerlo, deben incluso anticiparse a sus deseos. No están solamente obligados a obedecer, sino que deben también complacerlo, doblegarse a sus caprichos, atormentarse, matarse a trabajar en sus asuntos, gozar de sus mismos placeres, sacrificar sus gustos al suyo, anular su personalidad, despojarse de su propia naturaleza, estar atentos a sus palabras, a su voz, a sus señales y a sus guiños, no tener ojos, pies ni manos como no sea para adivinar sus más recónditos deseos, o sus más secretos pensamientos. ¿Es esto vivir feliz; puede llamarse a esto vivir?
¿Hay en el mundo algo menos soportable, no digo ya para un hombre de buen corazón, o para un hombre bien nacido, sino tan sólo para cualquiera que tenga un mínimo de sentido común, o, sin más, un resto de humanidad; habrá otra manera de vivir más mísera, carente de todo, cuando podría gozar del libre albedrío, de la libertad, de su cuerpo y de la vida?
Pero se empeñan en servir para amontonar bienes, como si no pudieran ganar nada que sea suyo, ya que no pueden decir que se pertenecen a sí mismos. Y, como si nadie pudiera tener nada propio bajo el yugo del tirano, quieren apropiarse de los bienes sin recordar que ellos mismos son los que brindan al tirano el poder de quitarlo todo a todos y de negar a todos la posibilidad de tener algo que sea suyo. Saben, no obstante, que nada ata más a los hombres a su crueldad que los bienes; que no hay contra él crimen alguno digno de muerte más que la independencia, o disponer de algo; que no ambicionan más que la riqueza y que se la toman de preferencia con los ricos, quienes, sin embargo, se presentan ante el tirano como un rebaño ante el carnicero, pletóricos y rechonchos, para excitar más aún su voracidad.
Esos favoritos no deberían recordar tanto a los que han juntado muchos bienes gracias a los tiranos como a los que, tras haber juntando un tiempo, después han perdido los bienes y la vida; parecen ignorar que, si bien muchos han acumulado riquezas, pocos las han conservado. Releyendo todas las historias de la Antigüedad, reflexionando sobre aquellas que acuden a nuestra memoria, veremos cuán numerosos son los que, tras haberse ganado con malas artes la confianza del príncipe, ya sea fomentando su maldad, ya sea abusando de su simpleza, acabaron aplastados por ese mismo príncipe. Cuanto más fácil fue su ascensión en los favores del tirano, menos sabiduría tuvieron para conservarlos. De la cantidad de gente que siempre ha frecuentado la corte de los malos reyes, pocos, o ninguno, han podido eludir al fin la crueldad del tirano al que, antes, habían azuzado contra los demás. En la mayoría de los casos, tras haberse enriquecido a la sombra de sus favores y a costa de otros, terminan ellos mismos por enriquecer a otros.
Incluso los hombres de bien, si es que alguna vez hubo hombre de bien amado por el tirano, por mucho que goce de este privilegio y por muy brillantes que sean su virtud y su integridad _que siempre, vistas de cerca, inspiran hasta a los malos cierto respeto_, no podían estar por mucho tiempo en la corte del tirano; tenían por fuerza que sentir en su propia piel el mal que afectaba a todos y, a costa de sí mismos, pasar por las desventuras de la tiranía.
Podemos citar ejemplos: Séneca, Burro, Trasea, tres hombres de bien, sobre dos de los cuales, Séneca y Burro, recayó el infortunio de que el tirano les confiara el control de sus asuntos: los dos fueron apreciados y amados por él; uno de ellos había sido incluso su preceptor y maestro y, como prenda de su amistad, tenía el recuerdo de los cuidados que le había prodigado en su infancia. Pero el ejemplo de esos tres hombres, cuya suerte fue tan cruel, ¿ya no basta para probar la escasa confianza que pueden inspirar los malos amos? Y, de hecho, ¿qué amistad puede esperarse del que tiene el corazón tan duro que odia a todo un reino (que, paradójicamente, le obedece dócilmente) y de un ser que, por no saber amar, destruye así paulatinamente su propio imperio?
Si alguien opinara que Séneca, Burro y Trasea fueron víctimas del tirano por haber sido buenos, que investigue lo que sucedía en la corte de Nerón: comprobará que los que obtuvieron sus favores y se mantuvieron por malas artes tampoco duraron mucho más. ¿Quién ha oído hablar de amor más desprendido y de afecto más obstinado; quién ha leído jamás algo semejante a la constante y entregada dedicación de Nerón a Popea? Pues bien, ¿acaso no la envenenó él mismo? Agripina, su madre, mató a su marido Claudio para entregarle el imperio, hizo todo lo posible para favorecerlo y cometió, para conseguirlo, todo tipo de crímenes. No obstante, su propio hijo, fruto de sus entrañas, aquel a quien ella misma había colocado a la cabeza del imperio, tras haberla traicionado varias veces, finalmente le quitó la vida; nadie se atrevió a afirmar entonces que no merecía semejante castigo, que, en cambio, habría recibido la aprobación de todos de habérselo infligido otro.

sábado, octubre 20, 2018

El Discurso de la Servidumbre Voluntaria (VI)

Nuestros tiranos también sembraron en Francia fantasías y fetiches, como sapos, flores de lis, la ampolla y la oriflama. Todas ellas son supersticiones en las que aún me resisto a creer, ya que ni nosotros ni nuestros antepasados hemos tenido hasta ahora ocasión alguna de probar lo contrario. Hemos tenido a reyes tan buenos en la paz como valientes en la guerra que, aunque nacieran reyes, al parecer, la naturaleza los conformó distintos a los demás y a quienes Dios todopoderoso eligió antes de nacer para destinarlos al gobierno y a la salvaguarda del reino. Y, aun cuando no existieran tales excepciones, no entraré en discusión para debatir la verdad de nuestra historia, ni desmenuzarla con el fin de no desvirtuar tan sugerente tema, en el que podrán lucirse aquellos autores que se ocupan de la poesía francesa, ahora no sólo en franca mejora, sino, por decirlo así, puesta al día gracias a poetas como Ronsard, Baif, Du Bellay, quienes en este arte, hacen avanzar tanto nuestra lengua que me atrevo a esperar que pronto no tendremos nada que envidiar a los griegos ni a los latinos sino tan sólo su derecho de primogenitura.
Y, sin duda, perjudicaría nuestra rima (y uso gustoso esta palabra, ya que, si bien algunos la han convertido en algo mecánico, veo, sin embargo, a bastantes que aún están dispuestos a ennoblecerla y devolverle su brillo original) si la privara de los hermosos cuentos del rey Clodoveo, en los que veo ya, me parece, cómo se entretuvo, complacida, la vena poética de nuestro Ronsard en su Franciada. Presiento su alcance, conozco la gracia de su estilo. Sacará provecho de la oriflama como los romanos de sus ancilas, así como de los escudos caídos del cielo de los que habla Virgilio. Cuidará de nuestra ampolla, como los atenienses lo hicieron del cesto de Erisicto; hará que se hable de nuestros ejércitos como ellos de los suyos que, según aseguran, se encuentran aún en la torre de Minerva, por supuesto, sería temerario por mi parte querer desmentir nuestros fabulosos libros y barrer el terreno de nuestros poetas.
Pero, volviendo al tema que nos ocupa y del que me aparté no recuerdo muy bien cómo, ¿acaso no es hoy evidente que los tiranos, para consolidarse, se han esforzado siempre por acostumbrar al pueblo, no sólo a la obediencia y a la servidumbre, sino también a una especie de devoción por ellos? Todo lo que he dicho hasta aquí sobre los sistemas empleados por los tiranos para someter a las gentes no sirven sino para los ignorantes y los serviles.
Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía. El que creyera que son las alabardas y la vigilancia armada las que sostienen a los tiranos, se equivocarían bastante. Las utilizan, creo, más por una cuestión formal y para asustar que porque confíen en ellas. Los arqueros impiden, por supuesto, la entrada al palacio a los andrajosos y a los pobres, no a los que van armados y parecen decididos. Sería sin duda fácil contar cuántos emperadores romanos escaparon a algún peligro gracias a la ayuda de sus arqueros y los que fueron asesinados por sus propios guardias. Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tirano. Cuesta creerlo, pero es cierto.
Son cuatro o cinco los que sostienen al tirano, cuatro o cinco los que imponen por él la servidumbre en toda la nación. Siempre han sido cinco o seis los confidentes del tirano, los que se acercan a él por su propia voluntad, o son llamados por él, para convertirse en cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, rufianes de sus voluptuosidades y los que se reparten el botín de sus pillajes. Ellos son los que manipulan tan bien a su jefe que éste pasa a ser un hombre malo para la sociedad, no sólo debido a sus propias maldades, sino también a las de ellos. Estos seis tienen a seiscientos hombres bajo su poder, a los que manipulan y a quienes corrompen como han corrompido al tirano. Estos seiscientos tienen bajo su poder a seis mil, a quienes sitúan en cargos de cierta importancia, a quienes otorgan el gobierno de las provincias, o la administración del tesoro público, con el fin de favorecer su avaricia y su crueldad, de ponerla en práctica cuando convenga y de causar tantos males por todas partes que no puedan mover un dedo sin consultarlos, ni eludir las leyes y sus consecuencias sin recurrir a ellos.
Extensa es la serie de aquéllos que siguen a éstos. El que quiera entretenerse devanando esta red, verá que no son seis mil, sino cien mil, millones los que tienen sujeto al tirano y los que conforman entre ellos una cadena ininterrumpida que se remonta hasta él. Se sirven de ella como Júpiter quien, según Romero, se vanagloriaba de que, si tirara de la cadena, se llevaría consigo a todos los dioses. De ahí provenían el mayor poder del senado bajo Julio César, la creación de nuevas funciones, la institución de cargos, no, por supuesto, para hacer el bien y reformar la justicia, sino para crear nuevos soportes de la tiranía.
En suma, se llega así a que, gracias a la concesión de favores, a las ganancias, o ganancias compartidas con los tiranos, al fin hay casi tanta gente para quien la tiranía es provechosa como para quien la libertad sería deseable. Según los médicos, aunque nuestro cuerpo no sufra daño alguno, en cuanto en algún lugar se manifiesta una dolencia, todos los males se centran en el punto corrompido. Asimismo, en cuanto un rey se declara tirano, todo lo malo, toda la hez del reino _y no me refiero a ese montón de ladronzuelos y desorejados, que no pueden hacer ni mal ni bien en un país, sino a los que están poseídos por una incontenible ambición y una incurable avaricia_ se agolpa a su alrededor y lo mantiene para compartir con él el botín y, bajo su grandeza, convertirse ellos mismos en pequeños tiranos.
Así actúan también los grandes ladrones y los célebres corsarios: unos recorren el país mientras otros asaltan a viajeros; unos permanecen emboscados y otros al acecho; unos masacran mientras otros saquean. Si bien están igualmente estructurados en jerarquías, nadie de entre ellos, desde el más simple criado hasta los jefes, queda, al fin y al cabo, fuera del reparto, si no del botín más sustancioso, sí al menos de lo que se ha encontrado. Se dice que los piratas de Cilicia no sólo se unieron tantos que hubo que enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, sino que, al unirse, consiguieron firmar alianzas con varias grandes ciudades, en cuyos puertos se refugiaban tras cada incursión y a las que, a modo de recompensa, cedían parte del botín.
Así es como el tirano somete a sus súbditos, a unos por medio de otros. Está a salvo gracias a aquellos de quienes debería guardarse si ya no estuvieran corrompidos. Pero, tal como suele decirse, para cortar leña, hay que emplear cuñas de la misma madera.
Contemplad a sus arqueros, a sus guardias y a sus alabarderos; no es que no padezcan ellos mismos de la opresión del tirano, sino que esos malditos por Dios y por los hombres se limitan a soportar el mal, no para devolverlo a quien se lo causa a ellos, sino para hacerlo a los que padecen como ellos y no pueden hacer nada.

viernes, octubre 19, 2018

El Discurso de la Servidumbre Voluntaria (V)

Ese sistema, esa práctica, esos reclamos eran concebidos por los antiguos tiranos para embrutecer a sus súbditos y fortalecer el yugo. Los pueblos embrutecidos, entregados a esos pasatiempos y distraídos por un efímero placer que los deslumbraba, se acostumbraban así a servir tan neciamente (aunque peor) como a leer aprenden los niños pequeños con las imágenes iluminadas. A los tiranos romanos se les ocurrió, además, otra cosa: celebrar a menudo los decemviros, (reunión de hombres del pueblo, agrupados y enrolados de diez en diez y alimentados a expensas del tesoro público) cebando a esas pobres gentes embrutecidas y agasajándolas por el sistema, siempre fácil, de seducirlas mediante el paladar. El más inteligente jamás habría dejado su cuenco de sopa para recobrar la libertad de la república de Platón. Los tiranos se desprendían fácilmente de un cuarterón de trigo, un sextario de vino y un sestercio; por lo tanto resultaba lamentable oír clamar “¡Viva el rey!” a los súbditos.
Los muy zafios no se daban cuenta de que no hacían más que rembolsarse parte de lo que era suyo, y que el tirano no habría podido obsequiarles esa mínima parte sin habérsela sustraído antes. Cualquiera de los que recogían el sestercio y se hartaban en los festines públicos, bendiciendo a Tiberio y a Nerón por su magnanimidad, podía, al día siguiente, verse obligado a entregar sus bienes para satisfacer la avaricia del tirano, a sus hijos para saciar su lujuria y hasta su sangre para alimentar la crueldad de aquellos espléndidos emperadores, y todo ello sin decir una palabra, ni mover un dedo.
El pueblo ha sido siempre así. Se muestra dispuesto y disoluto para el placer que se le brinda en forma deshonesta, e insensible al daño y al dolor que padece honestamente. No conozco a nadie ahora que, al oír hablar de Nerón, no tiemble tan sólo con el sonido del nombre de ese monstruo, esa inmunda y sucia bestia. Sin embargo, todo hay que decirlo, después de su muerte, tan repugnante como había sido su vida, el noble pueblo de Roma se llevó tal disgusto, al recordar sus juegos y festines, que estuvo a punto de llevar luto por él. Así lo escribió Cornelio Tácito, excelente historiador que merece toda nuestra confianza.
No deben extrañarnos tales extremos, en vista de lo que ese mismo pueblo hizo a la muerte de Julio César, quien había anulado todas las leyes y aplastado la libertad de Roma. En ese personaje no hubo, en mi opinión, nada que valiera la pena, pues su humanidad misma, que tanto se alaba, fue más lamentable aún que la crueldad del más salvaje tirano que jamás haya existido, porque, de hecho, fue esa venenosa bondad suya la que endulzó la servidumbre del pueblo. Pero, después de su muerte, ese pueblo aún conservaba en el paladar el sabor de sus banquetes y, en el espíritu, el recuerdo de sus prodigalidades, y, para rendirle los honores fúnebres e incinerarlo, amontonó los bancos de la plaza pública para construir una hoguera, elevó una columna en su honor como al Padre del pueblo (así rezaba el capitel) y le rindió más honores, por muerto que estuviera, que los que hubiera debido rendir a cualquier otro hombre en el mundo, de no ser a aquellos que lo habían matado.
Los emperadores romanos no olvidaban asumir ante todo el título de tribuno del pueblo, tanto porque esa tarea era considerada santa y sagrada, como porque así estaba establecido para la defensa y protección del pueblo. Con el beneplácito del Estado, se aseguraban de este modo la confianza del pueblo, como si a éste le bastara con oír nombrar el título, sin sentir por ello sus efectos.
Los de hoy no lo hacen mucho mejor, pues, antes de cometer algún crimen, aun el más indignante, lo hacen preceder de algunas hermosas palabras sobre el bien público y el bienestar de todos. Los reyes de Asiria, y después los de Media, no aparecían en público sino al anochecer, con el fin de que el populacho creyera que en ellos había algo sobrehumano y de crear esta ilusión en aquellos que alimentaban su imaginación con cosas que jamás habían visto. Así, todas las naciones que estuvieron largo tiempo sometidas al imperio asirio se acostumbraron a servir gracias a este misterio. Y obedecían más a gusto al no saber a qué amo servían, ni tan sólo si ese amo existía. De modo que vivían en el temor de alguien a quien nadie había visto jamás.
Los primeros reyes egipcios no aparecían en público sin llevar un gato, o una rama, o un haz de fuego sobre la cabeza; así ataviados, pasaban a ser algo así como ilusionistas. Con ello, por extraño que parezca, conseguían hacerse respetar y admirar por sus súbditos y por gentes que, de no ser tan necias o de no estar tan embrutecidas, se habrían burlado y reído. Es realmente lamentable oír hablar de lo que hacían los tiranos del pasado para consolidar su tiranía y de las pequeñas astucias a las que recurrían, encontrando siempre al pueblo tan dispuesto a todo que no tenían más que tender la red para que cayera en ella. Lo enredaron con tanta facilidad que jamás se sometió mejor como cuando más lo engatusaron.
¿Y qué diré de otra patraña que los pueblos antiguos tomaron por verdad absoluta? Creyeron firmemente que el pulgar de Pirro, rey de los epirotas, era milagroso y curaba a los enfermos del bazo. Enriquecieron aún más ese cuento añadiendo que aquel dedo, tras haberse consumido el cuerpo en el fuego, había sido encontrado intacto entre las cenizas. El pueblo ha elaborado siempre de este modo engañosas fantasías para, después, creer en ellas a ciegas. Muchos autores las han trascripto y recogido en sus libros, de tal manera que puede verse con facilidad que las han sacado de la leyenda popular callejera.
Vespasiano, al volver de Asiria y pasar por Alejandría para dirigirse a Roma con el fin de hacerse con el imperio, realizó milagros. Enderezó a los cojos, devolvió la vista a los ciegos y así muchas cosas más que no podrían ser creídas, en mi opinión, más que por tontos aún más ciegos que aquellos a quienes se pretendía curar. Incluso los tiranos encontraban muy extraño que los hombres pudiesen soportar el que uno solo los maltratara. Iban con la religión por delante, a modo de escudo, y, de ser posible, se adjudicaban algún rasgo divino para dar mayor autoridad a sus viles actos.
Salmóneo, según la sibila de Virgilio, por haberse burlado del pueblo ante el que intentó hacerse pasar por Júpiter, se encuentra en los infiernos, “castigado con terrible rigor por haber intentado remedar los rayos y los truenos. Montado en un carro de cuatro caballos y blandiendo un hachón encendido, corría ufano por los pueblos de Grecia y por la ciudad de Elida exigiendo para sí la adoración debida a los dioses. ¡Insensato! Pretendía remedar, con unas ruedas de bronce y con el ímpetu de los caballos, las tempestades y el trueno inimitable. Pero el omnipotente padre, a través de las espesas nubes, le lanzó un rayo (no echó mano de vanas antorchas y humosas teas como Salmóneo) y, tras envolverle en un denso torbellino, lo precipitó en el abismo.”
Si el que no fue sino un necio se encuentra ahora en los infiernos, creo que los que han abusado de la religión para hacer el mal, encontrarán allí, con mayor razón, el justo castigo a sus actos.