miércoles, abril 20, 2011

Pueblo en marcha V. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.




El día siguiente voy a pescar frente al Mégano y me levanto temprano. Cuando abro la ventana la niebla envuelve a Manzanillo. Por un instante creo que estoy en París o en alguna ciudad triste y húmeda del Norte. El paso de un negro que va silbando La Internacional me devuelve a la realidad y me tranquiliza. El muchacho de las ORÍ aguarda a la entrada del hotel con las manos hundidas en los bolsillos. Hace un fresco ligero que estimula y acaba de despertarme. Durante unos minutos avanzamos sin prisa por las calles vacías. Un pescador camina hacia el puerto con un cestillo de mimbre y un jamo. Los cafés no han abierto aún y los empleados del municipio riegan y escobazan las arcadas del parque.

Debemos embarcar en el bar del INIT y, una vez allí, mi compañero me presenta a los restantes miembros de la expedición: el patrono de la lancha, sus dos hijos, un mulato corpulento de una cincuentena de años llamado Beto García, su hermano Agustín y dos soldados del servicio de vigilancia. En tanto que Agustín y los muchachos van y vienen con los avíos, Beto echa una última ojeada al motor. Las gaviotas revolotean y se ciernen inmóviles en el aire antes de caer sobre la presa en furiosa calada. Un alcatraz se eterniza en un pilote solitario. Los camaroneros siguen las manchas de pececillos. A cada envión, el tarrayador ahorra la red llena y, detrás de él, en la bancada de proa del bote, el remero cía en dirección a los pontones desiertos.

Cuando salimos el reloj marca las siete. El hijo mayor del patrono pone el motor en marcha y Beto marca el rumbo con el timón. Sentado en la tapa de la regala, Agustín ceba los anzuelos: es más delgado y joven que su hermano y tiene el rostro aindiado y ademanes felinos. Los soldados escuchan la radio tumbados en las literas. El patrono ha soltado el curricán por la popa y sostiene el cordel, vigilando la mordida.

A medida que el sol calienta, las nubes escampan y se diluyen. Unas millas después el cielo es intensamente azul. Los cayos perturban la regularidad del horizonte como engañosos espejismos. El viento ha amainado por completo y el aguaje de la quilla abre un surco de espuma en la cara quieta del agua.

De improviso, Miguel —el patrono— tira del curricán y hala a bordo un serrucho de buen tamaño que Agustín remata con el mazo. Beto se incorpora para verlo y, como la embarcación da una guiñada, el hijo mayor de Miguel le sustituye en el timón. La cayería salpica el paisaje de islotes de mangle y aproamos hacia un caico balizado con perchas. Doscientos metros antes, Beto para el motor. Estamos en el veril del bajo y el mar transparenta las rocas del fondo. Hay corales, tortugas, erizos, estrellas. Los hijos del patrono se arrojan al mar con sus equipos de pesca submarina y, como el sol calienta, me zambullo también y permanezco aboyado en la lumbre del agua.

Media hora después trepo por la escala con todo el sabor del mar en los labios. Beto me sirve una taza de café y me tiendo a descansar con la cabeza apoyada en un rollo de cuerda. Los soldados se comunican por radio con la Comandancia de Marina de Manzanillo. Cuando Miguel forcejea con algún ejemplar de peso, Agustín lo atraviesa con la fisga. Al rato, los dos chicos vuelven con varias langostas y tortugas. Los peces muerden continuamente el anzuelo y, al abandonar el placer, colorados, roncos, chernas y rubias se apilan en el suelo de la lancha.

El resto de la mañana fondeamos en otros caladeros y, como pienso en los pescadores miserables de Almería y me admiro de la riqueza del golfo, Beto me explica que las presas son tan grandes que, a menudo, no caben a bordo y las deben llevar arrizadas hasta Manzanillo.

__A veces, cuando cuadra calma, pescamos más de sesenta arrobas __dice.

__¿Qué artes emplean?

__Aquí cuabeamos, tarrayamos, salimos con el chinchorro, el palangre, la nasa, ¡qué sé yo!... En esto todavía hay mucha anarquía. El día en que los astilleros funcionen las cosas irán de otra manera. ¿Ha visto los Omicron?

__Sí.

__Eso es algo serio, chico... Con barcos nuevos sacamos aquí como para abastecer a toda la isla.

Tras una maniobra rápida __tomaba el sol con los ojos cerrados y no me he dado cuenta__ un guardacosta de Santa Cruz del Sur se detiene junto a nosotros. Sus tripulantes son tres muchachos jóvenes que __por efecto del uniforme quizá__ tienen un vago aire común de familia. El cabo ha lanzado un chicote a la lancha y Agustín amadrina las embarcaciones hasta dejarlas apareadas. En la cubierta del guardacostas un perro duerme en un jergón a la sombra del toldo. A su lado hay un rimero de libros y me acerco a echarle una ojeada: Obras escogidas de Martí, Los fundamentos del socialismo en Cuba, Así se templó el acero, un tratado de mecánica, varias libretas escolares manchadas de tinta.

__El bicho este no para de leer __dice el cabo apuntando al soldado más grueso—. Luego nos infla unos globos que ni él mismo los entiende.

__Tú hablas más que un cao __dice el soldado__. Mejor que te calles y así no dirás tonterías.

__No se fíen de andoba que no legisla bien __el cabo guiña un ojo__. Desde que estamos con él nos tiene locos. Esta mañana quería escribir una carta de amor a la Yaquelín Kennedy, ¿no es verdad, Arturo?

__Sí__ dice el otro soldado.

__El hombre tiene comején en la azotea. Se alfabetizó en octubre y ya quiere estudiar para cosmonauta.

Los soldados prosiguen con sus bromas durante un buen rato y el muchacho de las ORI ejercita su puntería sobre una bandada de flamencos. Agustín limpia los pescados antes de guardarlos en la nevera. El sol destiñe el azul del cielo y el agua permanece inalterablemente llana.

Los hijos de Miguel guisan y condimentan el arroz y, al cabo de una hora, nos sentamos en torno a un caldero de congrí y medregal frito.

__Acá se come por la libre __dice Beto después del reparto__. El que quiera repetir no tiene más que servirse.

__Conozco uno que cuando se faja a tragar se empuja él solo una paila de ajiaco__ el cabo guiña el ojo de nuevo—. Con aquello de que está enfermo...

__No arrugues, que no hay quien planche__ dice el soldado grueso con la boca llena.

__Este maldito es capaz de dejarnos a todos en ayunas. Vigílenlo porque es de los de Patria o Muerte.

__La tienen cogida conmigo__ explica el gordo__ todo el dia están así.

__Tú come y no los escuches__ aconseja Beto.

__Son ellos, yo no me meto con nadie.

__Cállate__ ríe el cabo__ que te tengo a tí más miedo en tierra que a una picuda en el mar.

Al terminar, el gordo se va a dormir su ahitera en el jergón y levamos ancla. La proa de la lancha corta el mar como la reja de un arado. La costa del golfo es cenagosa y baja, cubierta de mangle. El Mégano __como su nombre indicase asienta en un banco de arena, casi a flor de agua, en la desembocadura del Cauto. Cuando nos aproximamos a la ribera, un pescador lanza la tarraya entre las varas que balizan el emplazamiento de
los engodos. Antes de hundirse, el arte se abre como un pañuelo agitado para una despedida y, al halar de él, la red emerge poco a poco con los camarones enmallados.

Fondeamos a una cincuentena de metros del médano y los pescadores vienen a recogernos con piraguas y cayucos. Para avanzar, fincan la palanca en el fondo y toman impulso con los dos brazos. Otros nos esperan a la sombra de una cabaña encharcada y en ruina. El aspecto primitivo y salvaje del lugar es realmente insólito. Los bohíos son de cuje, guano y tronco de palma. Algunos tienen el varazón descobijado y parecen abandonados por sus habitantes. Las moscas bullen por millares sobre los boquerones machacados del engodo y, cuando los remeros orillan las piraguas en la arena, caen sobre nosotros igual que una nube.

Por sus ranchos pobres, el manglar tupido y el suelo cenagoso, el Mégano parece un poblado de África. Hasta el triunfo de la Revolución un centenar de pescadores vivía allí en condiciones miserables. Sin médico, sin luz, sin escuelas, los niños desmedraban, devorados por el jején y el mosquito. Para colmo de males, a cada crecida del río, el agua invadía las chozas y arrastraba consigo sus pobres enseres.


__Lo que me daba más desespero __dice Beto__ era que mis doce hijos crecieran ignorantes, sin saber leer ni escribir.

Ahora los pescadores disponen de viviendas modernas y confortables en la Ciudad Pesquera. La Revolución les ha restituido la dignidad de hombres y sus hijos frecuentan las clases. Las últimas familias que vivían en el Mégano se mudaron en otoño. A partir de entonces los hombres sólo van allí a pescar y, al cabo de la semana o la quincena, regresan a descansar a sus casas de Manzanillo.

__Todos los pescadores somos milicianos __dice Beto__. El que no defienda esto no tiene madre.

Mientras me guía por el poblado, Agustín me habla de los brigadistas de Patria o Muerte que vinieron a alfabetizar a sus compañeros.

__Era un sitio muy duro para ellos... Pero aguantaron.

__¿Se han ido?

__Anteanoche los despedimos con una fiesta. Hubo discurso, canto, baile, de todo.

__Los queríamos como hermanos __dice un viejo con una hermosa barba blanca__. Para enseñarme a mí gastaron mucha paciencia.

__Hacían la vida de todos nosotros. Al principio no se podían acostumbrar a los mosquitos, pero luego encendían un fuego al lado de la hamaca y dormían como en la ciudad.

__El rubito se puso perdido con el jején __dice el viejo__. Cuando se fue, tenía el cuerpo hecho una llaga.

Dos hombres tintan redes con algarroba de mangle y otro cobija el techo de su bohío con pencas de guano. En el interior de una choza diviso una paila llena de camarones secos. Más lejos, un muchacho remienda la tralla de su tarraya. Los pescadores apelmazan la masa del engodo en un machucador tras haber mezclado el boquerón con el fango. Las moscas forman una galaxia alrededor de nosotros, pero el sol baja ya y comienza a perder fuerza.

__Durante la tiranía los casquitos venían a quemarnos los bohíos porque decían que ayudábamos a los rebeldes. En aquellos tiempos afrijolaban a un hombre por menos que nada.

__Entraban en tu casa y lo destrozaban todo __refiere Beto__. Encima uno estaba felíz de que no lo sonaran.

__A mí un teniente me soltó una galleta y luego me dio un jalón y me botó por el suelo__dice un muchacho.

__Eran unos desmadrados... Mataban las gallinas por gusto.

__Un día unos marineros se ajumaron y le metieron veintiocho tiros a un puerco.

Agustín y Beto suben conmigo a la lancha y, hasta el anochecer, visitamos la desembocadura del Cauto y el poblado de Esteros. Durante kilómetros, el panorama se reduce a agua y árboles y __de trecho en trecho__ a algún bohío deshabitado, como en ruina. A nuestro paso centenares de aves de color blanco dejan las palizadas y troncos arrastrados por la corriente y vuelan sin prisa a emboscarse en las playas fangosas, tras el verde tupido de los manglares. Un flamenco rasa la superficie del agua batiendo pesadamente las alas. Al borde del río un rancho con un embarcadero de troncos agoniza asfixiado por la manigua.

En la primera revuelta nos cruzamos con una chalana de carboneros. Los hombres visten un simple calzón remangado sobre las rodillas y, al costearnos, saludan agitando sus palancas. Minutos después avistamos un llano entarquinado, orillado de espadañas y juncos. El sol reverbera cegadoramente sobre el fango. Cuando nos ven, las becainas corren por el suelo y se ocultan en un cayo de monte que crece aislado en medio de la sabana.

Beto da media vuelta y retornamos al golfo de Guacanayabo. Los cortadores de mangle han detenido la chalana junto a un pontón y la corriente del río forma hiladas de diferente color que se diluyen en la cara quieta del mar sin fundirse del todo. Encima de nosotros los rabiahorcados trazan majestuosos círculos al acecho de alguna presa. Los carboneros arranchan en albinas y cayos y, a lo largo del trayecto, divisamos varias piraguas.

Un bote de camarones cala los engodos para la pesca del día siguiente.

Esteros está edificado sobre la ciénaga y sus chozas se reflejan en el agua a contraluz igual que una calcomanía. Son bohíos lacustres __verdaderos palafitos__ de vara en tierra, con horcones de jata y techo de guano, miserables y rústicos. Para ir de una casa a otra, sus habitantes han ingeniado una red de improvisados puentecillos sostenidos por pilotes. Cuando desembarcamos el aire crepuscular parece estancado y __por afán de  novedad, creo yo__, el jején se encarniza conmigo.

Los pescadores nos rodean, descalzos, con sus ropas de trabajo y sus sombreros de paja. Nos dicen que los alfabetizadores de Patria o Muerte han regresado por la mañana a Manzanillo y un viejo me enseña sus cuadernos escolares. En el hogar común, el cocinero avienta el fuego con un balay y vigila el arroz del caldero.

__Ahora todos viven en la Ciudad Pesquera __dice Agustín__. Acá estaban aún peor que nosotros.

Oscurece y regresamos al Mégano. Beto debe discutir con sus compañeros los asuntos de la Cooperativa y, entre tanto, Agustín me conduce a un bohío de suelo terrero con una cesta de yarey que cuelga del techo lo mismo que un columpio. Antes de la Revolución servía de cuna para sus hijos. Actualmente la emplea para poner la carnada a buen recaudo e impedir que la devoren los ratones.

__Cuando vivíamos en el Mégano nos acostábamos con las gallinas __dice.

__¿Cuánto tiempo has parado aquí?

__Desde que nací. En Manzanillo nos tenían olvidados. Paquito Rosales quizo ayudarnos, pero los curas y los burgueses no lo dejaban hacer nada.

__¿No había cura en el Mégano?

__¿Acá? __. Agustín ha encendido un quinqué de aceite y por sus ojos atraviesa un relámpago de ironía__. Ahora en más de treinta años que vivo aquí y no he visto uno ni por equivocación.

__¿Dónde estaban?

__Con los niños ricos y tiesos de cogote... Una vez uno sermoneó a los pescadores y hubo un sal-para-fuera que hasta le tiraron de la falda de la sotana y tuvo que venir la policía.

Miguel y sus hijos nos esperaban en la lancha. Beto ha tenido un repique con un pescador de rostro anguloso y, sentado en tertulia con varios amigos, me expone las dificultades y problemas con que se enfrentan.

__Un día voy a darle una tángana al guabina este __dice__. Si él pica un pan, yo pico otro pan.

__No le haga caso. Ya sabe que siempre ha sido sabrosón.

__En la Cooperativa no quiero vagos. Acá estamos para trabajar. Conozco mas de cuarenta que producen mas que él y la Revolución no les ha regalado ninguna casa.

__Eso es verdad. Los que no producen están quitando el pan a los otros.

__Algunos compañeros conservan aún la mentalidad de antes y tenemos que fajarnos duro con ellos __explica Agustín__. Por ejemplo, muchos piden fiar sin nesesidad... No comprenden que todo, la Cooperativa, los barcos, la Ciudad Pesquera, es nuestro. Que la Revolución lo hizo para nosotros.

__Al principio hubo varios que preferían salir con una barquita chiquitica y pasar privaciones con tal de pescar para ellos __dice un chico.

__Como ahora ganan en una semana para vivir el resto del mes, unos cuantos se creen que la Revolución les ha dado casa para estar de vacaciones la mitad del año __dice Beto__. Pues bien, aquí nadie vive a costillas de nadie. Los imperialistas tratan de ahogarnos y debemos producir más. Si todo el mundo hiciera como ellos nos moriríamos enseguida de hambre.

__El capitalismo les ha deformado el cerebro __tercia otro__. Ni ahora tan siquiera entienden lo que es la plusvalía.

__ Con los jovencitos ya es distinto... Ellos tienen la cabecita mas fresca y asimilan mejor. A todos los que pasamos de treinta años lo que deberían hacer es fusilarnos por viejos.

__Yo llamo viejo al que guarda complicidad con el pasado __rie Beto__. Este menda va para cuarenta y nueve y no quiere que lo fusilen.

Al concluir la comida, la conversa prosigue durante un buen rato y los pescadores hablan todavía de la Cooperativa, mientras los hijos de Miguel friegan los platos y los soldados se comunican por radio con la Marina de Manzanillo. Por fin, el cansancio es más fuerte que las palabras y Agustín y Beto van a acostarse a tierra con los demás pescadores. En la lancha quedan Miguel, sus dos hijos, los soldados y el muchacho de las ORÍ. La luna se curva entre las nubes, fina como una hoz. Tumbado sobre la manta la observo largamente antes de dormir. Desde hace poco sopla un ventolín fresco y el balanceo del mar acuna como una nana.

martes, abril 19, 2011

Seguimos igual.

Parece que termina el Sexto Congreso del partido Comunista en Cuba y nuestro problema fundamental va a quedar sin solución: Manzanillo se va a quedar bajo la férula del mandón de turno de Bayamo. Sólo un poco de autonomía para los municipios.



Parece que se repite la historia de la insatisfacción de los independentistas con magras promesas autonomistas. Las marcas que nos han dejado nuestras frustraciones continuarán siendo indelebles.



Justificaron la creación de dos nuevas provincias en La Habana con la necesidad de que estos territorios tuvieran la dirección política más cerca. Nosotros no tenemos derecho a la separación de una capital impuesta en la Nueva División Político Administrativa aunque hayamos sufrido una involución sin nombre, desde la región histórica más importante del país hasta un municipio de poca monta.



Nadie legisla u ordena algo en favor de comunidad alguna si no siente el dolor en carne propia. De La Habana ni de Bayamo ha de llegar la solución a nuestro problema. Lo que queda demostrado.



La razón fundamental para este estado de cosas es la diferencia del manzanillero actual con el anterior.



¿Dónde está el que nunca entregó la ciudad a los más disímiles atacantes? ¿Dónde el que a riesgo de su vida tendió una mano amiga a los rebeldes dispersos y hambrientos en la Sierra Maestra? ¿Y el que a pesar de la distancia a la capital tejió su propia historia cultural a puro golpe?



Tranquilamente observamos como Holguín se convertía en una ciudad industrial aún cuando la separa de sus cuencas acuíferas una cordillera que dificulta el suministro y hace necesario el uso de tres estaciones de bombeo. Tampoco cuenta con mares o rios donde diluir sus desechos. Ambas características poseemos sin utilización en Manzanillo.



El planificador oficial designó a Tunas con similares objetivos, sólo para afianzar la NDPA, aunque adolesciera de similares dificultades que Holguín.



La sicología del manzanillero de hoy dia es fundamentalmente derrotista y conformista. En el 2006 visité el parque Masó y me impresionó negativamente descubrir daños a su estatua. Algunos gamberros la habían apedreado. Pero nadie había hecho algo parecido a infamante “bosque martiano” que bloquea la vista a la bahía, que contempló todo manzanillero, casi religiosamente.



Ya nadie extraña las luces de los buques en nuestras bellas noches porque nos quitaron el puerto, aquel que recibió a finales del siglo XIX y principios del XX un servicio de cabotaje de todo el sur del país, de La Habana a Santiago.



Aquella industria del calzado que supuestamente actualizaba a pequeños talleres que garantizaban un producto de gran calidad comercializado hasta en el Mediterráneo y nombrados despectivamente como chinchales, fue desaparecida del mapa del litoral.



¿Cómo puede un ciudadano saber que tuvo una escuela de Artes inaugurada por Fidel, antecedida por una muy modesta pero no menos importante? El manzanillero de hoy dia ignora la existencia en el pasado reciente de ocho hoteles en el casco histórico del pueblo. No sabe que el transporte en Manzanillo era la clave de su importancia; en los albores de la NDPA llegaron a Bayamo las primeras guagüitas Girón para sus barrios rurales mientras la ruta entra las dos ciudades siempre fue cubierta por ómnibus de buena calidad que salían de Manzanillo cada 45 minutos.



Hay que enseñar la historia de Manzanillo. Hay que superar un complejo de inferioridad muy dañino. Hay que elegir manzanilleros en el gobierno, pero que no sean entreguistas.

lunes, abril 18, 2011

Pueblo en marcha IV. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.

Tal y como habíamos convenido por la mañana, un muchacho de las ORÍ pasa a recogerme por el hotel y me lleva en automóvil por la carretera de Las Mercedes hasta la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos.



El valle de Yara parece un jardín y el fervor constructivo de la Revolución se manifiesta allí a ritmo acelerado. Los nuevos bloques de viviendas, las Cooperativas y Tiendas del Pueblo transforman rápidamente el paisaje. Los camiones circulan cargados de material y, a medida que nos acercamos a los contrafuertes de la Sierra, la impresión de un mundo que nace, producto de una sociedad más justa, se impone violentamente al viajero.



El 26 de julio de 1960, un millón de personas celebraban el séptimo aniversario del Movimiento que dio la libertad a Cuba, en un descampado próximo al Central Estrada Palma. Dieciséis meses después, docenas y docenas de chalés obrados por el Ejército Rebelde se alinean a lo largo del camino. Las familias de los soldados que trabajan en la Ciudad Escolar viven en casas modernas y limpias, rodeadas de jardincillos que mujeres y niños cuidan con esmero. Los hombres de Acosta allanan el piso de la carretera insensibles al sol. De tanto en tanto, un guajiro conduce un arria de mulos rabiatados, sentado en una carreta de palmiche. El puente sobre el Yara está a medio fabricar y cruzamos la vaguada por un pontón, siguiendo un desecho fangoso. Al alcanzar el otro tramo los chalés se suceden de nuevo y el muchacho y yo nos paramos a beber un refresco en la cafetería. Poco más lejos __al término de una cuesta algo pronunciada __

llegamos a la Ciudad Escolar.



La Sierra Maestra se recorta claramente en el cielo azul y la perspectiva es de una gran belleza. A la derecha, las aulas y dormitorios de los niños salpican la colina de blanco. A la izquierda, el personal que opera en la Ciudad hormiguea frente al bar y el almacén de víveres. Tras estacionar el automóvil en el parque, el muchacho me escolta hasta el edificio de la administración. Allí, un capitán de las FAR nos desea la bienvenida y me presenta a uno de los instructores del Grupo Escolar Número Uno.



__El compañero le informará sobre la parte que podemos llamar educativa __dice __. Cuando terminen pasen otra vez por aquí.



Los dormitorios de los niños ocupan varias casas de dos plantas escaqueadas en medio del césped. La colina ha sido convertida en parque infantil, con farolillos, columpios y toboganes. El maestro me precede por una vereda enchinada que serpentea entre los arriates y macizos de flores. Algunos árboles no han terminado de acopar aún y llevan ya un cartelito indicando su nombre: caucho, bijagua, guanábana, ocuje, guásima.



__En este grupo viven quinientos niños, varones solamente. El Ejército construye ahora veinte unidades más. Dentro de tres años albergaremos a los veinte mil niños de la Sierra.



Nos acercamos a un aula y percibo el susurro de los chiquillos, igual que un abejeo. Al abrir la puerta, todos se ponen de pie. Una muchacha de veintitantos años se pasea entre los pupitres y sonríe a mi acompañante.



__Acá es la maestra __dice él __. El señor es español.



La muchacha tiende la mano con gracia y me sonríe también.



__Están en la clase de dibujo __los alumnos nos observan en silencio y añade, Pueden ustedes sentarse.



Los niños reproducen el rostro de Lenin calvo, con bigote y perilla. Algunos completan su obra con una nube o sol llameante que parece flotar sobre el cráneo del dirigente soviético como una aureola de santidad.



__Aquí les dejamos que expresen las cosas tal como las sienten __explica la maestra __. A los que no les gusta el dibujo les enseñamos a hacer figuras de barro o componer versos.



La muchacha me muestra los cuadernos escritos, impresos e ilustrados por los niños de la Ciudad Escolar: Pico real, Caña brava, El hombrito, Pozo azul. Abro uno, a la ventura, y leo.



Yo quisiera

Caminar el mundo

Para saber

Cuántos años tardo.



Al concluir la clase los niños salen en tromba hacia el jardín. Los retratos de Lenin cubren los pupitres vacíos. La maestra nos lleva a un aula contigua y me enseña igualmente las esculturas y acuarelas de sus alumnos.



__Cuando llegaron ninguno sabía leer ni escribir __dice mi compañero __. Al principio tuvimos que enseñárselo todo: lavarse, peinarse, hasta comer. Algunos no habían visto nunca la luz eléctrica.



Aprovechando el alto, los chiquillos se agrupan en los dormitorios a jugar al ajedrez o ver la televisión. Otros corren por las veredas con sus camisetas blancas escritas CECC en la espalda. Los mayores cargan a horcajadas a los más chicos e improvisan un imaginario combate, medio torneo medieval, medio corrida de toros.



El maestro llama a un niño rubio, vestido simplemente con un pantaloncito azul.



__Este vino muy sonso y cortado, pero cuando vio que no nos lo íbamos a comer vivo perdió el miedo y ahora está aquí como el Curro en la fiesta __dice __. ¿No es verdad Marino?



__Sí, señor.



__¿Qué quieres estudiar al salir de acá?



__El búlgaro.



__El ruso querrás decir.



__No, no, el búlgaro __insiste el niño.



A su lado un negrito ríe enseñando los dientes. El maestro le pasa la mano por el pelo.



__Nelson es un tremendo punto, el bicho más malo de la Ciudad Escolar. La semana pasada se escapó a pescar al río.



__No sabía que había clase __dice el niño __. Armando me privó.



__No, si la culpa la tuvo el totí... Como vuelvas a hacerlo te mando como un cohete a tu casa.



Poco a poco los niños se aproximan a nosotros. Antes de la Revolución nadie se preocupó jamás por darles educación ni sustento. Como en las zonas pobres del sur de España, corrían desnudos por el campo, con los vientres hinchados, las piernecillas flacas y los hermosos ojos tristes y consumidos, huyendo, tal animalillos salvajes, de la presencia de cualquier intruso. Ahora se agrupan sin temor en torno al extranjero, con sus sonrisas blancas, sus rostros ávidos, sus manos locuaces, diminutas.



__¿Cómo te llamas?



El niño viste pantalón corto y, sin decidirse a contestarme todavía, mira en derredor de él y apoya los pulgares entre la pretina y el cinturón.



__Genovevo.





__¿De dónde eres?



__De Minas.



__¿Cuántos años tienes?



__Onse.



__¿Sabes quién es míster Kennedy?



__Sí, señor.



__¿Qué piensas tú de él?



__Que es un descarado y un sinvergüenza.



Genovevo ríe de sus propias palabras y, cuando le pregunto acerca de la guerra, el rostro se le enfosca y baja la vista.



__Mi hermano era rebelde... Lo mataron.



__¿Y tu padre?



__También era rebelde.



__¿Dónde está?



__En mi casa... Ahora tiene vaca.



__¿Bebías leche antes de venir aquí?



__No, señor.



__¿Qué comías?



__Viandas.



__¿Pan?



__No, señor.



__¿Carne?



__No, carne no.



__Ahora, ¿comes?



__Sí, señor.



__¿Sabes leer y escribir?



__Sí, señor.



__¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?



__Ser médico.



El niño desvía la mirada, amedrentado.



__¿En La Habana? ¿O en la Sierra?



__Donde la Revolución me mande.



Una vez por semana los niños van de trajino al campo y los equipos de trabajo se relevan todos los días. El responsable de la faena es un valenciano de cierta edad que no ha perdido el acento de su provincia pese a que lleva

más de treinta años en América. Varios chiquillos descargan abono de un camión. Otros riegan los huertos sembrados de tomates, lechugas, berenjenas y coles. Uno con el pelo negro y aborregado arrastra la pierna al caminar. Como le miro, el maestro dice que le ametralló un avión en la Sierra durante los últimos meses de la tiranía.



__Aquel otro de allá es de la familia de los Argote __añade __. ¿Oyó hablar de ellos?



De vuelta a la Ciudad me refiere las fechorías de Sosa Blanco por Bayamo, Oro de Guisa, Canto Cristo, Pino del Agua. En Levisa asesinó diecinueve hombres y en Mayarí incendió los bohíos de los campesinos. Luego, para dar un escarmiento ejemplar, exterminó a una familia entera: siete primos, un tío y dos hermanos del niño que plantaba simiente de col ahuecando la tierra con las manos.



__Los hizo poner en fila y los balaceó. Argelio se libró porque había ido a coger hierba al monte.



En la Administración han hablado con Manzanillo y me presentan al capitán Peña —un revolucionario de la primera hora, para quien la lucha no termina nunca—. Antes de iniciar el recorrido, Peña me invita a tomar un café. Aprovechando un breve descanso, los soldados del Ejército Rebelde conversan en grupos junto a la barra y el color variopinto del local me recuerda el de las poblaciones de buscadores de oro de las películas del lejano Oeste. Hay mulatos de rostro tallado como en piedra, negros con sombrero de paja, machete al cinto y un tabaco en los labios, jóvenes de cabellera larguísima y vistosos medallones de cobre, campesinos de ojos vivaces y

espesa barba rubia. Mientras el capitán atiende a las consultas de sus hombres, un guajiro que parece arrancado de las estampas mambisas que coleccionaba en mi niñez, afila su mocha y ríe cuando le fotografiamos.



__A ver si se le rompe la máquina __dice —. Los de la Sierra somos muy feos.



El guajiro viste un pantalón de amplias perneras y una camisa verde del Ejército. Bajo el ala del sombrero de guano, sus ojos azules brillan con malicia.



__¿Cómo va por acá? __le dice Peña.



__Por acá siempre bien... Ahora vengo de chapear.



__¿Y la moral?



__Más alta que el Turquino, capitán. Ya sabe usted que yo estoy con Fidel hasta afuera.



Peña me abre paso entre los barbudos y subimos a su jeep. Durante media hora visitamos los talleres de carpintería y el dormitorio de los soldados. Después me lleva a las Unidades en construcción por un camino terrero que corta a través de las lomas. Los voluntarios del Ejército Rebelde fabrican los cimientos de un nuevo Grupo Escolar. La mayoría trabajan a torso desnudo y se protegen del sol con gorros y sombreros de paja. Una zanja rectangular indica el emplazamiento futuro de la piscina. El sargento responsable viene a departir con nosotros y nos ofrece su cajetilla de cigarros.



__¿De chequeo?



__Sí __dice Peña __. De chequeo.



__Ahora vamos a meterle caña al Grupo Segundo. Es el más atrasado.



__¿Cuándo debe funcionar? __digo.



__De aquí a tres meses. Pero no se preocupe usted. Si nos fajamos a hacer algo, siempre cumplimos.



__¿Cuántas horas trabajan?



__Las que podemos __el sargento se enjuga el sudor con el dorso de la mano __. El que está aquí no persigue ningún interés. Si se cansa puede irse cuando quiera.



__Son hombres hechos al sacrificio __tercia Peña __. Más de la mitad están casados y, hasta que no se les construye una casa, deben vivir meses y meses separados de la familia.



__Más penamos con Batista y entonces por nada __dice el sargento __. Esto es para nuestros hijos y nietos.



El jeep sube y baja por las lomas. Corremos por terreno claro en dirección al monte. La vegetación es rala, como si el marabú hubiese asfixiado los arbustos achaparrados y endebles, las palmas desmedradas y amarillas. Los hombres de Acosta limpian el campo enmaniguado para convertirlo más tarde en zona de cultivo. Mientras tumban la maleza a golpe de machete, con un gancho sujetan las ramas espinosas y bejucos a fin de trabajar con mayor desahogo. Otros foguerean los residuos vegetales y el humo se extiende por la sabana espeso y blanco, como una cortina de bruma.



Cuando volvemos, el sol empieza a descender y un aura tiñosa se pone en cruz sobre la rama de un algarrobo. A lo lejos se divisan los cerros bermejos, cubiertos de palmas reales. Un campesino barbudo se pierde por una trocha montado en un alazán. Los chapeadores desmaniguan un cayo de monte y, al pasar junto a ellos, Peña les saluda con la bocina.



Acosta nos aguarda en la Comandancia. Es un hombre moreno y robusto, de acogedora cordialidad. Mientras tomamos el café, me expone el plan de autoabastecimiento de la ciudad y el desarrollo previsto para los próximos años. El núcleo urbano poseerá industria, granjas agrícolas y porcinas, ganado propio. Antes de la Revolución la tierra era baldía y pertenecía a un solo dueño. Actualmente da trabajo a miles de hombres y, en corto plazo, habitarán en ella todos los niños de la Sierra.



__Que venga ahora el propietario y reclame: Esto es mío __dice __. Del susto que recibe, no puede contarlo.



Al terminar nos acompaña a recorrer las cochiqueras. Los soldados han ido a cordelear palmiche al monte y vuelcan las calderas de salcocho en las canoas. Los cerdos hozan a orillas de la aguada y un verraco cubre a su pareja en medio de la indiferencia general. Los puercos se ceban en chiqueros limpios y bien cuidados. Las parideras están en el cobertizo vecino. Cuando pasamos, una marrana se halla en trance de alumbrar y los recién nacidos buscan ya la querencia de sus ubres calientes e hinchadas.



Tras una asomada al matadero y cámaras frigoríficas, el comandante se despide de nosotros y Peña me conduce en yipi hacía Las Mercedes. El sol está a punto de quitarse y el cielo parece más azul que nunca. Los camiones transportan el personal desde los centros de trabajo y los hombres se apiñan en las cajas con sus sombreros rústicos, sus uniformes verde olivo, sus cintos y sus machetes. Un montuno con el perfil de un Cristo cabalga en una silla tejana hacia los potreros y rancherías. Al poco, alcanzamos los estribos de la Sierra Maestra y la belleza del lugar me sobrecoge. Las colinas ondulan y se altean desde el llano hasta las escurrideras agrestes de la montaña. Sobre las lomas rojizas, las palmas reales se elevan como explosiones de fuego de artificio, solidificadas e inmóviles. El jeep repecha una cuesta muy pina y, en el abra, el sendero se desboca. Las Mercedes se acurruca en la vaguada con sus bohíos de guano, su reparto nuevo y el bar en donde se avistan los guajiros para discutir y beber ron. Liberado por el comandante Che Guevara meses antes de la caída del dictador, en sus alrededores se libró una de las batallas más importantes de la guerra. A la vuelta del camino una oxidada tanqueta del Ejército de Batista recuerda al forastero el heroísmo de quienes lucharon y murieron por la libertad de su patria.



Desgraciadamente oscurece y es preciso regresar a Manzanillo. El muchacho de las ORÍ nos aguarda en el parque de automóviles y me despido del capitán. Las sombras se espesan rápidamente sobre el valle. Las luces de la Ciudad Escolar dibujan una constelación de estrellas y, delante de nosotros, los faros barren el camino como dos conos de luz blanca.



Cuando llegamos, los primeros alfabetizadores de la Sierra recorren Manzanillo con sus uniformes y la ciudad vive un clima festivo, de excitación y alegría. En la plaza un altavoz anuncia a grito herido el programa de actos de la semana. Todo el mundo tararea el himno de las Brigadas Conrado Benítez. Bajo los portales circula un río de gente y en los cafés no cabe una aguja. Durante largo rato voy de un bar a otro bebiendo saoco y poniendo discos de órgano oriental en las victrolas. Al cabo, tropiezo con los guajiros que conocí la víspera y les ofrezco una ronda de Carta Blanca. Ellos se empeñan en invitarme a su vez y me llevan a un local con techo de guano situado al borde del puesto. Junto a la barra dos hombres con un clave y un tres improvisan décimas de punto criollo. Los guajiros me presentan a varios compañeros y contesto a las preguntas de siempre. Les explico que soy barcelonés, que ando por la isla desde hace tres semanas, que el pueblo de España tiene los ojos puestos en Cuba y su Revolución. Los amigos me escuchan en silencio y, luego de pasar el platillo con los níqueles, el trovador arranca a cantar con voz ronca:



La República Española

ya sé que un día cayó,

pero la recuerdo yo

como un astro que aureola...



De pronto, un hombre se aproxima cojeando a la barra. Es alto y fornido, y el blanco del pantalón y la camisa resaltan el color atezado y mate de su rostro. Gasta sombrero de ala ancha tirado hacia atrás y, cuando topa con mi mirada, se detiene y me observa también.



__¿Se acuerda usted de mí?



Es Marcelino, el mayoral de la carretera de Bayamo.



__Cómo no __su mano es callosa, dura—. Usted es el español que iba en el taxi.



__¿Quiere tomar usted alguna cosa?



__Gracias __dice __. Rolando, el chófer, ¿sigue por acá?



__No creo. Me parece que ayer mismo regresó a Santiago.



__Tenía un mandado para él y con el embullo de verle me olvidé de decírselo.



Marcelino se acoda en la barra y, mientras el trovador recita, permanece callado y taciturno, ajeno y como hostil a la alegría que nos rodea. Le veo beber un vaso y otro y otro, y en su cara se pinta una expresión sombría,

una tristeza profunda y desamparada.



__Perdone la curiosidad __dice de improviso__, ¿Es usted médico?



__No.



__Bueno, en Europa, ¿conoce usted alguno?



Le digo que sí, que conozco, y, al tragar saliva, la nuez le sube y baja repetidas veces como el pistón de un motor.



__Estoy muy mal, ¿sabe usted?... En la guerra me agujerearon el cuerpo a balazos.. Yo quiero trabajar con el ganado porque es lo mío, pero no puedo. Me canso mucho, ¿comprende? Estoy agujereado aquí y en la pierna, y en el otro brazo, por todas partes...



Marcelino se desabotona la camisa y me muestra dos cicatrices blancas bajo el vello abundante del pecho.



__Me han ofrecido un sitio chévere en una oficina pero yo no quiero. El ganado es lo mío, ¿comprende? Antes monteaba veinte horas sin cansarme…Si me curara sería el hombre más feliz del mundo.



__¿Quién le cuida?



__Un doctor muy bueno que hay en Bayamo. Pero no me encuentro bien. Además, con mujeres…Estoy agujereado, ¿comprende?



Marcelino me mira de hito en hito y el dolor agazapado dentro se remansa lentamente en sus pupilas.



__Soy hombre como antes y, si vuelve a haber tiros, me fajo con quien sea... Pero, con mujeres... Me balacearon aquí y aquí… por todas partes...



Marcelino parece absolutamente desesperado y, por un momento, creo que va a gritar. La maldición más cruel del mundo le separa de los otros y sus ojos brillan de modo intenso y semejan aguarse.



__He probado todas las cosas... Cuando pienso en mi mujer me dan gana de llorar, ¿comprende?



Le digo que sí, que comprendo y, como los demás compañeros me arrastran casi a la fuerza al bar Eureka, le pido que me espere unos minutos, Marcelino vacía su vaso y mira obsesionado un punto fijo, delante de él.



__Me canso en seguida, ¿comprende?



Cuando logro darles el quiebro y vuelvo al bar, ha desaparecido. Inútilmente lo busco por todos los establecimientos de la ciudad. Al fin regreso al hotel y me acuesto sin desvestirme. Pienso que, a los tres años de su caída, la tiranía ofende aún el corazón del hombre y la sangre del hombre y la dignidad del hombre. Por primera vez desde mi llegada a la isla he perdido el sueño y, para descansar, me veo obligado a recurrir a los somníferos.

Pueblo en marcha III. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.

Había olvidado la inseguridad de los ofrecimientos formulados al calor de una emoción pasajera, que en Cuba como en España nunca se llevan a cabo, y, mientras me desayunaba, aguardé la llegada del hombrecillo en el comedor del hotel. Como no apareció, me asome a saludar al poeta Navarro Luna y, tras una breve visita a los locales de las ORÍ, me encaminé sin prisas hacia el mercado. Por la mañana el tiempo había amanecido cubierto. Luego se desnubló poco a poco y, cuando atravesé la ciudad, el sol brillaba con inquietante fijeza y en el cielo no había una nube.



En cualquier lugar __ independientemente de grados y latitudes __ recorrer el mercado significa para mí una fiesta. Días antes de mi viaje a Oriente había vagabundeado bajo los soportales del parque de la Fraternidad de La Habana, encajando la prédica de los vendedores, aplaudiendo al domador de majá, hojeando las oraciones milagrosas de los santeros. Allí, las fotografías en color de Fidel y Camilo Cienfuegos alternan con los cromos de Santa Bárbara y la Virgen de Cobre; las obras completas de Martí y los libros de Lenin, con folletos acerca de la explicación científica de la religión y ediciones baratas de Vargas Vila.



Por su ambiente popular y la presencia de los ficus, la plaza habanera recuerda extraordinariamente a la Alameda de Málaga. Más pobre, y castigado por un sol implacable, el mercado manzanillero me trae a la memoria el aspecto de zoco marroquí del de Almería. Los mesilleros venden chilotes y jarabe de melado de caña. Otros anuncian camisas de mucha «dura» a precios «macheteados». Entre puesto y puesto, los herbolarios pregonan las virtudes curativas de las raíces que acaban de montear.



Un viejo exhibe un muestrario de EXTRACTO CONCENTRADO ON-DIT y me entretengo en leer las etiquetas de los frascos: «Cambia Voz», «Rompe Guerra», «Amansa Guapo», «No me Olvides», «Quita Maldición», «Yo Puedo Más que Tú», «Espíritu Vencedor». Su vecina me brinda un surtido de talismanes para el mal de ojo y le pago tres níqueles por la Oración del Ánima Más Sola.



En la esquina, un mulato estira un par de calcetines como si fueran de chicle. Los mirones le rodean a la expectativa y comienza una letanía con voz monótona, Holliday... día de feria... nueva línea... nuevo tejido... mayor duración... bagazo de caña... acetate... caucho blanco... nylon... tejido múltiple en banda separada en forma de zipper que se abre y cierra siempre a través del tejido... no hay trabadura... no hay enganche... doce ofertas nada más. Al terminar la cantinela desliza un punzón sobre la trama del calcetín y lo ofrece a la admiración de los curiosos antes de proseguir, Holiday... día de fiesta... nueva línea... Nuevo tejido... mayor duración.



Las manzanilleras caminan casi sentadas sobre sus faldas estrechas y van de un lado a otro, a socaire del sol, haciendo girar graciosamente las sombrillas. A mi lado una trigueña muy bien formada se detiene junto al carrito del fritero y le pregunta el precio del sandwich.



Treinta centavos por ser para usted __ dice el chino.



—¿Y los chiquiticos de acá?



__ Esos son más baratos. Quince centavos y cinco del pan.



Inopinadamente la vitrola de un bar difunde los primeros compases de «Tremendo punto». Es un himno triunfante, risueño como una obertura de Mozart, que alegra el espíritu y tira de los pies y las caderas de quienes lo oyen. La música imanta a la chiquillería junto al tocadiscos y, desafiando el calor, algunos transeúntes cruzan la calle contoneándose.



En el otro extremo del mercado la gente se atropella en torno a un carrito que lleva la inscripción: ESPARADRAPO, LOS CALLOS SI TE LOS CORTA QUEDAS. El embaidor es un negro pequeño tocado con un sombrero hongo que se expresa de modo redicho y gesticula como un conferenciante:



__ Todas las infecciones de los pies vienen de quitarse los callos con instrumentos perforo-cortantes... Por eso yo informo a la multitud... Porque la multitud es la congruencia de los cerebros... Lo que yo diga influye en la conceptuación de mi persona... El estímulo del científico es que el pueblo lo aliente... En una sociedad unos consumen y otros producen y, si los que producen no trabajan, los que consumen carecen... Al darle las razones científicas me quiero someter a la legalidad de la cultura...



Durante unos minutos lo escucho a la sombra de un toldo y, cuando veo un taxi, me adelanto y lo paro.



__ ¿Dónde va usted? —el chófer es hombre de una cuarentena de años, moreno, con gafas de sol. A su lado va un muchacho con el uniforme de los alfabetizadores.



__ Dé una vuelta a la ciudad __ le digo __. Elija usted mismo el trayecto.



__ Bueno, eso depende de lo que le interesa a usted.



__ No sé. Yo no conozco nada.



__ ¿Ha visitado usted la Ciudad Pesquera?



__ No.



__ Entonces podemos ir allá. Verá usted una cosa linda.



El hombre me abre la puertecilla y me acomodo en el asiento de atrás. El automóvil —un Ford antiguo— tiene los vidrios partidos, cubiertos con tiras de papel engomado.



—¿Usted es extranjero? —pregunta cuando arrancamos.



__ Español.



__ Ya. ¿Y hace tiempo que anda por Cuba?



Es el diálogo de ayer, de todos los días. Le digo, Tres semanas. Y él, ¿Le gusta?. Y yo, Muchísimo. Y él, Siempre ha sido un país bello. Pero ahora es más bello que nunca. Luego, cuando me interroga a su vez acerca de España, le hablo de la actual situación, de su pasado y de nuestro porvenir. Al cabo de un rato de palique somos amigos ya y nos tuteamos como viejos conocidos.



__ En Manzanillo vivían algunos paisanos tuyos que no quisiera volver a ver ní en fotografía —dice.



__ ¿Se fueron?



__ Fidel los devolvió a España por correo certificado, para que no se perdieran por el camino.



El chófer se llama Manuel, tiene mujer y seis hijos y es manzanillero rellollo. Mientras recorremos la zona del puerto me señala un jardín frondoso, con un bar bien acondicionado y un pontón para amarrar las embarcaciones, que ahora pertenece al INIT.



__ Aquí se reunían antes los ruiseñores —dice—. Se sentaban a la sombra a tomar el fresco y se jalaban bebiendo whisky.



__ ¿Recuerdas tú el día que invitaron a don Delio? __ pregunta el muchacho.



__ Se enriquecían chupándonos la sangre a los pobres y luego no le daban de comer ni a la paloma del Espíritu Santo __ Manuel habla despacio, como repastándose en sus palabras __ . Conozco a uno que manejó dos años para ellos y no recibió jamás ni una viruta.



__ El yerno de don Delio vino con los gusanos de Playa Girón __ el brigadista habla para mí __ Está preso en Isla de Pinos.



__ Por lo menos éste la arriesgó __ dice Manuel __. Los demás, en cuanto se les puso el mantecado duro, se apendejaron y se fueron para el Norte.



La carretera bordea el golfo de Guacanabayo y, a la derecha, el mar se tiende uniforme y liso. Un buque carbonero aproa hacia el perfil borroso de los cayos. Bandas de gaviotas vuelan en torno a las palizadas flotantes. La luz espejea en la lumbre del agua y el resistero del sol alucina.



Atravesamos lo que fue barrio residencial de la burguesía de Manzanillo y, un centenar de metros después, Manuel me señala el edificio a medio obrar de los astilleros. La ciudad aparece inmediatamente detrás, construida sobre el flanco de la colina. Las viviendas de los pescadores se escalonan en la ladera, pintadas de rojo, amarillo, verde, blanco. Manuel ha aminorado la marcha y avanzamos por las calles asfaltadas y limpias. Las casas tienen tablas de césped y sus moradores han plantado setos de crotón y macizos de flores. Una chiquilla de pinta gitana riega la hierba con una manguera. Los niños juegan a la pelota en el centro de la calzada y debemos tocar la bocina varias veces para que nos cedan el paso.



__ Esto lo ha hecho la Revolución para los humildes __ dice Manuel __ . Toda esta gente vivía antes en chozas, sin luz, ni escuelas, ni médicos ni nada. La mitad de los niños morían recién nacidos.



__ ¿Cuántas familias hay?



__ Más de quinientas. ¿Quieres que entremos a ver una casa?



Manuel estaciona un taxi junto a uno de los jardincillos y echa un párrafo con una mujer de cierta edad que toma la fresca en una mecedora, a la sombra del portal. El brigadista se ha apeado también y hace señas de que le imite.



__ Venga __ dice.



La mujer y Manuel nos aguardan en silencio. Cuando me aproximo, mi amigo me señala con un ademán.



__ El compañero es español.



__ Buenos días —la mujer me estrecha la mano torpemente __. Pasen.



Un letrero reza sobre la puerta: LOS HABITANTES DE ESTA CASA PERTENECEN AL COMITÉ DE DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN. Al cruzar el umbral penetramos en un saloncito amueblado con una mesa, dos sillones y media docena de sillas. En la pared hay una fotografía de Fidel y una bandera con la inscripción: «Territorio Libre de Analfabetismo». A la izquierda el saloncito se manda con una habitación de matrimonio y el comedor. A la derecha, con un dormitorio con tres literas, la cocina, el cuarto de aseo y la ducha.



__ ¿Hace mucho que vive usted aquí? __ pregunta Manuel.



__ Desde Junio. Mi marido y mi hijo más chiquito vinieron un mes después.



__ ¿En qué sitio estaban?



__ En el Mégano.



__ ¿Qué tal lo pasaban allá?



__ ¡Alabao! __ la mujer dibuja un garabato en el aire como si se santiguara, Vivíamos como los animales. Igualitico. Todavía ahora cuando miro esta casa creo que estoy soñando.



__ ¿Y su marido?



__ Salió a pescar hace doce días. La mujer apunta el índice hacia la bandera chincheteada en la pared __. Mis dos hijos mayores tampoco están. Se fueron a alfabetizar a la Sierra.



__ ¿Y usted, sabe leer y escribir?



__ El mes pasado le mandé la carta a Fidel.



__ ¿Quién le enseñó?



__ A mi marido y a mí nos alfabetizó nuestro hijo menor.



La mujer nos muestra un cuaderno escrito con una letra vacilante y rudimentaria. Mientras leemos, en sus ojos se transparenta la satisfacción. Apandillados en el portal los niños del vecindario nos observan con curiosidad sobria.



__ Dale, arranca de ahí __ dice ella. Nos estáis quitando el aire.



Los chiquillos la obedecen a regañadientes y, aunque la mujer nos invita a sentarnos, nos despedimos y regresamos al taxi. Durante media hora recorremos el barrio de un extremo a otro. Un piquete de obreros trabaja en la urbanización de las calles y, al pie de la escalera central, los niños juegan a empinar cometas. Manuel me enseña el edificio airoso del mercado, la Tienda del Pueblo, el moderno grupo escolar. Cuando terminamos el sol está encampanado en el cenit y el mar reverbera a lo lejos como si fuera de plomo.



__ Fidel ha hecho en tres años lo que otros gobiernos no hacen ni en mil __ dice mi amigo __. Y que conste que no lo digo por una razón egoísta. A mí no me ha dado ninguna casa ni quiero que me la dé.



—Le ofrecieron una y no quiso aceptarla —dice el brigadista.





__ Otros la ameritaban más que yo __ . Manuel saca una cartera del bolsillo y me muestra la fotografía de Martí __ A mí me basta con que nos haya dado la libertad. El verdadero revolucionario debe sacrificarse como se sacrificó él.



De retorno a Manzanillo nos detenemos a beber un trago en el bar del ÍNIT. El camarero ha abierto los quitasoles de la terraza y el paisaje del puerto parece emborronado por el calor. Amarradas al pontón del club hay unas cuantas embarcaciones de recreo. El mar sigue en lecho y las gaviotas revolotean sobre los parales. En el varadero un pescador repara la quilla de su bote y los niños corren por la orilla y chapalean en el fango.



En tanto que el del bar vacía el agua de los cocos y la mezcla con unos dedos de Carta Blanca, Manuel habla del terror policíaco durante Batista y me refiere algunas «hazañas» de los tigres de Masferrer. Los últimos meses de la dictadura, dice, los opositores aparecían muertos en los placeres o colgados de las farolas y los árboles. A otros los metían en sacos y les prendían fuego después de haberlos rociado con gasolina.



__ Aquí no había más remedio que amarrarse los pantalones y salir a fajarse. Uno tiene mucha correa, pero tanto le dan al buey manso que tira la pata.





__ Entonces mataban por la libre y los americanos no decían nada —dice el chico.



__ Quien se queje ahora merece que lo boten al carro de la basura y lo tiren al mar __ dice Manuel __. El otro día había alquilado la máquina a un individuo que empieza a lamentarse: las cosas van mal, el azúcar escasea, se acabarán las medicinas, a usted le nacionalizarán el taxi... Yo le dejé que se soltara y, cuando terminó, le dije, Mira, chico, el dinero lo pierde el que lo tiene. El pobre no se arruina... Si Fidel me quita la máquina, me pondrá un sueldo y, si no me pone un sueldo, me dará otra cosa para que viva yo y mi familia, de modo que ya te vas callando ahora mismito si no quieres que la arme, y en vez de llevarte a tu casa, te deba acompañar al hospital para que te cuiden...



__ Esa gente repite las mentiras que dice Radio Swan __ explica el chico __ . Se creen siempre que los americanos van a desembarcar en quince días.



__ Pues que esperen. Los cubanos somos guapos desde hace rato y no nos importa morir a todos. Aquí nadie retrocede ni para coger impulso.



El Saoco está helado y da gloria beberlo mientras el sol castiga a nuestro alrededor. Al cabo de unos minutos, Manuel me pregunta adonde quiero ir. Recuerdo que el hijo de Navarro Luna me habló del Centro Espiritista de Manzanillo y me informo si queda lejos.



__ Hay que tomar la carretera de Campechuela. En diez minutos estamos allá.



Al encaminarnos hacia el taxi, el camarero sale al encuentro de una pareja que viene cogida de la mano desde los setos frondosos de jardín. La muchacha tiene un rostro jugoso y fresco y los ojos negros y vivos, de fierecilla indomable. Debe de haber cumplido apenas dieciséis años y todo, en su porte, indica que es ya una mujer. Su compañero __ un mulatico bien parecido __ mordisquea distraídamente el tallo de una hierba.



__ ¿Otra vez ahí? ¿No les dije que no quería verlos más?



La muchacha se alisa los pliegues de la falda y hace un mohín con los labios.



__ El jardín es de todos.



__ Esos dos tienen acá su tumbadero __ el del bar se vuelve un instante hacia nosotros tomándonos por testigos __ ¡Anda, niña, vete a tu casa!



__ Bueno, bueno, sin gritar, que ya nos vamos __ dice el mulato.



__ Esa chiquita está alborotada __ dice el camarero mientras se alejan—. El día menos pensado le hacen una barriga.



__ Déjala, chico __ dice Manuel __ . De esa puñalada no muere nadie.



Durante el trayecto hacia el Centro Espiritista mi amigo me habla de su fundador, un francés de grandes mostachos blancos, a quien los fieles tenían por el Mesías.



__ En Cuba botó la pelota. Todos los años se moría el Viernes Santo y resucitaba al día siguiente cubierto por los pesos que venían a traerle los pobres.



__ ¿Vive aún?



__ No. Un viaje le falló el truco y largó la chancleta de verdad. Entonces le sucedió una mujer que llamaban la Hermana Angelina. Luego te contaré un episodio de ella.



Avanzamos por la carretera asfaltada y, de improviso, Manuel frena y se detiene ante un magnífico jardín. Sobre la cancela una inscripción indica: CENTRO JUAN BAUTISTA LAVIÉ. La puerta está abierta de par en par y nos embocamos por un sendero de grava. El lugar respira riqueza, sosiego y quietud. Flamboyanes, araucanas y mirtos combinan sus delicados tonos verdes. En los arriates hay macizos de crotón, mar pacífico, lengua de vaca. Abierto como un abanico en el centro del jardín, diviso un espléndido ejemplar de árbol del viajero.



El Centro se compone de una docena de modernos edificios de madera cubiertos con tejados de cuatro aguas. Cuando llegamos los fieles rezan al aire libre, sentados frente a la capilla. Nosotros entramos en otra más amplia, y un hombre canoso, gordo y con espejuelos, se brinda inmediatamente a acompañarnos y nos explica con voz melosa el simbolismo litúrgico.



__ Lavié llegó a Cuba en 1914, pero su venida estaba anunciada por los textos sagrados desde la Antigüedad —dice.



La capilla se halla atestada de flores, altares, cuadros, hornacinas, exvotos. En una vitrina veo las banderas cubana y francesa aspadas sobre un fondo blanco y algunos términos como Amor, Paz, Unión, Triunfo Espiritual, dispuestos en forma de jeroglífico. Según puedo juzgar por los retratos, el Mesías tenía facha de patrono de bar retirado de los negocios. Numerosos grabados __obra de los fieles __ lo representan con una corbata listada, pantalón bien planchado y camisa impecable, caminando encima del mar como Jesucristo o volando serenamente hacia el sol.



Nuestro guía parece algo nervioso y, al tiempo que celebra las virtudes sobrehumanas de Lavié, advierto que espía a Manuel con el rabillo del ojo.



__ La pirámide de Keops profetiza la evolución de Cuba a partir de las Treinta Mil Leguas de Carlomagno, el día en que venció en el mar Caspio a los indios de Tamerlán. Dijo que un francés desembarcaría en la isla más bella del Occidente y, a su muerte, otro fiel quitaría los bienes a los ricos y se los entregaría a los pobres.



Nuestra visita dura escasamente diez minutos y, como es tarde, nos despedimos del guía y volvemos a Manzanillo. Al acomodarme en el asiento delantero le recuerdo a Manuel el episodio que me prometió.



__ ¿No viste cómo el tipo me miraba? __ dice mi amigo.



__ Sí. ¿Por qué?



__ Te contaré __ sin dejar el volante, Manuel enciende un tabaco con calma __ . La Hermana Angelina era muy conocida en la región porque decían que se comunicaba con los Santos. Tenía mucha plata y, de haber continuado el negocio, hubiera ganado aún más... Lo malo fue que le dio por meterse en política.



__ ¿Qué hizo?



__ Ella y los curas españoles vivían de la siquitrilla y, el año pasado, antes de la invasión, empezó a entrar en contacto con los santos del FBI y el espíritu de Kennedy...



__ ¿Conspiraba?



__ ¿Que si conspiraba? __ Manuel ríe __ . A todo tren. Iba y venía de Cuba a Puerto Rico y al fin la pescaron con un montón de pruebas.



__ Andaba conspirando con los jefes de la contrarrevolución __ dice el brigadista.



__ Aquel día yo estaba de servicio y vi su arsenal __ concluye mi amigo __ . Era una gusana tremenda.

jueves, abril 14, 2011

Pueblo en marcha II. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.



Hay ciudades cuya personalidad se impone como una evidencia al viajero desde el instante de su llegada y otras que requieren un acercamiento minucioso, un proceso de adaptación lento y difícil. Las hay también a las que el forastero no se adaptará jamás y su encuentro será como el de dos personas que, después de saludarse en un aeropuerto o estación de ferrocarril, se despiden para no volverse a ver.

Cuando visité Manzanillo por primera vez me pareció que conocía a la ciudad de toda la vida. Era una tarde limpia de diciembre y yo venía en automóvil desde Santiago, a través de los viejos dominios de paro y latifundio. Recuerdo que el viento alborotaba el güin de las cañas y, en la dehesa llana y como sin fin, el ganado retozaba en los cayos de manigua que emergían de trecho en trecho, igual que islotes.

A lo largo del trayecto, guajiros con sombreros de yarey y botas montunas iban y venían a caballo, achicándose conforme nos alejábamos hasta desaparecer por las trochas y guardarrayas. Otros aguardaban inmóviles el paso del coche de línea, con las asentaderas apoyadas en los talones y un cabo de tabaco entre los labios. Los edificios modernos de las granjas avícolas y porcinas campaban entre los varazones de cuje y cumbreras de guano de los bohíos. Junto a una barraca un negro se columpiaba en su mecedora y mi guía señaló el letrero clavado en la puerta: ESTA CASA ES CUBANA Y ESTAMOS DISPUESTOS A DEFENDERLA. PATRIA O MUERTE. Un chico se asomó con una cesta sobre los hombros. Como acelerábamos nos hizo adiós con la mano.

__ A los diez años agarran el machete y tumban caña igual que los hombres __ dijo el chófer.

De Palma Soriano a Jiguaní, de Jiguaní a Bayamo, nada evocaba ya los tiempos en que en los centrales de Fico Fernández no se ponía el sol. En caseríos y aldeas los guajiros pegaban amistosamente la hebra frente a la Tienda del Pueblo, la fotografía de Fidel adornaba todos los bohíos y, a orillas del camino, los estantes de jiquí pintados de anaranjado y blanco del INRA se sucedían durante kilómetros y kilómetros.

Cerca de Bayamo nos detuvimos ante una manada de bueyes que cruzaba la carretera. Las chicharras zumbaban de modo ensordecedor y, mientras el ganado se emboscaba entre las agujas de la tranquera, el mayoral se aproximó a nosotros y cambió un apretón de manos con el chófer. Era un hombre robusto, de piel oscura y mate, vestido con una camisa blanca y un pantalón de amplias perneras que le cubrían la caña de las botas. De la funda de cuero sujeta al cinto sobresalía la culata de un revólver. Cuando mi compañero le preguntó por la salud esbozó un ademán con los hombros.

__ Ahí ahí. Vira virando.

__ Mi cuñado te vió tarde en el Seguro.

__ Voy dos veces a la semana, a que me piquen. ¿Y tu señora?
__ Muy bien. Ahorita estaba en casa con el niño.

El mayoral apoyaba sus antebrazos en la ventanilla y el chófer se volvió para mirarme.

__ Acá el señor es español.

__ Marcelino Milán, para servirle __ dijo el hombre __. ¿Paseando?

__ Sí, dando una vuelta.

Los bueyes habían entrado en el potrero y el mozo colocó las trancas entre las agujas. Marcelino nos estrechó la mano de nuevo. Al arrancar, el chófer dijo que era bayamés como él y que, durante la guerra, habían luchado juntos.

__ Cuando sonaron los tiros no fue de los que se agacharon . En el Jigüe se fajó él solo contra seis soldados de Sánchez Mosquera.

__ ¿Le hirieron?

__ Lo balacearon cuando salía de su casa y lo torturaron para que cantase. Figúrate cómo lo pondrían que lo dejaron por muerto. Al triunfar la Revolución fui a visitarlo al hospital y daba pena verlo. Un hombre que había sido tan fuerte, agujereado por todas partes

Mientras atravesábamos la ciudad el chófer me refería aún la historia de Marcelino. Nos apeamos a beber un café.

__ Durante la tiranía los humildes sufrimos mucho. Los cuatro pejes gordos que había en Bayamo cortaban el bacalao para ellos solos y los demás debíamos repartirnos la sobra.

__ ¿En qué trabajabas? __. Dije.

__ Ultimamente manejaba el carro de un tipo rico __ hizo un gesto de excusa con los labios __. Como no te buscaras alguna palanca no ganabas ni para una frita.

 Pasado Bayamo tuve la impresión de que el paisaje cambiaba un tanto. El sol estaba a punto de tramontar y la luz respetaba la variedad de los colores. El corojo, el yarey y la caña barajaban sus verdes diferentes. Los contrafuertes de la Sierra Maestra adquirían una transparencia casi azul y, hacia el Cauto, el llano se tendía uniforme y liso, salpicado a intervalos por el techo de guano de un bohío o la graciosa silueta de una palma real.

Desde la ventanilla contemplaba los setos de cardón y piñón florido, el cangre amarillento de la yuca, las plantaciones de arroz anegadas. Los maizales alternaban con las siembras de tomate y verdura. Un puente de tablas salvaba un riachuelo orillado de cañas de bambú y, más allá de Yara, la carretera cortaba en dirección al mar hasta las primeras aglomeraciones urbanas de Manzanillo.

A la entrada, un grupo de muchachas engalanaban las farolas preparando la recepción de los brigadistas. La ciudad había sido proclamada la víspera Territorio Libre de Analfabetismo y, mientras avanzábamos bajo la empavesada de banderitas y arcos triunfales, el chófer me dijo que todos los albafetizadores de la Sierra se iban a concentrar allí antes de regresar a La Habana.

__ ¿Cuánto tiempo vas a estar?

__ No sé __ repuse __. Cuatro o cinco dias.

__ Entonces vas a presenciar algo grande. Anteayer salió una caravana de camiones para traerlos para acá. Ya verás qué molote habrá el viernes.

 Manzanillo parecía reponerse del cansancio del día, y por sus calles circulaba un río de gente que salía del trabajo e invadía los soportales y aceras. Su aspecto — medio africano, medio colonial — me recordó el de algunas capitales andaluzas en las que la influencia árabe se mantiene viva al cabo de los siglos y, al desembocar en el parque, con su glorieta decimonónica, su iglesia blanca y la tertulia de jugadores de dominó en los locales del vetusto Círculo Social, me creí transportado de pronto a una ciudad española, como si mi niñez se hubiera desenvuelto allí y la población entera, con sus casas y moradores, hubiese habitado desde siempre las leyendas y sueños que componen la mitología personal de mi infancia.

Los músicos de la banda afinaban los instrumentos en el quiosco. Un coro de mirones aguardaba pacientemente el comienzo de la retreta. El chófer estacionó el automóvil frente al edificio de la Delegación Provincial de Cultura. La muchacha responsable había sido prevenida telefónicamente desde Santiago y dijo que me tenían reservada habitación en el Casablanca. El hotel distaba sólo unas manzanas del parque y, al llegar a él, me despedí de la muchacha y el chófer y subí a mudarme a mi cuarto. La noche anterior me había acostado a las tantas y, después del ajetreo y fatiga del viaje, era agradable descansar y dejar escurrir sobre la piel el agua fresca y leve de la ducha.

Cuando salí había oscurecido del todo. La glorieta estaba desierta y la gente se recogía a cenar en sus casas. Durante más de una hora vagabundeé de bar en bar en busca de un órgano de Manzanillo. No di con ninguno y, mientras bebía naranja con bacardí, me entretuve poniendo danzones en las vitrolas.

Al tercer ron me sentía alegre y dispuesto a comunicar con el prójimo. El ambiente perezoso y adormilado de la ciudad me gustaba. De regreso al parque descubrí que había luz en los ventanales de la Delegación de Cultura. Alguien pronunciaba un discurso en el salón de actos y el público aplaudía con frecuencia. Acodado en la barra de un bar, esperé a que terminase la reunión. Minutos después los aplausos sonaron más fuertes y la asistencia entonó La Internacional. El camarero me dijo que era la charla semanal de formación política y cívica.

El público se había desparramado por el parque y, en unos momentos, el bar se llenó de bote en bote. Como en el Parque Central de La Habana, la gente se agrupaba en pequeños corros y comentaba el discurso del orador. A mi lado un negro vestido con un chaquetón de cuero elevaba la voz para hacerse oír. Debían zumbarle los cincuenta años, pues comenzaba a peinar canas. Le rodeaban varios parroquianos con sombreros de ala ancha, botas del ejército y revólveres. El más joven del grupo tenía aspecto de andaluz y vestía uniforme de miliciano.

__ Lo que ha dicho el compañero es una gran verdad. Ahora muchos se la dan de guapos y dicen a los cuatro vientos, Yo soy comunista y anduve peleando en la Sierra y nosotros los marxistas….

__ Cuando oigo a uno hablando así le digo, Mira chico, para ser un buen comunista uno tiene que haber estudiado bastante teoría y tiene que conocer perfectamente los libros de Marx y Lenin, y tú, ¿qué sabes, o es que crees que uno se vuelve comunista de la noche a la mañana?

El hombre miraba a su alrededor y los demás aprobaron con movimientos de cabeza.

__ Esos se destiñen y lo mismo se hacen protestantes o lo que convenga __ dijo uno.

__ Por acá corre algún elemento con careta __ dijo el miliciano __. He visto a más de un compañero ceder el asiento en la guagua cuando entra una buena hembra y quedarse sentado si sube una viejita. Mucho hablar de moral y luego bota el dinero de sus hijos por ahí con una pieza… A mí que no me digan. Eso es negativo.

__ Sí señor. Por eso el compañero insistía en la necesidad de ser modesto. Cuando uno se pone a hablar de lo que hizo y lo que no hizo y cantarse los méritos me digo, Malo, malo…este no es buen revolucionario ni ninca lo sera.

__ A lo mejor es de los que se escondieron en su casa mientras nosotros nos fajábamos y después se paseaban con la barba como si hubieran desembarcado con Fidel.

__ El primero de Enero todo el mundo había peleado contra Batista __dijo uno __. Al león muerto cualquiera le pisa el rabo.

El anillo de curiosos se había ido ensanchando poco a poco y, sin advertirlo, me encontré en el centro del grupo. El negro aguardó a que callaran y se dirigió al miliciano pausadamente.

__ Mi señora, por ejemplo, nunca en su vida se ha interesado por la política. Cuando eligimos a Paquito Rosales yo iba a todos los mítines y ella no paraba de decir que estaba loco y     que se me había corrido una teja y muchas cosas más que me callo __ sonrió __.
Pues bien, ponme asunto que la cosa tiene su ají. La otra noche viene y me dice, Hilario, yo también soy marxista leninista. Así mismo, con esas palabras.  Y yo la miro y le pregunto, Tú…¿desde cuándo? Desde ahora. Vaya, ¿puedes aclararme por qué? Porque Fidel es bueno con los pobres y todos somos parejos y ya no nos explotan como antes. Al reir, la boca de Hilario era una raja de melon blanco. Mira vieja, __ le dije __ , tu has vivido toda la vida ignorándome a mí e ignorándote a tí misma…¿qué sabes tú de marxismo leninismo y de teoría revolucionaria? Fidel es una cosa y el marxismo leninismo otra, como esto es un vaso y esto una botella. Así que no me armes un arroz con mango o vamos a tener tángana tú y yo. Primero estudia y luego hablamos.

Los paisanos reían bulliciosamente y yo con ellos y cuando alargaba mi vaso vacío al hombre de la barra el miliciano se encaró conmigo y me preguntó si era del país.

__ Español __, dije.

__ ¿Hace tiempo que está usted en Cuba?

__ Tres semanas.

__ ¿Refugiado politico?

__ No.

__ ¿Vino usted en algún barco?

__ Estoy acá de visita.

Como su rostro reflejaba cierta sorpresa le di una breve explicación.

__ Ah, bueno __ dijo __ ¿Y qué, le agrada esto?

__ Sí, me agrada.

Los tertulianos bromeaban aún, tentándose el cuerpo como muchachos y, bajando la voz, el miliciano me explicó que Hilario —responsable en la actualidad de una cooperativa lechera— había sido, en un tiempo, uno de los primeros comunistas de Manzanillo.

__ Siempre que hay una charla de la ORI viene acá. A la gente le gusta oír lo que dice.

El camarero me sirvió un nuevo ron con naranja. Todos me observaban curiosamente y oí susurrar a uno, Acá es español. Como Hilario hablaba otra vez, se callaron.

__ Los que creen que ser marxista es darse la buena vida y pasearse en un carro están confundidos. Ser marxista quiere decir que uno ha de sacrificarse por el bien común…hacer las cosas no por interés, como el capitalista, sino por razón de idealismo.
La Revolución debe acabar con los comecandela y los aprovechados, dijo uno, Queremos a la gente clara, sin aguaje.

Los revolucionarios tenemos que dar el ejemplo en todos los órdenes __ antes de lanzarse a uno de sus párrafos, Hilario se acariciaba la barba __. Lo que son las cosas…en la cooperativa donde trabajo hay una chiquita de dieciocho años que conozco desde que era una niñita. Anteanoche me iba yo para el almacén y me sale al encuentro y me suelta, Viejo, ¿quieres que te diga un secreto? Me gusta mirarte a la cara. Cuando te observo, no sé, siento unas emociones extrañas que nunca había conocido ni sabía que existían. Un cosquilleo en la sangre, un deseo de estar cerca de tí… __ Hilario se interrumpió unos instantes __. Ven acá, negra, le dije. Yo ya tengo mucho almanaque para tí y soy muy feo para esta estrofa, de modo que mírame al corazón en vez de mirarme a la cara. Mejor te vale aprender cosas útiles que perder tiempo en amoríos e ilusiones de niña tonta…Anda, ve y repite lo que te digo a tu madre o se lo voy a tener que repetir yo.

__ Si yo fuera tú me lo pensaba dos veces __dijo un guajiro riendo __. ¿cómo está la muchacha?

Pues hubiera obrado mal __ dijo Hilario __. Cuando era joven tuve oportunidad de desgraciar a más de treinta y a todas las perdoné.

__ Lo que es la vida, yo suspirando por un chance y tu….

__ Es que tú no comprendes la cosa, chico. En Isla de Pinos era responsable del Partido y todo el mundo tenía los ojos pendientes de mi conducta. El cura y los elementos burgueses esperaban cualquier error mío para calumniarnos. Las mujeres me decían a veces, Tú eres un santo o eres maricón.

El negro Hilario reía muy fuerte y, aprovechando una pausa, los comensales me interrogaron acerca de España. Querían saber un montón de cosas a la vez; hablaban atropelladamente.

 Les contesté lo mejor que pude —empezaba a acostumbrarme ya a estos asaltos— y, luego que Hilario se retiró, el miliciano y un hombrecillo rubio dijeron que allí cerraban a medianoche y se brindaron a acompañarme al bar Eureka. Pregunté cuánto se debía.

__ Está todo cobrado —dijo el camarero.

__ ¿Quién lo pagó?

__ El compañero — apuntaba con el dedo al más joven de los presentes.

__ Déjeme invitarle a mí.

__ Otro día será — me tendió la mano despidiéndose.

__ A lo mejor no nos volvemos a ver —protesté.

__ Bueno, si no me ve a mí invita a otro y es lo mismo.

Salí a la calle con el miliciano y el hombrecillo rubio, y los demás compañeros y un mulato se unieron a nosotros. El miliciano caminaba emparejado conmigo y me preguntó sí había visto a Fidel. Dije que lo saludé en la tribuna el día del entierro del brigadista Manuel Ascunce y sus ojos se iluminaron.

__ ¿Habló?

__ No.

__ Debes oírle hablar. ¡Qué pensamiento más ligero tiene el maldito!

__ Fidel es el Cristo de los pobres __ dijo uno. Vivíamos engañados y él vino a destupirnos y abrirnos los ojos.

__ Cuando pienso en todo lo que conocemos gracias a la Revolución se me eriza la piel. ¡Fidel, carajo, es lo más grande que hay!

El miliciano refirió que hasta la caída de Batista había vivido en la ignorancia. Sabía leer y escribir, dijo, pero no comprendía lo que significaba la palabra capitalismo ni el sentido exacto del término alienación. Creía que su patrono era muy bueno porque le daba un anticipo sobre su paga y en Navidad le regalaba un billete de veinte pesos.

__ Lo que es la incultura. Yo lo tomaba por un dios, por un santo, por un rey, y él me robaba la plusvalía.

Nos acomodamos en la barra del Eureka, junto a la vitrola. A la entrada del bar había una banda de muchachos y, más cerca de nosotros, un negro tocado con un minúsculo sombrero gris. El camarero nos sirvió la ronda de cuba-libres. El miliciano bebía un jugo de guayaba.

__ Con Prío y Batista los pobres ni podíamos entrar en los bares. Los ricos lo acaparaban todo para ellos solos.

__ Se cruzaban contigo y ni siquiera te daban los buenos días __ dijo el mulato.

__ Esa gente no soltaba un centavo ni por casualidad. Sacabas tú más aceite de una piedra que de ellos.

__ Aquello era un relajo, chico. La plata para unos pocos y el obrero comiéndose un cable.

__ Al principio creían que iban a comprar la Revolución. Pero Fidel los madrugó y se les cayó el altar.

__ Al peje le parecía buena la carnada hasta que lo enganchó el anzuelo. Como vuelvan acá faltarán guásimas para colgarlos.

El mulato explicó que, durante la dictadura, lo atropelló un jeep de la policía y, en lugar de socorrerle, los agentes lo molieron a palos y lo embarcaron preso. Los otros desempolvaban historias parecidas y fui a poner unos discos a la vitrola. Al regresar a mi sitio, el negro del sombrerito gris me tendió un mensaje escrito a lápiz sobre un rectángulo de papel, Señor europeo, atiéndame.

Me aproximé a él y contemplé su camisa roja y su pantalón blanco, separados por un delgadísimo cinturón color de oro. El negro me observaba a su vez con expresión indefinible y señaló un taburete vacío.

__ Estoy bien de pie, gracias.

Me miró como si mis palabras le contrariaran e hizo un ademán con los hombros.

—¿Puedo hacerle una pregunta? —su voz era ligeramente pastosa.

__ Las que quieras.

__ Es simple curiosidad. ¿De dónde eres?

__ Español

__ ¿Isleño?

__ No, de Barcelona.

__ Mi papa también era catalán __ dijo el negro. Mi abuelito se llamaba Carbó.

__ ¿Catalán tú?

El hombrecillo rubio que nos acompañaba se acercó y me tiraba de la manga, Yo he fondeado más de diez veces en Barcelona y no he visto a ningún catalán de tu color.

__ Catalán, sí señor __ Carbó se llevó a los labios un vaso medio de cerveza __ En todos los shows y night clubs me conocen. Soy un trovador romántico y voy a tener el gusto de…

El camarero dijo que estaba prohibido cantar. Hubo un instante durante el cual la voz de Beny Moré cubrió nuestro silencio. Carbó miraba en derredor, aturdido. Finalmente apuró el resto de la cerveza y se perdió en la calle tambaleándose.

__ No le haga caso __ dijo el hombrecillo rubio __ Es un lumpen.

__ Antes de la Revolución vivía de guataquear a los niños bitongos y no quería tratar a los demás negros __ dijo el mulato.

__ Tiene la mentalidad que le formaron los capitalistas y no comprende que los tiempos han cambiado. El y otros cuatro piolos como él no se quieren adaptar. El dia menos pensado se marchan para el Norte.

__ Que se vayan __ exclamó el mulato. Cuantos menos queden más claros estaremos.

Beny Moré interpretaba Bahía de Manzanillo. La vitrola reinaba en la penumbra del local como un altar majestuoso Los muchachos se habían acercado a ella y la rodeaban con devoto silencio, casi en actitud de plegaria. En aquel momento no me hubiera sorprendido que, obedeciendo a un fenómeno de sugestión, hubiesen hincado humildemente la rodilla.

Cuando nos fuimos daban las dos. Las calles estaban desiertas y los gatos huían atemorizados a nuestro paso. Mis amigos me escoltaron hasta el hotel. Nos despedimos con efusiones y abrazos y el hombrecillo rubio prometió que pasaría a recogerme a la hora del desayuno.




miércoles, abril 13, 2011

Pueblo en marcha. Tierras de Manzanillo. Capítulo I. Juan Goytisolo

La palabra Cuba se asocia instintivamente en mi memoria a una cálida tarde del verano de 1939 en una casa de campo de mi padre próxima a Barcelona. La guerra civil había terminado meses antes y, tras aquel turbio paréntesis de acontecimientos oscuros, en mi universo reinaba el orden de siempre. Mi familia había recobrado bienes y propiedades y, aunque sin mi madre, muerta durante un bombardeo en las calles de la ciudad, mi primitivo mundo infantil se reconstituía. Volvía a ser un niño bien, aceptablemente rico, destinado, en virtud de una ley maravillosa, a sobresalir, como habían sobresalido mis antecesores durante generaciones y generaciones por el simple hecho de haber nacido en hogar pudiente como yo, entre los demás chiquillos que, en los años de confusión y desorden, habían compartido mis juegos, y me habían enseñado a agradecer diariamente a Dios el prodigioso favor que suponía pertenecer al bando de los escogidos y acaparar con él, de modo vitalicio, la bondad y la riqueza, la dignidad y el poder, en medio de la respetuosa admiración de la gran multitud de los desafortunados. Durante la guerra, la casa había sido ocupada por una escuela de niños huérfanos y, aquella tarde, mientras recorríamos las habitaciones revueltas y sucias, mi padre cogió un machete que había encima de un escritorio y, por primera vez, me habló de lafamilia y de Cuba. Supe, de este modo, que mi bisabuelo había ido allí un siglo atrás a buscarse la vida y que, gracias a una tenacidad y abnegación  verdaderamente ejemplares, había dejado a sus hijos, al morir, la propiedad de dos ingenios de azúcar y de un respetable número de negros. Un dibujo hecho a lápiz, enmarcado en el saloncito contiguo a la galería, mostraba a un caballero de rostro enérgico, cuya mirada autoritaria formaba un rudo contraste con la expresión bondadosa y los ojos apacibles de la bisabuela. Al lado de ellos mis abuelos y tíos me parecieron singularmente apagados. Dueños de un capital inmenso habían consumido su vida entregados a sus deberes sociales y devociones religiosas. Los retratos los representaban distinguidos y fríos, levemente caducos y como abrumados por el peso de sus responsabilidades. Al acabar la guerra de Cuba habían liquidado los ingenios para establecerse definitivamente en España y —habiendo ganado en respetabilidad lo que perdieron en algún revés de fortuna— morir llorados por todos, casi con la aureola de santos.             
        De ellos nací yo —vástago tardío de la familia—, heredero de un pasado glorioso vinculado al recuerdo de Cuba. Los años de la revolución se habían esfumado como un mal sueño e, instalado de nuevo en mis prerrogativas, estudiaba en el colegio de pago en el que se había educado mi padre y pasaba mis vacaciones escolares en la misma casa de campo en donde, siendo niño, había veraneado él. Fueron tiempos felices, desdibujados y borrosos, durante los que, acomodado en los sillones de mimbre del jardín,     revivía la epopeya familiar hojeando la edición encuadernada de la vieja Ilustración Española y Americana. Me habían dicho que los esclavos negros adoraban al abuelo y lloraron amargamente al obtener la libertad, y mi imaginación se desbocaba leyendo las hazañas de los soldados que combatían en la manigua. Con gran sorpresa, me enteré de que un grupo de cubanos se habían alzado inexplicablemente contra nosotros, y la intervención de Estados Unidos y el hundimiento de la escuadra española me llenaron de desconsuelo. Cuba encarnaba a mis ojos el paraíso perdido. Entre las cartas y legajos amontonados en la buhardilla había descubierto una colección de fotos amarillentas, cuya imagen no se ha despintado todavía de mi memoria. En una de ellas aparece el bisabuelo, con sombrero de paja y bastón, contemplando la torre del ingenio, los tachos y las pailas.      Otras, muestran los barracones de batey y una guardarraya de palmas reales, el palacete de Cienfuegos y un salón criollo con mecedoras, columnillas, espejos, tiestos de arecas y sofás de caoba. Mi preferida reproducía un tren cañero, con nuestro apellido escrito en la anticuada locomotora y una larga hilera de jaulas y bateas listas para la zafra. Mi niñez transcurrió entre aquellos recuerdos y, aún ahora, la nostalgia del mito infantil obsesiona mis noches de insomnio, cuando el día ha sido particularmente gris y el trabajo duro y, por una razón misteriosa, en la estructura del mundo que rodea a uno, uno no advierte, como debería, la imperiosa necesidad del cambio.
Más tarde volví a pensar en Cuba por diferentes razones. Había cumplido catorce años y empezaba a interesarme en la política. Todas las mañanas devoraba los comentarios editoriales de los periódicos, y el rostro ceñudo y grave de los adultos me daba a entender que la situación se deterioraba. Poco a poco se había adueñado de mí el miedo por lo que existía, por la solidez de mi universo cerrado y dichoso. El fin de la Guerra mundial me había abierto los ojos respecto a los progresos del socialismo y, quienes me habían enseñado a dar gracias a Dios por mi piedad y mi fortuna, me ponían en guardia, entonces, contra su empresa destructora. En el mapamundi escolar medía el avance continuo de la gangrena y, en tanto que relegaba al olvido mis ensoñaciones infantiles, leía con el corazón palpitante las noticias de huelgas y revoluciones, las estadísticas aterradoras de los diarios. Europa me parecía demasiado frágil e insegura. Algunas noches me despertaba con la frente orillada de sudor y, secretamente, había decidido mudar aires. Si el enemigo invadía el continente había que huir a un lugar más tranquilo. Como los chinos que escapaban de Mao, planeaba refugiarme en Cuba. Un tío paterno —muy seriamente—me aconsejaba el Congo o Angola.
Mis proyectos no se realizaron jamás y, cuando volví a pensar en Cuba, andaba a la vuelta de los veinte años y estudiaba leyes en la Universidad. La eventualidad de una revolución no me asustaba como antes y, a medida que crecía mi rencor contra la clase social en que nací, meditaba acerca de los orígenes de nuestra fortuna y la dudosa nobleza de sus blasones. La historia del bisabuelo había perdido insensiblemente su aureola infantil de romanticismo. Las fotografías amarillas del ingenio no me interesaban ya, y si me inclinaba sobre la Ilustración Española y Americana y examinaba el rostro de los hombres sacrificados de nuestro pueblo mientras los embarcaban a luchar contra sus hermanos mambises, no advertía en ellos ningún trazo de orgullo o sed de aventuras, sino la triste resignación de unos obreros y campesinos arrancados de su tierra para defender intereses extraños. Entonces empecé a desempolvar los fajos bien ordenados de la correspondencia del bisabuelo y, entre las liquidaciones y balances de las Bancas de Nueva York, Filadelfia y París, descubrí las cartas de los esclavos, embebidas de un dolor viejo de siglos, escritas con la sangre de sus muertos y las lágrimas y el sudor de su dignidad pisoteada. Bruscamente, mi respetabilidad burguesa me horrorizó. El simple nombre de Cuba constituía un reproche, y la conciencia de mi culpa y de la culpa de mi estirpe y de mi clase y de mi raza, me abochornaron. Durante bastantes años —inconscientemente quizá— preferí creer que Cuba no existía en absoluto y que los señoritos que me hablaban de ella y ponderaban su paz social y el orden batistiano tenían razón; que el pecado de los españoles —si es que hubo— había sido olvidado hacía tiempo, como las cartas de los esclavos de las que nadie se acordaba o los soldados anónimos del cuerpo expedicionario sepultados en la fosa común.
Desde que abandoné mis estudios hasta mi voluntario destierro a Francia mi vida conoció pocas alteraciones. Fueron años ingratos, de vacilaciones y dudas entregados a una minuciosa tarea de derribo y liquidación. Había empezado a tirar de una cuerda e ignoraba lo que arrastraba detrás. Sabía que los valores de mi clase eran mentirosos y huecos, pero no disponía de otros para remplazarlos. Lentamente consentí en escuchar las razones del enemigo y me veía obligado a reconocer la justedad de su causa. Al término de este proceso comprobé, con cierto asombro, que la conclusión a que había llegado a costa de tantos esfuerzos, la inmensa mayoría de mis conciudadanos, por el mero hecho de haber nacido pobres, la sostenía desde siempre con perfecta naturalidad. Entonces comprendí el verdadero significado de nuestra guerra y supe que, a despecho de cuanto me habían inculcado, me alinearía, en adelante, en el bando de los desposeídos.
Mi porvenir no quedaba resuelto sin embargo, y el contraste brutal entre la realidad y la idea, mi impaciencia y el ritmo lentísimo de la historia, me confundía y desanimaba. A momentos me inclinaba a creer que estaba loco, que todo era producto de un mal sueño, que nuestras cosas no cambiarían nunca. El desembarco del Granma y los combates de la Sierra me sacudieron de mi apatía. Había una maldición que parecía pesar sobre los pueblos de nuestra lengua, siempre dormidos, siempre inmóviles y como aplastados bajo el peso de las oligarquías y las castas. La odisea de Fidel y sus hombres era la negación de esa fatalidad, la prueba inequívoca de que el sueño largamente acariciado era empresa posible. Todo el otoño de 1958 había vivido pendiente de los periódicos y, conforme se precisaba el resultado de la lucha, mis últimas dudas desaparecieron. Recuerdo como sí fuera hoy la mañana fría y brumosa en que leí la noticia de la huida del dictador. Sentía que nuestra hora había sonado al fin. Estaba rodeado de franceses que caminaban deprisa hacia las bocas del Metro y tenía ganas de aproximarme a ellos y abrazarlos.
Gracias a la Revolución, Cuba había irrumpido una vez más en la esfera de mis preocupaciones más urgentes y, a medida que colmaba mi anterior vacío con su estímulo, y sustituía mi desánimo con su esperanza, su presencia me resultó indispensable. Cuando aterricé en el aeropuerto de La Habana las imágenes sucesivas de mi infancia, adolescencia y juventud se esfumaron ante el espectáculo del pueblo que la Revolución había puesto en marcha. Acababa de divulgarse la nueva del asesinato del brigadista Manuel Ascunce y, desde la ventana de mi habitación, contemplé el inmenso gentío que inundaba la amplia calzada de la 23. Aquellos rostros de milicianos y soldados, viejos y chiquillos que reclamaban justicia, los conocía bien. Eran los mismos que, veinticinco años atrás, habían irrumpido en mi universo de niño satisfecho y que, entonces, me habían sobrecogido de temor. La antorcha revolucionaria estaba ahora en manos de Cuba y, por una hermosa lección de la historia, ya no era España quien indicaba el camino a su ex colonia, sino la ex colonia quien daba el ejemplo y alumbraba los corazones, nos ilustraba y nos precedía. Defender a Cuba era defender a España, como un cuarto de siglo atrás morir en España fue morir por Cuba. Los esclavos se habían impuesto finalmente sobre el recuerdo del bisabuelo. Ochenta años después de su muerte, sus descendientes saludaban con júbilo el triunfo de la Revolución cubana.
Por espacio de dos meses y medio recorrí la isla de un extremo a otro. De Santiago a Guane, de Varadero a la Ciénaga de Zapata, compartí la existencia del pueblo, bebí y alterné con él. Cuanto refiero acerca de la región de Manzanillo hubiera podido escribirse respecto a Santa Clara, Pinar del Río o Camagüey sin que mi testimonio sufriera modificaciones. Las seis provincias de Cuba viven con igual entusiasmo el proceso de la Revolución y sus hombres poseen las mismas cualidades de nobleza y dignidad de quienes he intentado retratar en estas páginas.

lunes, abril 11, 2011

Al Golfo!

Hay una bloguera en Manzanillo cuyo blog tiene este nombre y un dia hace un reportaje sobre el Hotel Guacanayabo.
Le comento que está bien que escriba las cosas buenas del hotel, pero que perdió una gran oportunidad de mencionar la horrible arquitectura prefabricada de la época soviética que lo engalana.
Que habría podido hablar de los ocho buenos hoteles, muchos bares y cabarets que servían a los visitantes a la ciudad del golfo y que desaparecieron con la NDPA, al municipalizarse una región histórica de gran importancia en nuestra historia.
También pudo hablar de un aspecto negativo como la infinidad de burdeles que había porque había puerto, que definió nuestra historia hasta que el bayamés lo quiso.
Ella censuró el comentario y yo aquí lo pongo.

jueves, septiembre 02, 2010

los campos de golf según George Carlin


Tengo una idea en relacion con los « sin hogar «, saben lo que debieramos hacer? Cambiarles el nombre. No es « sin hogar », es « sin casa ». Lo que esta gente necesita es « casa » no « hogar » Hogar es un concepto, una idea abstracta, hogar es un estado mental, la gente necesita casas, estructuras fisicas, tangibles. Necesitan casas de bajo costo. Pero esperen, dónde las ponemos ? Nadie quiere estas casas cerca de sus propias casas, no las quieren cerca. Algunos en este país usan aquello de NEMP, deben haberlo oído decir : No En Mi Patio. La gente no quiere nada, ningun plan de ayuda social puesto en las cercanias. Traten de abrir una casa de beneficencia, in centro de rehabilitacion de drogas o alcohol, un refugio de vagabundos, una casa para retardados mentales para integrarlos a la comunidad ; la gente va decir : No En Mi Patio. Nadie quiere nada de esto cerca, especialmente si es para ayudar a alguien. Parte del gran espíritu de generosidad americana.  Pueden preguntarle a un nativo americano sobre eso, si es que lo pueden encontrar. Tienen que mirar bien porque se hace difícil encontrar uno. Y si quieren información actualizada pueden tomar un negro al azar, pueden preguntarle cuán generosa ha sido América con ellos. Algo que quiere la gente cerca de ellos, aunque sean cosas en la que ellos crean, algo que consideren útil para la sociedad como las prisiones, todo el mundo quiere prisiones, todos gritan:  HAGAN MAS PRISIONES…..(pero no aquí).  Por qué no, qué pasa, cuál es el problema ? Qué hay de malo en tener una prisión en el vecindario ? Pues mira que podríamos tener un area libre de crimen. Creen que un grupo de drogadictos, putas y chulos van a estar bobeando enfrente de la cabrona carcel ? Mierda, no van a venir ni por los alrededores. Que pasa con esta gente? Todos los delincuentes van a estar encerrados y en caso de escapar, qué creen que hagan ; quedarse por ahí comiendo mierda? Chequeando como andan los bienes raíces ? Mierda, se van pa’l carajo. El que se escapa de una prisión se va los más lejos posible. La gente no quiere nada en los alrededores, excepto las bases militares. Hoy no les importa eso, les gusta. Dame una base militar, una base naval, hazme feliz ; por qué : empleos, empleos, intereses personales. Aunque la base esté llena de armas nucleares, qué carajo. Dicen : bueno, acepto un poquito de radiación si puedo conseguir un empleo. La clase trabajadora ha sido tan jodida durante tanto tiempo en este país que esas son las únicas que le quedan.
Tengo el lugar para las casas de bajo costo, he resuelto el problema, ya se donde se pueden construir casas para los vagabundos : los campos de golf. Perfectos. Lo que necesitamos. Buenas tierras, buenos vecindarios, tierra que se está perdiendo en en una actividad imbécil e insensata ejecutada principalmente por varones, blancos, adinerados, de negocios que utilizan el juego para reunirse y lograr acuerdos para tallar este pais para ellos. Me estoy cansando de estos golfistas mamones y sus pantalones verdes y sus pantalones amarillos y sus preciosos sombreritos y sus bellos carritos de golf. Es tiempo de reclamar esos campos de golf de los ricos y darselos a los vagabundos pues el golf es un juego arrogante y elitista ha estado ocupando demasiado espacio en este país. Es arrogante desde su mismo diseño, el propio diseño expresa arrogancia. Piensen en lo grande que es un campo de golf y lo chiquitica que es la jodida pelotica. Para qué esta gente necesita tanta tierra ? Hay 17 mil campos de golf en América que promedian 150 acres, unos 3 millones de acres, 4820 millas cuadradas donde se pueden construir dos Rhode Island y un Delaware para los Sin Casa, mal empleadas en esta actividad que aparte de todo es racista ; los únicos negros que se ven en un Country Club son los que llevan la carga en este aburrido juego. Para gente aburrida. Han visto golf por televisión ?, es como ver dos moscas haciendo relajo. Es un juego imbécil. Piensen en el intelecto que se requiere para hallar placer en esta actividad : darle a una bolita con un baston jorobado y entonces…caerle atrás y entonces, darle otra vez. Yo digo ; déja eso, comemierda, tuviste suerte y encontraste la jodida bolita. Métela al bolsillo y vete pa’l carajo. Ganaste ! La encontraste ! Eso no sucederá. Seguirá dándole a la bola y caminando tras ella. Déja a esos ricos mamones jugar golf. Déjalos al sol durante hora y media, a ver si tiene algun tipo de destreza esta gente. Sé que hay gente que juega golf y no se considera rica, que se joda también ! Vergüenza debieran sentir por involucrarse en un pasatiempo arrogante y elitista. 



Ver el video en you tube:


http://www.youtube.com/watch?v=AbSRCjG-VLk