viernes, septiembre 21, 2018

Saco y la anexión (III)

Ella, pues, abierta o solapadamente, según creyera que mejor cumplía a los fines de su política, se mezclaría en la contienda y sus parciales en Cuba serían más numerosos que los de la república americana; pues esta, a lo más, solo contaría con los cubanos; mas aquella reuniría en torno suyo a los peninsulares, porque defendería los intereses de España, y a todos los individuos de raza africana, porque estos saben que ella hace a los esclavos libres, y a los libres ciudadanos, mientras los Estados Unidos mantienen a los suyos en dura esclavitud. ¿No proporcionaría recursos a España para  que continuase la guerra; no le permitiría que en Jamaica y en sus  otras islas vecinas reclutase soldados negros, que simpatizarían con los africanos de Cuba; y qué sería de esta infeliz Antilla, destrozada por la guerra civil y sometida a un tiempo a la perniciosa influencia de dos naciones rivales o enemigas? ¿Y triunfarían al cabo los Estados Unidos? Triunfen enhorabuena; pero su triunfo sería sobre las cenizas de la patria. Les quedaría el punto geográfico, pero sobre ese  punto se alzarían mas de seiscientos mil negros, bañados en la sangre  de sus señores y ofreciendo a los estados meridionales de aquella confederación un ejemplo terrible que imitar.
No hay país sobre la tierra donde un movimiento revolucionario sea más peligroso que en Cuba. En otras partes, siquiera con solo la probabilidad de triunfar, se pueden correr los azares de una revolución pues, por grandes que sean los padecimientos, siempre queda  el mismo pueblo; pero en Cuba, donde no hay otra alternativa que la  vida o la muerte, nunca debe intentarse una revolución sino cuando  su triunfo sea tan cierto como una demostración matemática. En nuestras actuales circunstancias, la revolución política va necesariamente acompañada de la revolución social y la revolución social es la ruina completa de la raza cubana. Sin duda que los oprimidos hijos de aquel suelo tienen muchos agravios que reclamar contra la tiranía metropolitana; pero por numerosos y graves que sean, los hombres previsores jamás deben provocar un levantamiento que, antes de mejorar nuestra condición, nos hundiría en las más espantosas calamidades. El patriotismo, el puro e ilustrado patriotismo, debe consistir en Cuba  no en desear imposibles, ni en precipitar al país en una revolución prematura, sino en sufrir con resignación y grandeza de ánimo los ultrajes de la fortuna, procurando siempre enderezar a buena parte los destinos de nuestra patria.
Ni en la presente situación de Cuba, ni en los extraordinarios acontecimientos que han perturbado a Europa en 1848, encuentro ningún motivo de los que se llaman vitales, que nos fuercen a buscar la anexión por medio de las armas. ¿Será que los cubanos consideran su suerte tan insoportable que, ciegos y desesperados, quieran entregarse a la venganza y a otras pasiones indignas de sus pechos generosos? Si tal hicieran, las consecuencias pesarían más sobre ellos que sobre los enemigos de quienes intentaran vengarse. ¿Se buscará la incorporación por temor de que España, en sus revueltas intestinas, mande libertar los esclavos? De las cinco razones que tengo para creer lo contrario, sólo apuntaré cuatro:
1ª.- Tal vez en el curso de los años España pensará lo mismo que Inglaterra, Francia y Dinamarca; pero hoy no está, ni en sus ideas ni en sus intereses, el abolir la esclavitud; y lo mismo piensan en cuanto a ella progresistas y moderados, que republicanos y absolutistas. Díganlo si no aquellos ingleses, que en sus correrías por Madrid, Barcelona y otras ciudades de la península, anduvieron regando la semilla abolicionista, y en todas partes se encontraron un terreno estéril é ingrato.
2ª.- De no haber sido por las continuas y enérgicas reclamaciones del gabinete inglés, todavía España estaría inundando á Cuba de esclavos africanos. En la cuestión negrera se observan dos períodos muy marcados: el de la supresión del tráfico y el de la emancipación. Aquel siempre precede a este; y si España apenas ha entrado en el primero, y eso a impulso de una fuerza exterior poderosa, ¿cómo se la podrá considerar tan adelantada, que ya esté en el último término del segundo?
3ª.- Pero aun cuando hubiese llegado a él, su propio interés le serviría de freno, pues ella conoce que la abolición en masa atacaría violentamente las propiedades de cubanos y europeos y que reuniéndose todos para defenderlas, no temerían declararse independientes.
4ª.- España sabe que los millones de pesos fuertes y los demás provechos y granjerías que saca anualmente de Cuba son producto del trabajo de los esclavos. ¿Cómo pues, en sus apuros pecuniarios cortará ella de un golpe el árbol frondoso que tan sazonados frutos le presenta?
¿Será la anexión para libertarnos de las tentativas de Inglaterra contra Cuba? En nuestra posición no debemos adormecernos con una vana confianza, ni tampoco exagerar los peligros. Cierto es que los hacendados de las Antillas británicas desearían que los de Cuba no fabricasen azúcar con más ventaja que ellos; cierto que el gobierno inglés se alegraría de que las ideas de su propaganda alcanzasen también a nuestra isla: ¿pero se infiere de aquí que él pretenda realizar sus deseos, apoderándose de Cuba ó destruyéndola? Nunca menos que ahora puede él emprender esta tremenda cruzada; y no lo digo con relación al estado en que se halla Europa; no lo digo porque el abatimiento en que han caído las Antillas británicas, a consecuencia de la emancipación repentina de sus esclavos ha entibiado algún tanto en Inglaterra el fervor de los abolicionistas y disminuido el número de sus prosélitos; lo digo, sí, porque esta nación sabe que, aun cuando España le vendiese a Cuba, los Estados Unidos se opondrían vigorosamente a que pasase a sus manos una isla, que no solo domina todas las aguas del golfo mexicano, sino parte de las costas orientales de aquella república. La esclavitud  misma de Cuba daría a Inglaterra algunos embarazos para su adquisición, porque en el acto que la poseyera, habría de proclamar la libertad, ora indemnizando a los amos el valor de los esclavos, ora sin indemnizarlos. Si no los indemniza, el descontento general de aquellos será tan grande que, considerándose arruinados, nada les impediría hacer una revolución que sería sumamente provechosa a los Estados Unidos. Si los indemniza, incluso a precios muy bajos, forzoso le será añadir al valor que pagaría por Cuba, la suma de muchos millones de pesos fuertes. ¿Y para qué tantos sacrificios? Para entrar inmediatamente en una guerra desastrosa con la confederación norteamericana. Tranquilicémonos, pues, y no temamos en vernos convertidos en súbditos ingleses. Nos ligan con la Gran Bretaña tratados solemnes sobre el tráfico de esclavos; cumplámoslos religiosamente y ella se abstendrá de ciertas aspiraciones que, llevando en sí el carácter de una intervención en nuestros asuntos domésticos, provocarían al punto la de los Estados Unidos. Estos, y no España; estos, no por nuestro bien, sino por su propio interés; estos son en nuestra situación actual el escudo más fuerte que nos cubre contra cualquier desleal tentativa del gobierno británico. Pero si nosotros, rompiendo imprudentemente este equilibrio conservador, llevamos a nuestro suelo el azote de la guerra, entonces aquel gabinete podrá realizar cuantas miras siniestras se le quieran suponer, ya que nosotros mismos le ofrecemos la ocasión mas favorable.
¿Harán los cubanos la anexión para libertar sus esclavos? Solo pensarlo es un delirio; y si lo pensasen por un trastorno completo de las leyes morales que rigen el corazón humano, no deberían empezar por encender en su patria una guerra asoladora, sino por ponerse de acuerdo con su metrópoli y ejecutar pacíficamente sus benéficas intenciones.
¿Será, al contrario, para reanimar el tráfico de esclavos, introduciéndolos, no de Africa, sino de los Estados Unidos? Esto, que a muchos parecerá un bien, yo lo tengo por un mal, como diré más adelante.
¿Será solo para mantener la esclavitud? Pero ¿quién trata de emancipar los esclavos? España no lo sueña y la Inglaterra ni tiene derecho para mezclarse en esta cuestión, que es peculiarmente nuestra, ni tampoco presenta una actitud amenazadora; y si la tomase encontraría las graves dificultades que acabo de manifestar. Es pues, evidente que haríamos la revolución por un temor imaginario. Y los que la hiciésemos, ¿cómo no advertimos que la guerra por la anexión sería el medio infalible de perder nuestros esclavos; y los conservaríamos, aun en el caso de reunirnos pacíficamente a la confederación americana? Acaso el porvenir no es tan brillante ni tan sólido como generalmente se cree, pues la incorporación no pone los esclavos de Cuba a cubierto de todas las eventualidades.


miércoles, septiembre 19, 2018

Saco y la anexión (II)

Si los españoles deploran, y en mi sentir con razón, el triunfo de los Estados Unidos en México, que ya no les pertenece ¿cómo podrían unirse a los que vienen a despojarlos de una propiedad que tanto estiman? No hay pues que contar con su apoyo ni siquiera con su neutralidad; y tengamos por cierto que, en cualquier tentativa armada por la anexión, los encontraremos en el campo enemigo. Pero yo he supuesto lo que no es. He supuesto que todos los cubanos desean y están dispuestos a pelear por la incorporación. Es muy fácil que los hombres se engañen tomando por opinión general la que sólo es del círculo en que se mueven; y yo creo que en este error incurrirían los que imaginasen que los cubanos piensan hoy de un mismo modo en punto a la anexión. En la Habana, Matanzas y otras ciudades marítimas, bien podrán existir en ciertas clases tales o cuales ideas; pero si consultamos el parecer de la población esparcida en otras partes conoceremos que todavía no ha penetrado en ella tanta filosofía. Si el país al que hubiésemos de agregarnos fuese del mismo origen que el nuestro, México, por ejemplo, suponiendo que este pueblo desventurado pudiese darnos la protección de que él mismo carece, entonces, por un impulso instintivo y tan rápido como el fluido eléctrico, los cubanos todos volverían los ojos a las regiones de Anahuac. Pero cuando se trata de una nación extranjera, y más extranjera que otras para la raza española, extraño fenómeno sería que la gente cubana en masa, rompiendo de un golpe con sus antiguas tradiciones, con la fuerza de sus hábitos y con el imperio de su religión y de su lengua, se arrojase a los brazos de la confederación norteamericana. Este fenómeno sólo podrá suceder, si, persistiendo el gobierno metropolitano en su conducta tiránica contra Cuba, los hijos de esta Antilla se ven forzados a buscar en otra parte la justicia y la libertad, que tan obstinadamente se les niega. Hasta en las ciudades de la isla donde más difundida pudiese estar la idea de la anexión, mirarían esta con repugnancia los que viven y medran contentos a la sombra de las instituciones actuales; los que, obligados a pasar por el nivel de la igualdad americana, perderían el rango que hoy ocupan en la jerarquía social; y si a ellos se junta el número de los indolentes, de los pacíficos y de los tímidos, resultará que el partido de la anexión no será muy formidable.¿Y esta fracción, que seguramente encontraría al frente suyo a otra más poderosa; esta fracción es la que podría salir vencedora en empresa tan arriesgada? Admitamos por un momento que ella llegase a triunfar. Se seguiría de aquí que, habiendo sido los cubanos bastante fuertes para sacudir por sí solos la dominación española, deberían constituirse en estado independiente, sin agregarse a ningún país de la Tierra. Así pensarían unos, pero otros estarían por la anexión; y esta divergencia de pareceres en punto tan esencial, enconaría las pasiones de los partidos y podría ocasionar grandes conflictos. Mas, concédase que todos los cubanos caminan de acuerdo y piden a una la anexión; todavía quedan pendientes otras dificultades muy graves. En la confederación americana, los estados del Norte, justamente alarmados de la preponderancia que van adquiriendo los del Sur, están resueltos a combatir la agregación a la república de nuevos estados de esclavos; y la reciente determinación que se acaba de tomar, prohibiendo la esclavitud en el Oregon, es un anuncio de los obstáculos que encontraría la incorporación de Cuba, pues no hay duda que con ella se rompería de una vez el equilibrio entre el Septentrión y el Mediodía.
Encarnizada sería la contienda entre partidos tan opuestos; y si cuando la cuestión se presentase no estuviese reunido el cuerpo legislativo americano, único juez competente para decidirla, sería menester aguardar a que de nuevo se juntase, quedando Cuba entretanto entregada a la más terrible incertidumbre y expuesta a los embates de los elementos internos y externos que podrían conjurarse contra ella. Reflexionemos, por otra parte, que la incorporación de Cuba en los Estados Unidos turbaría necesariamente las relaciones pacíficas entre ellos y España. Sabido es que allí hay un partido de la guerra, de la funesta escuela de Jackson; pero también hay otro, muy numeroso y muy respetable, de la paz y la lucha que se trabase entre los dos, bien podría conmover hasta los fundamentos de la república. No es, pues, tan fácil como se cree, aun suponiendo a Cuba triunfante, su agregación á los Estados Unidos. ¿Pretendemos, acaso, parodiar la anexión de Texas? Pero el caso es absolutamente desigual. Cuando Texas se alzó contra México, su población se componía de norteamericanos; no había potencias interesadas en agitarlo; carecía de negros y de esclavos y su independencia, no solo fue reconocida por los Estados Unidos, sino por Inglaterra y otras naciones. ¿Serían estas las circunstancias de Cuba, que para echarse en los brazos de la república americana, escoge el momento crítico de hacer su insurrección, sin aguardar a constituirse en gobierno independiente, ni a ser reconocida por otras potencias? Y si resultase, lo que nadie puede tener por imposible; si resultase que los Estados Unidos no quisiesen recibirnos como miembros de su gran familia, ¿qué sería entonces de Cuba cuando, en el concepto de los mismos anexionistas, ella no puede existir por sí sola? Forzosa consecuencia sería, o tender de nuevo el cuello al yugo español, o condenar la isla a una ruina inevitable.
Pero te engañas, me dirán; los Estados Unidos nos protegen y con su auxilio triunfaremos. La nueva fórmula con que ahora se presenta la cuestión, lejos de inspirarme confianza , aumenta mis temores. Si los auxilios son morales, se reducirán a buenos deseos, a vagos ofrecimientos, y a palabras pomposas que, alucinando a muchos, no salvarán a nadie en la hora del peligro. ¿Serán físicos los auxilios, únicos que pudieran ser eficaces en nuestra angustiada situación? Mas ¿quién los da; será aquel pueblo; será su gobierno? En los hábitos utilitarios y espíritu positivo de aquella república, no es probable que ella arriesgue su dinero en empresa tan aventurada. Me atrevo a asegurar que mientras sean cubanos los que dieren la cara, quedándose al paño los norteamericanos, toda su protección consistirá en la tolerancia de ciertos actos que, aunque reprobados por el derecho de gentes, no comprometan la paz entre ellos y España. Yo quisiera infundir mis ideas a todos mis compatricios; quisiera que desconfiasen de todas las promesas, aunque saliesen de la boca del mismo Presidente; y quisiera que ninguno se prestase incautamente, a pesar de la mejor intención, a ser juguete de planes e intrigas, que si se frustran, solo perjudicarán a Cuba y a sus hijos; y si se realizan, aprovecharán  a los que nada pierden ni arriesgan. A ser yo conspirador por la anexión, exigiría al gobierno de los Estados Unidos que, si realmente la desea, ya que Cuba por sí sola no puede conseguirla, empezase por preparar una escuadra y un ejército de veinte y cinco o treinta mil hombres y que el primer acto de su declaración de guerra contra España, fuese la invasión de Cuba. Este golpe atrevido, aunque en mi concepto arruinaría la isla, tendría al menos el mérito de la franqueza y del valor.
 Esta invasión es la suposición más favorable que puedo hacer para el triunfo de las ideas anexionistas. Pero ¿cuáles serían las consecuencias? Mucho se engañan los que piensan que el gobierno español se dejaría arrebatar la importantísima isla de Cuba sin una defensa desesperada. Mal calculan los que se fundan en la debilidad de España. Débil es acá en Europa en una guerra ofensiva; débil allá en América para reconquistar las posesiones que ha perdido; pero en Cuba es fuerte, y muy fuerte para arruinar a los cubanos y su fuerza principal estriba en los heterogéneos y peligrosos elementos de su población. ¿Por ventura está el gobierno de Cuba tan destituido de recursos que, dueño como es de toda ella, no pueda resistir por algún tiempo a los invasores; no cuenta con un ejército respetable y fiel a toda prueba, ya que todo se compone de españoles europeos; no armaría a miles a los peninsulares residentes en aquella isla y que, sin familia cubana que los ligue, servirían gustosos en la causa de la madre patria? Y, prolongada la lucha, no meses sino solo semanas, ¿qué brazo poderoso podrá impedir la destrucción de Cuba... para los cubanos? Empeñada la guerra, cualquiera de los dos partidos que flaquease, y sobre todo el español ¿no llamaría en su auxilio a nuestro más formidable enemigo; no lanzaría el grito mágico de libertad, reforzando sus legiones con nuestros propios esclavos? Y cuando esto sucediese, que infaliblemente sucedería ¿dónde está la ventura que encontrarían los cubanos, peleando por la anexión? Aun cuando ninguno de los partidos beligerantes llamase en su socorro auxiliares tan peligrosos, ellos no permanecerían tranquilos. Si hoy lo están, en medio de la ardiente atmósfera que respiran, debido es a la unión saludable en que viven todos los blancos; pero el día en que el trueno del cañón los separe, ese día podrán renovarse en Cuba los horrores de Santo Domingo. Se moverán allí los africanos por la fuerza de sus instintos; se moverán por los ejemplos que les ofrecen las Antillas extranjeras; se moverán por el fanatismo de las sectas abolicionistas, que no dejarán escapar la preciosa coyuntura que entonces se les presenta para consumar sus planes; se moverán, en fin, por los resortes de la política extranjera, que sabrá aprovecharse diestramente de nuestros errores y disensiones.
Bulle en muchas cabezas norteamericanas el pensamiento de apoderarse de todas las regiones septentrionales de América, hasta el istmo de Panamá. La invasión de Cuba por los Estados Unidos descubriría en ellos una ambición tan desenfrenada, que alarmaría a las naciones poseedoras de colonias en aquella parte del mundo. Yo no sé si todas ellas, sintiéndose amenazadas, harían causa común con España; pero Inglaterra, que es cabalmente la que más tiene que perder, miraría como una fatalidad que Cuba cayese, en todo su vigor y lozanía, bajo el poder de los Estados Unidos.

La Constitución Estatutaria.


Si la Constitución es por definición lo que delimita los poderes e instituciones de la organización política, con rango superior al resto de las leyes; el Partido Comunista de Cuba no puede estar por encima de ella. Si la soberanía de la República reside intransferiblemente en el pueblo, con todos y para el bien de todos, el único modo de salvar esta incongruencia desde el punto de vista del Derecho es; primero, que la militancia ciudadana en dicho partido sea directa, abierta y pública, como es dondequiera, y segundo, que se declare oficialmente el nuevo Misterio y dogma de la fe socialista de la Trinidad ideológica en Cuba: El Partido, la Constitución y la República son distintas y a la vez lo mismo.
Ese bodrio legal que le están dando al pueblo no representa ningún cambio hacia un estado de derecho.
Y allá van los borregos balando alegremente en asenso.
Bueno, no todos asienten alegremente; algunos le hacen el juego al prestidigitador mayor que les invita a dirimir el matrimonio histórico de mamá y papá y legalizar el de papá y papá y de mamá y mamá; discuten acaloradamente la bobería del orden de aparición de los artículos o la idoneidad del concepto de lo que debe limitarse: la riqueza o la propiedad. Vaya, desempolvar la ignominia del artículo 131 de la URSS. No es la riqueza ni la propiedad lo que debe limitarse, sino el privilegio, palabrita mágica de la que tanto abusó el mandante Jefe para matar la República. La plebe no tiene que debatir el privilegio de un funcionario de la nomenklatura, de un hijo de papá o de un intelectual revolucionario sino el de un luchador por cuenta propia; su tarea es defender la patria socialista, lo que coincide con la intención del que propone la ley, y además disfrutar del acto, que es el mayor honor designado para el cubano. Hay que admitir que los comunistas son buenos violentando la semántica léxica: ahora la dignidad plena del cubano significa no sólo vivir en afrentas y oprobios sumidos, sino sentirse honrado por eso; atesorar para sus hijos y nietos un socialismo prefabricado y un partido comunista ubicuo; andar como Heberto Padilla: "un paso al frente y dos o tres atrás: pero siempre aplaudiendo."
La nueva farsa legal, este flamante Fuero Juzgo del Eurico caribeño, tiene tantos huecos porque intenta mostrar "una reforma total" a la vez que garantiza "no cambiar ni un ápice de los aspectos fundamentales" de la ley actual. Ellos no quieren soltar el poder. Punto y aparte.
No hay que perder concentración en lo más importante. Pero es necesario cuestionar por qué el legislador manipula una lista de ideologías, a saber, imperialismo, fascismo, colonialismo y neocolonialismo, merecedoras de condenar y a cuyos enemigos conceder asilo, haciendo excepción del estalinismo.
Habría que indagar el sentido de proponer que corresponde a la Asamblea Nacional revocar los decretos, leyes y acuerdos del Consejo de Estado si ambas tienen los mismos Presidentes, Vicepresidentes y Secretarios. Ya sé que para ellos la separación de los poderes del estado "de derecho" les tiene sin cuidado.
Quiero ser optimista y analizar el artículo donde se deja también a los ciudadanos la iniciativa de las leyes; dizque se requiere el ejercicio de al menos diez mil electores. Al menos sé que no puede ser un Proyecto ni llamarse Varela. Lo de la promoción de reformas a la Constitución es un poco más difícil. ¿Cómo podrían coincidir cincuenta mil ciudadanos en una petición de reforma, suscribirla ante el Consejo Electoral Nacional y dirigirla a la Asamblea Nacional sin hacer una convocatoria? Sí, ya estoy enterado de que se reconocen por el Estado los derechos de reunión, manifestación y asociación, pero no sabemos qué interpretación le darán al "acatamiento a las preceptivas establecidas en la ley."
Ya empezamos mal, pues "acatar" en castellano significa "tributar homenaje de sumisión y respeto y aceptar con sumisión una autoridad, orden o normas legales."
  

lunes, agosto 27, 2018

Saco y la anexión (I)


Ideas sobre la incorporación de Cuba en los Estados Unidos.
José Antonio Saco.
                                                                                "...El día que me lanzara en una revolución,
                                                                                no sería para arruinar mi patria,
                                                                                ni deshonrarme yo,
                                                                                sino para asegurar su existencia,
                                                                                y la felicidad de sus hijos."

Confieso, con toda la sinceridad de mi alma, que nunca se ha visto mi pluma tan indecisa como al escribir este papel; y mi indecisión procede, no del asunto que voy a discutir, sino de la situación particular en que me hallo.
Consideraciones que pesan mucho sobre mi corazón, me imponen un respetuoso silencio, y lo guardaría profundamente, si ellas fuesen las únicas que mediasen en la grave cuestión que debemos resolver; pero, cuando me veo en presencia de un peligro que puede amenazar a la patria, me juzgaría culpable si, habiendo hablado en ocasiones menos importantes, no manifestase en esta mis ideas.
En mi favor invoco el derecho que todos tienen a emitir las suyas, y así como soy indulgente, aun con los de opiniones contrarias a las mías, hoy reclamo para mí, no la indulgencia que a otros concedo, sino tan solo la tolerancia.
A mí personalmente, una revolución en Cuba, lejos de causarme ningún daño, me traería algunas ventajas.
Desterrado para siempre de mi patria por el despotismo que la oprime, y aún errante en mi destierro, la revolución me abriría sus puertas para entrar gozoso por ellas: pobre en Europa, y abrumado de pesadumbres por mi condición presente y un triste porvenir, la revolución podría enriquecerme, y asegurar sobre alguna base estable el reposo de mi vida; sin empleos, honores ni distinciones, la revolución me los daría. Si, pues, tanto me da la revolución, ¿por qué no marcho bajo sus banderas; por qué vengo a combatirla, renunciando a sus favores?
Sé que algunos dirán que mis opiniones son retrógradas; otros, que soy un apóstata; e incluso no faltará quien pregone que he vendido mi pluma para escribir contra la anexión. Pero a los que estas y otras cosas digan, si las dicen de buena fe, los perdono; y si de mala, los desprecio.
Contemplando lo que Cuba es bajo el gobierno español, y lo que sería incorporada en los Estados Unidos, parece que todo cubano debiera desear ardientemente la anexión; pero este cambio tan halagüeño ofrece al realizarse grandes dificultades y peligros.
La incorporación solo se puede conseguir de dos modos: pacíficamente o por la fuerza de las armas. Pacíficamente, si verificándose un caso improbable, España regalase o vendiese aquella isla a los Estados Unidos; eventualidad en la cual, la trasformación política de Cuba se haría tranquilamente y sin ningún riesgo. Por lo que a mí toca, y sin que se crea que pretendo convertir ningún cubano a mi opinión particular, debo decir francamente que, a pesar de que reconozco las ventajas que Cuba alcanzaría formando parte de aquellos estados, me quedaría en el fondo del corazón un sentimiento secreto por la pérdida de la nacionalidad cubana. Apenas somos en Cuba quinientos mil blancos y en la superficie que ella contiene bien pueden alimentarse algunos millones de hombres. Reunida que fuese a Norteamérica, muchos de los peninsulares que hoy la habitan, mal avenidos con su nueva posición, la abandonarían para siempre ; y como la feracidad de su suelo, sus puertos magníficos y los demás elementos de riqueza, que con tan larga mano derramó sobre ella la Providencia, llamarían a su seno una inmigración prodigiosa, los norteamericanos dentro de poco tiempo nos superarían en número y la anexión, en último resultado, no sería anexión, sino absorción de Cuba por los Estados Unidos. Verdad es que la isla, geográficamente considerada, no desaparecería del grupo de las Antillas; pero yo quisiera que, si Cuba se separase por cualquier evento del tronco a que pertenece, siempre quedase para los cubanos, y no para una raza extranjera. «Nunca olvidemos (así escribía yo hace algunos meses a uno de mis más caros amigos) que la raza anglosajona difiere mucho de la nuestra por su origen, por su lengua, su religión, sus usos y costumbres; y que, desde que se sienta con fuerzas para balancear el número de cubanos, aspirará a la dirección política de los negocios de Cuba y la conseguirá, no solo por su fuerza numérica, sino porque se considerará como nuestra tutora o protectora, y mucho más adelantada que nosotros en materia de gobierno. La conseguirá, repito, pero sin hacernos ninguna violencia y usando de los mismos derechos que nosotros.
Los norteamericanos se presentarán ante las urnas electorales, nosotros también nos presentaremos; ellos votarán por los suyos, y nosotros por los nuestros; pero como ya estarán en mayoría, los cubanos serán excluidos, según la misma ley, de todos o casi todos los empleos: y doloroso espectáculo es por cierto que los hijos, que los amos verdaderos del país, se encuentren en él postergados por una raza advenediza. Yo he visto esto en otras partes y sé que en mi patria también lo vería; y quizás también vería que los cubanos, entregados al dolor y a la desesperación, acudiesen a las armas y provocasen una guerra civil. Muchos tacharán estas ideas de exageradas y hasta las tendrán por un delirio. Bien podrán ser cuanto se quiera; pero yo desearía que Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese Cuba cubana y no angloamericana. La idea de la inmortalidad es sublime, porque prolonga la existencia en los individuos más allá del sepulcro; y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos y el origen más puro del patriotismo. Si Cuba contase hoy con millón y medio o dos millones de blancos, ¡con cuánto gusto no la vería yo pasar a los brazos de nuestros vecinos! Entonces, por grande que fuese su inmigración, nosotros los absorberíamos a ellos y, creciendo y prosperando con asombro del planeta Tierra, Cuba sería siempre cubana. Mas a pesar de todo, si por algún acontecimiento extraordinario, la anexión pacífica de que he hablado pudiera efectuarse hoy, yo ahogaría mis sentimientos dentro del pecho y votaría por la anexión.»   El otro modo de conseguirla sería por la fuerza de las armas. Pero ¿podemos los cubanos empuñarlas sin envolver a Cuba en la más espantosa revolución; con qué apoyo sólido contamos para triunfar de la resistencia que encontraríamos; entramos solos en la lid o auxiliados por el extranjero? Examinemos separadamente lo que sucedería en cada uno de estos dos casos.
De raza africana hay en Cuba como quinientos mil esclavos y doscientos mil libres de color. Los blancos, unos son criollos y otros peninsulares y aunque aquellos son mas numerosos, estos son más fuertes, no solo por la identidad de sentimientos que los une, sino porque tienen exclusivamente el poder, el ejército y la marina y ocupan además todas las plazas y fortalezas de la Isla. Ilusión sería figurarse que los peninsulares se adhiriesen en las actuales circunstancias al grito de los cubanos en favor de la anexión. Habría tal vez entre los ricos un cortísimo número que, deslumbrados con la idea del valor que pudieran adquirir sus propiedades, depusiese su españolismo y se acogiese al nuevo pabellón. Pero la inmensa mayoría se mantendría fiel al estandarte de Castilla. Se opondrán pues, porque fuerza es confesar que los españoles en América son mas españoles que en España; porque habiendo perdido ya sus admirables colonias en el nuevo continente, el orgullo nacional los obliga a defender a fuego y sangre el único punto importante que les queda; porque desde Cuba pueden fomentar todavía su comercio en varios países de América y hasta adquirir en ellos alguna influencia política; porque todas las industrias que hoy los enriquecen pasarían a los norteamericanos, pues no podrían entrar en competencia con rivales tan activos y tan diestros; porque en fin, de amos de Cuba descenderían a un rango inferior. Y si para todo hombre siempre es duro este sacrificio, para el español sería insoportable, no sólo por el recuerdo de lo que fue en aquellos países, sino por la intolerancia de su carácter y el odio con que mira la dominación extranjera.

domingo, julio 22, 2018

To be Raúl or not to be Miguel.




En el blog nombrado postcuba, el intelectual revolucionario Marco Velázquez Cristo critica a los que el flamante presidente ha criticado; intelectuales revolucionarios pero no tan revolucionarios: no lo suficiente como para la ortodoxia fidelista.
Allí defiende el tío la idoneidad de una frase muy conocida del Bardo del Avon en su drama Hamlet. Yo dejo a los especialistas cubiches la puja existencialista de la adecuación de esas palabras al tema de los apóstatas. Lo cierto es que el fantasma de la perestroika recorre los pasillos de los palacios del poder en Cuba. 
A continuación intercalo un comentario que le hice: 
Compadre; qué clase de sociedad tan aburrida sería la que usted propone! De las variadas contradicciones en que usted cae, la principal es aquello de que ustedes han sido generosos en la victoria. Usted acusa de traidores a los de su misma clase revolucionaria sólo porque no lo son suficientemente; vaya generosidad! En las posiciones ideológicas siempre hay matices; usted nunca va a encontrar esa pureza que propugna. Esa pléyade de intelectuales que usted acusa de contrarrevolucionarios no pueden estar minando las bases de la revolución porque fuera de esas bases no sabrían vivir; lo único que han hecho por décadas es tocar la flauta para que el populacho entre por el carril y se mantenga; son los verdaderos pastores del pueblo cubano. No me venga con el cuento de que desean desarmar el muñeco que ha creado con tanto esfuerzo el hábil trapero durante sesenta años. Y eso sin hablar de la rudeza con que han tratado siempre al que no profesa su ideología. Yo siempre he sido irrevolucionario porque aún siendo un jovencito no pude entender la ofensiva revolucionaria apropiándose del fruto del trabajo de un hombre tras generaciones de sudor; ni por qué había que desarraigar una familia de su hábitat por la sola razón de haber quedado dentro de una zona en conflicto; ni la razón por la que arrastrar y apalear a un ciudadano por querer abandonar este país. Siempre hubo revolucionarios como usted porque hay un pueblo como el cubano, que vive feliz en cadenas. Mi lucha siempre ha sido defender el derecho del pueblo cubano al progreso. Si la democracia lleva al progreso, el progreso tiene que llevar a la democracia. Punto. Por eso llevan ustedes tanto tiempo contribuyendo al oprobio, porque los inconformes de adentro se convierten en los odiosos de afuera y así se cierra el maldito círculo vicioso. Si todo el esfuerzo del exilio, de los enemigos históricos y de todo el mundo se encauzara en llevar progreso y prosperidad al suelo cubano, nadie iba a recordar la puñetera revolución en algunos años. Pero para lograr eso hay que romper un prejuicio y eso no es fácil. Hay que romper el bloqueo americano, suspender la prohibición de viajes desde Usa, eliminar la batalla ideológica contra los comunistas cubanos: despolitizar a Cuba. Hemos sido un pueblo bailón, cantaor, pelotero, chambelonero, hablador: fuera la politiquería! Nunca fuimos un pueblo espartano sino en la imaginería de nuestros exaltados patrioteros.

sábado, julio 21, 2018

Esta es otra historia.



No hay dudas de que el patrioterismo vano del cubano viene del sentido del honor español.
Hay otra historia en los anales de la guerra escritos por los españoles en los diarios de ambas, la península y la isla, muy documentada. 
Sin embargo la mayoría de los cubanos prefieren las historias al puro estilo Elpidio Valdés, donde los gaitos son cobardes, estúpidos y cándidos.
Esta es otra historia de la batalla de Peralejo, contada por un testigo ocular.

“Ejército de operaciones de Cuba.- E.M.G.
Excmo. Señor:

El día 5 salí de la Habana para ver de cerca las jurisdicciones de Remedios y Sancti Spiritus, donde existen las partidas de las Villas y Ciego de Avila; enterado de todo por el general D. Agustín Luque, de cuyo celo, actividad e inteligencia estoy sumamente satisfecho, dispuse que enseguida volviese a Manzanillo el segundo batallón de Isabel la Católica que, con dos de la primera división había reforzado las Villas, dejando estos dos allí por ahora; aunque estando pronto a volver a Cuba el de la Unión, segundo provisional y de la colocación que consideraba debida a los cuatro batallones que acababan de llegar de la Península (Andalucía, Extremadura, Borbón y Zamora), formando dos líneas, la avanzada en el Jatibonico para operar hacia la antigua Trocha, y la segunda en Placetas, Guaracabuya, Baez y Fomento; estas fuerzas, con el tercero de Alfonso XIII y el de Bara, sexto peninsular, más la caballería y guerrillas, tenían por primera misión perseguir las partidas y formar las dos líneas indicadas, por si Máximo Gómez conseguía pasar la línea de Júcaro a Morón perseguirle y evitar que levantase Las Villas.

El día 8 embarqué en Tunas de Zaza y recorrí Morón, Ciego de Avila y Júcaro, previniendo las obras que para defensa de Ciego de Avila debían hacerse y la construcción de un barracón para depósito y desembarco en el Júcaro, como asimismo la construcción del ramal del Júcaro a Punta Barra y el muelle de este punto (estas dos últimas aprobadas de Real orden).

El día 10 fui a Santa Cruz, adonde destinaba el batallón de América, pero como las condiciones de este punto son malísimas, tanto respecto a salubridad, azotado duramente por el vómito y las calenturas, y además el barracón enfermería y cuartel estaba en ruinas e infestado, dispuse que se alquilase una casa nueva para hospital y destacamento, por ser la única regularmente situada en aquel puerto de infección, y previne que el batallón fuera a acampar a Santa Cecilia, construyéndose barracones de guano para su alojamiento y de tabla para enfermería, arreglando el camino que une a Santa Cruz con Santa Cecilia.

Seguí a Manzanillo, donde llegué el indicado día 10 a las 10 de la noche; llevaba el propósito de ir a Bayamo, punto en el que, según las noticias de los periódicos y la voz general, había grandes deficiencias; comuniqué mi pensamiento al general D. José Lachambre, quien me dijo que acababa de recibir noticias de que Antonio Maceo con unos tres mil hombres, más todas las partidas de la jurisdicción, estaba en el Corojo, tres leguas distantes de Bayamo.

Como generalmente a Maceo le suponen en todas partes, yo no creí la noticia y e insistí en ir, por más que el general Lachambre me suplicó que no fuese, negándome a que me acompañara. Tengo que consignar que este general pasó orden al malogrado general Santocildes, que estaba en el camino de Veguitas, para que me esperase y además hizo que una columna que había enviado a buscar por mar a Campechuela, se me incorporase en Veguitas.

En este punto se me confirmó la noticia de la presencia de Maceo; yo reunía mil quinientos veintitrés hombres y no se suponía que Maceo tuviera más del doble, y no le creía bien municionado; confieso paladinamente que dudé un tanto porque, no habiendo vuelto el general Ordóñez de Holguín, no había más fuerzas disponibles en este distrito, pero no me pareció oportuno retroceder, hubiera perdido la fuerza moral con este valiente ejército, al que tanto exijo y habría sido un golpe fatal.

Maceo, desde que supo mi arribo a Manzanillo, noticia que recibió de seguro antes de salir yo de aquella ciudad, tomó sus precauciones y empezó a reunir no sólo todas sus fuerzas, que las tenía próximas para imposición de jefe a esta zona, sino los paisanos también; y como han recibido un fuerte convoy, desembarcado en la Herradura, Holguín, desistió de su proyecto de retrasar combates y organizó sus fuerzas y se dispuso a impedirme el paso y rodearme merced al terreno y su superioridad numérica.

A las 5 de la mañana salí de Veguitas y se hizo la marcha con lentitud por no estar muy bueno el camino; acabado de pasar el Buey por Barrancas, se presentaron por el flanco izquierdo algunos grupos, que se reconocieron y no hostilizaron; ya allí tuvimos alguna vaga noticia de que el enemigo estaba cerca; como el camino de Jucaibama, aunque más corto, estaba en muy mal estado, decidió el general Santocildes, que llevaba el mando, marchar por el camino de los Magüey, dejando a nuestra izquierda el de Jucaibama; dos kilómetros antes de la bifurcación del indicado camino y el de Peralejo, la vanguardia, mandada por el teniente coronel D. José Vaquero, encontró al enemigo, rompiéndose el fuego con vivacidad y a la media hora, esto es, a las doce y media, se generalizó por todos lados, siendo envuelta la columna y atacada vivamente la retaguardia mandada por el teniente coronel don Federico Escario y la extrema retaguardia por el comandante D. Félix Díaz Andino; la situación era muy mala; estábamos entre dos cercas de potreros, cercas de alambre con puntas, completamente al descubierto y teniendo por los flancos y el frente monte bajo, en que podían ocultarse y desde donde hacían fuego con ventaja; avanzábamos lentamente en correcta formación, análoga a la del cuadro, ocupando un kilómetro aproximadamente de extensión y con los fuegos cruzados, sin haber punto inmune.

El teniente coronel D. Francisco San Martín, que iba a la derecha, hizo un avance en aquella dirección, llegando a la altura de la vanguardia; a las tres horas de combate cayó muerto de tres balazos mortales por necesidad el inteligente y bravísimo general Santocildes; entonces tomé el mando directo y habiendo sido herido gravemente el teniente coronel Vaquero, dispuse que tomara el mando de la vanguardia el de igual clase San Martín y de la retaguardia D. Federico Escario, continuando el fuego por espacio de una hora con igual fuerza; entonces previne un avance y al frente de la sección exploradora de Isabel la Católica y primera y tercera compañía del expresado Cuerpo cargaron el coronel teniente coronel de Estado Mayor D. Máximo Ramos y mis dos ayudantes capitán Primo de Rivera y teniente marqués del Baztán; se puso en fuga al enemigo por aquella parte, matando algunos de arma blanca y el fuego vivo de los flancos dio un breve descanso, y como la retaguardia estaba a la altura del camino de los Magüeys, invertí el orden de formación, tomando esta la vanguardia; la que era vanguardia quedó de flanco derecho y de retaguardia; como se tenía que pasar el arroyo Babatuaba de uno en uno y las acémilas y heridos eran muchos, volvió a generalizarse el combate, intentando ellos con numerosa caballería estorbar el paso por el flanco izquierdo, pues no habían apostado fuerza en el arroyo y quedaron sorprendidos con mi movimiento; pasado el arroyo, a las cinco ya sólo grupos de caballería hostilizaban la retaguardia y llegué a Bayamo a las nueve de la noche, donde era grande la alarma, pues se había tenido noticia del combate y muerte de Santocildes.

Al día siguiente de mi llegada se enterró al general Santocildes y siete cadáveres más que se trajo la columna, no habiéndose podido traer los restantes por falta de medios de transporte, pues se perdieron cuarenta caballos y acémilas; los ochenta y nueve heridos se habían instalado la noche antes en hospitales provisionales.

Pensaba detenerme un solo día en Bayamo, pero las dos jornadas tan penosas por lo largas y el agua y el fango del camino, y sobre todo la del último día con el combate de cinco horas, no me aconsejaba moverme; también tuve conocimiento de que José Maceo había llegado a Cuba con mil quinientos hombres y se debía incorporar a su hermano y que todo el paisanaje útil de Bayamo, Jiguaní y Baire se reconcentraban por orden de Maceo con objeto de ayudarle; es decir, que me encontraba frente a unos seis mil hombres armados.

Decidí quedarme y enviar mensajeros para que de Holguín y Cuba salgan dos brigadas de más de mil quinientos hombres, para operar combinadamente y procurar deshacer este gran núcleo.

Las bajas que tuve en el expresado combate han sido el general Santocildes y tres oficiales muertos; el teniente coronel Vaquero y tres oficiales más heridos, veintiuno de tropa muertos y ochenta y nueve heridos.

Réstame tan sólo a V.E. que he quedado altamente complacido del comportamiento de las fuerzas todas, y muy especialmente de los que pude observar, como los tenientes coroneles Vaquero, San Martín y Escario; comandante Andino; del médico de Isabel la Católica D. Marcial Martínez Capdevila, que con el del cuartel general D. Eduardo Semprún, que tuvo el caballo muerto de dos heridas montándolo a mi lado, curaron los heridos con serenidad; de mi cuartel general que estuvo constantemente a caballo yendo a llevar órdenes desde el principio del combate y los primeros tenientes de Isabel la Católica don Alfonso Sánchez Osorio y D. Hilarión Martínez Santos; capitán D. Francisco Barbón Fernández, y primeros tenientes D. Pedro Carratalá Mantilla y D. Francisco Sánchez Ortega; y del batallón de Baza el capitán D. Luis Robles Guardabrazo; primer teniente D. Carlos Tuero y O’Donell, y segundo teniente D. Ricardo Boria Linares, y el capitán de la guerrilla montada teniente coronel capitán retirado D. Enrique Travesi y capitán de la guerrilla de Guisa exteniente coronel D. Salvador Benítez.

Lo que tengo el honor de manifestar a V.E. para su debido conocimiento, no expresando las bajas del enemigo porque los datos son muy contradictorios. Dios guarde a V.E. muchos años.

Bayamo, julio 16 de 1895.- Excmo. Sr. Arsenio Martínez de Campos.- Excmo. Sr. Ministro de la Guerra.”


El capitán general de la isla de Cuba el 24 de julio pasado dijo a este ministerio lo siguiente:
“Ejército de operaciones de Cuba.- E.M.G.- Excmo. Señor: Como continuación a mi parte del 16 del actual debo manifestar a V.E. que el general Valdés acudió presuroso a Bayamo con una columna inferior a la indicada por mí por no demorar su marcha en la concentración de las fuerzas que debían seguirle, y a las cuales di orden de que no siguieran ya su marcha, sino que por el contrario, volvieran a Holguín y Tunas con objeto de proteger dichos puntos.
Expliqué a V.E. la situación en que creía encontrarme; estaba equivocado: el enemigo, aunque hacía circular multitud de baladronadas y proyectos que sólo tenían por objeto despistarme tanto más cuanto que eran verosímiles, había quedado tan quebrantado en Peralejo donde tuvo cerca de cuatrocientas bajas y había perdido no sólo la ilusión de quedarse con la columna en aquel mal paso sino que también se habían aterrado del valor del soldado y de mi movimiento primero de avance y luego de flanco, reduciendo el combate a un solo frente, que los “pacíficos” se volvieron a sus bohíos, y convencidos después de que mis bajas no llegaban a ciento veinte, las partidas de este distrito volvieron descorazonadas a sus guaridas habituales, y las de Guantánamo y parte de las de Cuba y Holguín, medio sublevadas, no quisieron continuar aquí; lo que sí hicieron fue establecer en todos los caminos que conducen a Bayamo partidas que hacían llegar a aquella población las noticias exageradas que les convenía, manteniéndome en la incertidumbre que es natural y propalando al exterior todas las especies alarmantes que su imaginación y conveniencia les sugería. Maceo los tachaba de cobardes y ellos acusaban a su vez a este de que los había llevado al matadero. La división y el desconcierto no pueden ser mayores, y si los pertinaces chubascos de la estación no dificultaran las marchas, hubiese operado con las fuerzas reunidas en este distrito.
Todas estas noticias las he ignorado y estaba muy lejos de presumirlas; antes por el contrario, creía que el combate no me había sido favorable más que en el hecho de haber  logrado avanzar sin haber perdido un palmo de terreno, y sin haber retrocedido ante un enemigo tan superior en número y en terreno en que se me había preparado una celada.
La recepción que me ha hecho el pueblo de Manzanillo, tan frío e indiferente de ordinario, el entusiasmo, no sólo de la columna mía, sino el de todas las venidas de fuera, me ha indemnizado de las preocupaciones de estos días, y finalmente el convencimiento que tengo de que he evitado una catástrofe, pues el plan de Maceo lo he conocido ya por completo, y aseguro a V.E. que todo parecía contribuir a que con éxito lo realizara. Consistía en caer sobre el convoy escoltado por doscientos ochenta hombres que estaba en marcha de Cauto a Bayamo conduciendo veinte mil raciones e igual número de cartuchos, empresa facilísima para tan numerosas partidas; marchar al siguiente día contra Bayamo rodeando los dos llamados fuertes con su escaso número de guarnición, y bajar a Manzanillo, donde suponía que no había más cuatrocientos hombres,  porque ignoraba la llegada del batallón de Isabel la Católica, y mientras tanto bloquear Jiguaní, Baire, Guisa y las Ventas. La noticia de mi llegada a Manzanillo y de mi propósito de ir a Bayamo, les hizo pensar en que yo era mejor presa, y que después de muerto yo, podrían realizar su proyecto.
El general García Navarro vino a Manzanillo desde Cuba con los batallones de Cuba y el de Valladolid; el coronel Aldaye desde Ciego de Avila con el segundo batallón de Alfonso XIII, dos compañías de Tarragona, dos escuadrones y cuatro compañías de Andalucía que recogió en Santa Cruz.
De estas fuerzas tomó el mando el general Lachambre y salió para Bayamo tomando el camino que yo había seguido; pero como yo volvía por el de Jucaibama no nos encontramos, retrocediendo tan pronto como supo mi salida para Manzanillo. El general Valdés, que vino de Holguín con dos batallones de la Habana, me acompañó hasta Veguitas, donde se halla detenido hoy para proveerse de calzado y mañana vuelve a Holguín.
La columna de Manzanillo vuelve a Bayamo y Cauto para racionar Bayamo y todos los destacamentos de la jurisdicción con el convoy fluvial que sale el 26 de Manzanillo.
Si pudiera operar, desde luego la ventaja sería mayor, pero necesito por lo menos veinte días para racionar, y aunque ahora llueve mucho, son chubascos diarios que duran poco y a pesar de que inutilizan los caminos pueden considerarse como lloviznas, comparados con los grandes temporales de mediados de Agosto hasta fines de Septiembre en que casi no se pueden pasar los arroyos y mucho menos los ríos.
Réstame tan sólo manifestar a V.E. que, aunque acostumbrado a verlo, la resignación del soldado, su disciplina y su moral, excede a toda ponderación.
Es conmovedor verlos caminar cuatro jornadas con barro hasta el tobillo, sin calzado, que se queda clavado o deshecho en el camino, la tercera parte del tiempo con agua hasta la rodilla, y en los pasos de arroyos y ríos por encima de la cintura, y flaqueando penosamente por los bosques; no creo que en ejército alguno existan tales virtudes; podrá ser mayor su instrucción, superior su espíritu militar, pero soldado como el nuestro, que a veces pasa cuatro días comiendo carne sin sal y bebiendo barro por agua, no lo hay en ninguna nación, y al poner de manifiesto a V.E. esas virtudes, creo llenar un deber de reconocimiento y admiración a ese soldado, y a V.E. como jefe superior del ejército proporcionarle una gran satisfacción.
Dios guarde a V.E. muchos años.- Manzanillo 24 de julio de 1895.- Excmo. Sr. Arsenio Martínez de Campos.- Excmo. Sr. Ministro de la Guerra.”   

viernes, julio 20, 2018

¿Hay patriotismo sin Constitución?


De las naciones bárbaras que se levantaron de las cenizas del imperio romano, dicen que la que menos atesoró de la original fueron los visigodos. Fuero Juzgo es un código de leyes visigodas que nuestra amadísima España hizo suyo y todavía utiliza en gran parte. Hay quien piensa que Eurico fue el primer legislador godo, pero este rey lo único que hizo fue escribirlo. Entre los godos se acostumbraba a gobernar por usos y costumbres y estas leyes se hacían tanto por los príncipes como por las naciones en concilio. Desde que se escribió este código, gracias al Cristianismo que está históricamente ligado a la escritura, ha trascendido su observancia, usos y autoridad no sólo en España sino fuera de ella, bajo dominación goda, después de la ruina de la monarquía, durante la dominación árabe y restauración de la monarquía.
Ahora los cubanos están mansamente esperando a que el gran legislador les repare la constitución: un constitucionalista que no tiene título ni de bachiller. Yo creo que de las naciones bárbaras que se separaron de España, la que menos atesoró su amplia cultura es Cuba, como tampoco aprovechó la rica cosecha intelectual de la Cuba republicana. Si no era suficiente que le convoyaran al pueblo un vice presidente que al triunfo de la revolución era un tosco labriego casi analfabeto, ahora le imponen un Teodorico que nunca ha impartido una conferencia sobre esa materia.
Señores ideólogos: una constitución no se reforma como se manda un cuartel.
Una constitución es un organismo vivo, no ideológico, para proteger a todos, no sólo a los revolucionarios.
Si Ferrara le espetó al comunista manzanillero, Zapatero, a tus zapatos; hoy diría, General, a tu cuartel.
Estamos a las puertas de un nuevo record de mansedumbre del pueblo cubano que dejará con la boca abierta a todo el mundo, a amigos y enemigos, por comparación con Venezuela y Nicaragua.
Nicaragua se desbordó con una medida neoliberal contra los viejos, del fidelista Ortega.
Venezuela no fue capaz de alterar su constitución al mejor estilo fidelista ni de desarrollar un sistema científico de distribución de la escasez: Oficodas, Cederres, Acopios, Ofensivas Revolucionarias, Intervenciones. Por eso hoy comen del basurero.

La misma red de bodegas, carnicerías y almacenes que funcionaban para la libre empresa en la Cuba republicana, hoy decrépita, sigue distribuyendo la misma miseria del mismo modo. Y para mejorar esto pronto tendremos nueva Constitución.


jueves, julio 19, 2018

No me defiendas, compadre.

No hubo propuesta de autonomía que hiciera una metrópoli a colonia alguna como la de España a Cuba.
La nación precede a las constituciones y después viene la patria. No hay patria si no hay instituciones y el que las desprecia es un cínico. El pueblo cubano es cínico en cuanto ha despreciado la institucionalidad de la hispanidad y la de la república y ha aceptado la imposición de la institucionalidad fidelista que es un legajo de preceptos ideológicos obsoletos y en abstracto, implantados en un sujeto cuya democracia no pudo pasar de la categoría de café con leche y pan con mantequilla.
La revolución fidelista fue un experimento abortivo que no debía haber durado tanto. La irrupción de Fidel en la historia de Cuba se puede explicar por esa vanidad innata en el cubano que es heredera del sentido del honor hispano, pero no se puede entender la permanencia del fidelismo sin Fidel. Eso sólo puede explicarse por el nuevo concepto de patriotismo constitucional proveniente de la escuela de Frankfurt, donde la patria es lo que expresa la constitución que el propio gobierno impuso al cubano: el patriotismo que promete amistad eterna a otro país situado en la otra cara de la tierra.
La constitución que viene no va a honrar mejor al ciudadano; para eso está ahí la del cuarenta: la están afinando para lograr mejor sus objetivos.
En los primeros días de marzo de 1898 la Junta Autonomista manda desde la Habana a Herminio Leyva y Aguilera a entrevistarse con Bartolomé Masó para matar el movimiento que había iniciado el 24 de Febrero en Manzanillo.
“Manzanillo 12 de marzo de 1895.- Señor Don Bartolomé Masó.- Muy señor mío. Ya sabrá usted el resultado de mi viaje a Santiago de Cuba, negativo en absoluto, pues no sólo se resistió el señor comandante general a conceder un minuto siquiera de plazo, sino que dio sus órdenes delante de mí para que se emprendiera la persecución de usted con toda actividad.
En estas circunstancias y antes de retirarme a Manzanillo, quiero hacer el último esfuerzo, para evitar que se derrame inútilmente la sangre de hermanos cuya cantidad, sea cual fuere, está todavía en tiempo de evitarla, porque de lo contrario caerá gota a gota sobre su nombre, manchándolo ante la historia.
El verdadero patriotismo, señor Masó, es como la valentía; grande, sublime, pero por lo mismo de su grandeza, no hay que confundir ambas cosas con la temeridad, porque en ese caso se empequeñecen hasta arrastrarlas por el suelo.
Es usted hombre de talento y de corazón, me consta aunque no he tenido el gusto de tratarlo; a esas dos cualidades de su carácter apelo para que reflexione y las use en estos momentos críticos en favor siquiera sea de ese número crecido de cubanos inexpertos que ha lanzado usted al campo de la insurrección, con idea patriótica, eso es indudable para mí, pero bajo un concepto completamente equivocado, cuyas madres maldecirán mañana el nombre de usted cuando se despeje esta situación y se vea claro en el asunto, si usted insiste en llevarlos a un sacrificio inútil; porque la campaña emprendida por usted tras de ser injustificada a todas luces, hoy por hoy tiene que ser estéril y contraproducente por añadidura para la felicidad de nuestro país.       
Vea usted si no, y se lo repito después de nuestra conferencia en “La Odiosa”, cómo no le secundan las otras provincias cubanas; lejos de eso, combatirán a Oriente. Vuelvo a decirle, porque el país ha comprendido que la felicidad de Cuba no se ha de conquistar por medio de la guerra, siendo así que la guerra será nuestro suicidio y no hay país en el mundo civilizado que se suicide conscientemente.
Aparte de esto, recapacite usted y vea que España tiene medios sobrados para acabar con el movimiento armado en poco tiempo: de Puerto Rico vienen tropas, de la Península han salido ya ocho batallones y vendrán todos los que crean necesarios.
La insurrección en cambio no tiene material de guerra, ni lo espere usted del extranjero; yo se lo aseguro.
Por otro lado, la mitad al menos de la gente que tiene usted alzada sin armas, volverá a las poblaciones tan pronto como se vea perseguida por las tropas del gobierno.
Sanguily (don Julio) preso en la Cabaña; Juan Gualberto Gómez presentado; Yero en Santo Domingo; Guillermón enfermo, echando sangre por la boca y acorralado en los montes de Guantánamo; Urbano Sánchez Hechevarría y dos hermanos en México.
¿Qué esperanza le queda a usted rodeado de esa situación?
Ha llegado en mi sentir el momento de probar al mundo entero que es usted un verdadero patriota, deponiendo las armas, acto que lejos de ser denigrante para usted en política, elevará su nombre en estos momentos a la altura que yo deseo verlo colocado eternamente.
Al dirigir a usted esta carta cumplo con un deber de patriotismo, quedando mi conciencia tranquila al retirarme a la Habana, después de los esfuerzos que he realizado para contener la guerra, aunque traspasada mi alma de dolor, pues además de ser cubano, soy hijo de esta región, apartada hoy del resto del país por un acto de rebelión tan injustificado como inútil.
Reciba usted las consideraciones del afecto que le profesa su paisano.
Herminio C. Leyva.”