jueves, junio 23, 2011

EL PURISIMA CONCEPCION EN MANZANILLO.



Los americanos bloquean a Manzanillo.

A la Bahía de Manzanillo, al sureste de la isla, la protegen naturalmente una franja de cayos de diferentes tamaños, con un fondo irregular y corrientes impredecibles, que se extiende desde Tunas de Zaza hasta Cabo Cruz. Por entre los cayos hay canales que franquean el paso con dificultad. Sin la presencia de estos cayos nadie le llamaría Bahía al Golfo de Guacanayabo. 
En la Guerra Hispano-americana las provisiones y la comida necesaria para las tropas españolas que llegaban normalmente por la costa norte de Cuba desde Europa, después del bloqueo americano, había que buscarlas en buques pequeños y de poco calado desde México y Centroamérica. Esto lo entendió el presidente Mc Kinley y tomó la medida de bloquear el sur de Cuba también, desde Cabo Francés a Cabo Cruz, el dia 28 de Junio de 1898. Lugares de importancia todavía bajo control español eran Batabanó, Cienfuegos, Casilda, Tunas de Zaza, Júcaro, Santa Cruz del Sur y Manzanillo. Los más importantes desde el punto de vista militar eran Cienfuegos y Manzanillo y como Cienfuegos se conectaba con La Habana por ferrocarril la comunicación desde Manzanillo por mar era cuestión de vida o muerte para España. A lo largo de la costa, espaciadas a unos cuantos kilómetros, principalmente en las desembocaduras de los ríos, las autoridades militares españolas habían erigido fortificaciones de adobe de sección circular y cuadrada, como las de las trochas, coronadas con con una caseta de observación y guarnecidas por veinte o treinta soldados, con el objetivo original de evitar las expediciones armadas para los mambises. También eran usadas para estaciones de heliógrafo.   

Manzanillo se convirtió en cuartel general; un puerto de distribución este-oeste.
  
El bloqueo sobre la isla estaba siendo burlado constantemente por el sur hacía mucho tiempo. El buque español más destacado transportando armas, medicinas y provisiones era la pesadilla de la flota americana: El Purísima Concepción, botado el 28 de Julio de 1894 a las 9:40 AM. Con capacidad para cien pasajeros de primera clase, 244 pies de eslora, 35 de manga, 22 de puntal, 1300 toneladas de registro bruto, dos hélices, 1200 caballos y doce nudos de marcha. Transportaba carga y pasajeros entre Batabanó, Cienfuegos, Trinidad, Manzanillo y Santiago y algunos puertos intermedios de menor importancia.
El Purísima Concepción fondeaba en Batabanó la tarde del 21 de Abril de 1898, donde recibiría instrucciones del Capitán General: romper el bloqueo y llegar a puerto neutral y conseguir víveres para el ejército. Para eso serviría el buen crédito del armador y ayudaría el hecho de tener representación consular española. Al caer la noche salió con las luces apagadas, rumbo al Canal del Rosario, para hacer escala al dia siguiente en las islas Caimán, desde donde trazó la estrategia para llegar a Jamaica haciendo maniobras de engaño a sus perseguidores. Así, furtivamente, entró a la rada de Montego Bay aquel hermoso buque sin insignias, asombrando a los que sabían de la vigilancia de las costas cubanas. Allí se enteró su capitán Fernando Gutiérrez Cueto de la captura del Argonauta con pertrecho, tropa y correo por el Nashville y se prometió a sí mismo hundir al Purísima Concepción ante tal eventualidad. A pesar de que el impredecible Contralmirante William Sampson ya había sido advertido de su presencia en aguas inglesas.
De Montego Bay, tras izar bandera mercante inglesa, llegó a Kingston, creando gran alboroto y empeorando su situación. No sólo el Purísima fondeaba mientras su capitán gestionaba las provisiones; también lo hacía el crucero auxiliar americano Saint Louis que vigilaba de cerca las veinticuatro horas. La fuga fue preparada con previsión; un horno ardía todo el tiempo para disimular, con su chimenea humeante, las intenciones reales de escape, que se facilitó con la primera salida del Saint Louis. Tan pronto pudo, el Purísima soltó amarras y enrumbó con destino a Cienfuegos. Enterado Sampson de la fuga, envió a ese puerto al crucero auxiliar Yanquee que se encontró con el cañonero español Diego Velázquez, situado allí en espera del Purísima, el 13 de Junio. Gutiérrez Cueto decide poner proa a Casilda, puerto de Trinidad, pero aún con la protección del Fernando el Católico y el cañonero Dependiente, no puede descargar, a su llegada el 20 de Junio. Al entablarse combate con barcos americanos, que dura hasta el dia 22, el Purísima es remolcado hasta Masío, de donde esa misma noche se escurre entre los cruceros enemigos. Comienza la descarga en Tunas de Zaza el dia 23 por la mañana, pero ya el 24 por la noche tiene que abandonar puerto y llega a Manzanillo el 25 de madrugada, tras un difícil viaje entre bancos de arena y coral. El viejo lobo de mar cumple su objetivo de bajar todo cuanto tiene a bordo para enviarlo desde Manzanillo hasta Santiago por tierra, con la columna del coronel Escario, que con grandes esfuerzos llega a destino, demasiado tarde.

Primera batalla naval.

El contralmirante Sampson confió la misión de atacar Manzanillo y destruir cuatro cañoneras que estarían ancladas en puerto, al teniente de navío Young. El 30 de Junio de 1898 los barcos auxiliares Hist, ornet Hornet y Wompatuck salieron de Cabo Cruz rumbo a Manzanillo, que ya había recibido la noticia por heliógrafo. Entrando por el Canal Sur fue el Hist el que divisó una cañonera española protegida por las baterías de tierra y junto al Hornet se lanzó al ataque. Abrieron fuego a una distancia de 1500 yardas y el Hist impactó la popa de la cañonera, que al esconderse en un cayo fue destruída por otro proyectil de tres libras del Hist. Nunca cesó el fuego de los mosquetes sobre los invasores. Entonces Young ordena al escuadrón dirigirse al mismo Manzanillo, en cuyo puerto encuentran no sólo cuatro cañoneras, sino nueve buques armados apoyados por las baterías de costa. Las cañoneras contaban con ametralladoras y cañones de tres y seis libras. También tendrían que vérselas con una formidable fuerza de infantería situada en las colinas de Mazanillo y cuatro grandes pontones en los que se habían instalado cañones lisos de calibre seis pulgadas. El Hist fue impactado once veces: un disparo alcanzó la escotilla de la sala de máquinas y otro casi rompe el puente. Después de media hora de combate contra cañoneras, baterías de tierra e infantería, tuvieron que retirarse, temporalmente fuera de combate el Hornet, con una tubería de vapor rota que quemó a tres de sus marineros. El Wompatuck también fue seriamente dañado, con un impacto que atravesó el casco por encima de la línea de flotación. Otro de los disparos pasó a pocas pulgadas del teniente de navío Carl Jungen, Superintendente de la Compañía de Vapores del Pacífico Sur, que estaba en el puesto de mando.

Segunda batalla naval.

Al dia siguiente al maltrecho pequeño escuadrón de Young se le unieron dos buques auxiliares enviados desde Santiago, el Scorpion y el Osceola, que pasaron por el canal Cuatro Reales, entre los dos cayos frente a la ciudad, para cuidar su salida norte.  Habían estado anclados en Cabo Cruz por la noche y habían salido rumbo noroeste para tratar de capturar dos cañoneras españolas en aquel importante puerto , en donde había además baterías de costa y otros muchos barcos mercantes, según reportes recibidos por Sampson en Santiago. El Scorpion era comandado por el teniente de navío Adolph Marix, que esperaba volver a encontrarse con los tres buques del dia anterior, pero ya no estaban allí. El Osceola era comandado por el teniente Purcel. Ambos tuvieron que retirarse después de un intercambio de media hora. Todos los buques que participaron en ambos enfrentamientos eran pequeños auxiliares convertidos, con sólo batería secundaria, excepto el Scorpion que portaba cañones de repetición de cinco pulgadas.

Ambos ataques fallaron y el resultado fue que las fuerzas españolas levantaron su moral.

El 25 de Julio de 1898 el New York Times publicaba una carta del alférez Watt Tyler Cluverius a su madre, aparecida en el New Orleans Picayune. Estaba a bordo del Scorpion.

“A las 4:00 PM nos situamos entre dos cayos de enfrente a la ciudad y le echamos una ojeada. Los muelles estaban llenos de buques de vapor y de todo tipo y exactamente frente a la ciudad reposaba una gran cañonera blanca y otras dos a su derecha pintadas color de guerra. Un inmenso buque receptor a la izquierda, con los portones de proa abiertos.

“Cada hombre sobre cubierta, contemplando la tranquila ciudad de 10 mil habitantes con sus puertos atestados, ya se consideraba rico, pues nunca habían visto tal despliegue de trofeos de guerra.

“¡Arriba, Purcell, allá vamos!, gritaba el Capitán Marix, mientra accionaba los indicadores de las máquinas para máxima velocidad. Navegando en dirección este-sureste entramos a puerto, por delante el Osceola, hacia las cañoneras.

“¿Has escuchado en la tormenta cómo silba el viento por entre las amarras del velamen?. Así sonaban los proyectiles españoles.

“Por toda la ribera se observaban los destellos, el humo, el tronar de los cañones. Cuatro baterías de costa y cuatro buques realizaban el fuego más certero que habíamos visto en muchos días. Sólo esperaban que estuviéramos a su alcance.

“Gritos y arengas se escuchaban de nuestra parte al impactar la torre de la cañonera blanca con el tercer disparo de un cinco-pulgadas. Un cañonazo de un 106 libras fue a dar a la línea de cañoneras y a los muelles, así como algún que otro cinco pulgadas contra la ciudad también. Alrededor el mar se erizaba de balas enemigas. Una de ellas inundó nuestro castillo de proa.

“Toda la orilla se llenó de humo y el nutrido fuego de mosquetes se hacía insoportable, las balas que al principio se quedaban cortas, corregían el tiro.

“Purcell, esto es mucho, retirémonos. Así gritaba el Capitán Marix.
“Ya fuera de alcance nos detuvimos. Nos habían sacado de su puerto, pero con todas las probabilidades en nuestra contra. Y aún así se tomaron una hora para hacerlo. Ni un hombre fue alcanzado. La Providencia seguramente protege a las armas americanas. El Scorpion fue alcanzado doce veces, fragmentos de bala se encontraron en proa y una de tres libras se había desviado hacia la galera y se había incrustado en un mamparo.  La aleta de estribor había sido dañada.

“Hemos estado en dos de los bombardeos a Santiago y ayudamos a despejar el camino a las tropas en Daiquirí, pero no habíamos visto nada igual en cuanto a precisión, rapidez y uniformidad de fuego que las fuerzas españolas nos brindaron en Manzanillo. Y les damos crédito por eso.”     

Mientras esto sucedía en Manzanillo, los buques auxiliares Yanquee, Dixie, Yankton y el cañonero Helena bloqueaban a Cienfuegos y Casilda, sin reportarse nada de importancia 

Todavía el 3 de Julio de 1898 los buques americanos rechazados estaban situados enfrente de la ciudad en actitud provocativa, pero las cañoneras españolas nunca salían de los límites del puerto.

El Purísima Concepción remolcó los cascos del cañonero Cuba Española y del pontón María por orden del Ayudante de Marina de Manzanillo, para utilizarlos como baterías estacionarias, evitando que fueran hundidas en otro ataque americano.   

Sampson no se encontraba en la bahía santiaguera el 3 de Julio de 1898, dia de la batalla naval, pero fueron los marinos que él había entrenado, los barcos que él había construído y armado y los cañones cuya fundición él había dirigido los causantes de la debacle española. La flota completa de Cervera fue su ofrenda a la nación americana por el 4 de Julio.

Hasta mediados de Julio el tipo de embarcacion utilizado en esta costa no era el adecuado en número ni en calado, no obstante el 11 de Julio el Hist y el Wompatuck se adentraron por el canal Cuatro Caminos y cortaron el cable entre Manzanillo y Santa Cruz del Sur.

Tercera batalla naval.

Finalmente el Almirante Sampson decidió un ataque combinado por los buques Wilmimgton, Helena, Scorpion, Osceola, Hist, Hornet y Wompatuck en la mañana de Julio 18. El Wilmington y el Helena eran cañoneras de calado en lastre y altos mástiles militares, diseñados para navegar en aguas de China. El Osceola y el Wompatuck eran remolcadores armados. El Scorpio, el Hist y el Hornet eran barcos de recreo adaptados.

Las dos cañoneras más grandes, aunque con tan formidable apariencia que los españoles las confundieron con acorazados, desplazaban sólo diez pies de agua y se adaptaban particularmente bien para navegar en puertos de aguas poco profundas.

El comandante C.C. Todd de el Wilmington, el oficial de mando con más tiempo de servicio había recibido órdenes de destruír los barcos enemigos pero evitar, de ser posible, cualquier confrontación con las baterías de la costa. Todavía se recordaba la suerte del Winslow, y la necedad de poner buques pequeños al alcance de la artillería pesada instalada en tierra se había quedado impresa en la mente de los oficiales de mando, especialmente cuando no habían fuerzas de desembarco disponibles.

El comandante Todd partió su flota en tres divisiones para tentar su avance en el puerto por tres diferentes vías por entre los cayos y evitar de ese modo el escape del enemigo. El Wilmington y el Helena tomaron el canal más al norte en la extrema izquierda. El Scorpion y el Osciola buscaron un canal directamente opuesto a la ciudad, mientras que el Hist, el Hornet y el Wompatuck tomaron un canal más al sur y a la extrema derecha de la línea de ataque.

Era una mañana soleada y clara, con una brisa suave del este soplando en la cara de los marinos, mientras los buques se dirigían a Manzanillo, a las 6:50 AM
El comandante W.P. Swinburne del Helena siguió el curso trazado por el Wilmington y a las 7 en punto, cuando lo tuvo a 4oo yardas a estribor, izó sus banderas.

Los cinco buques se alinearon ya dentro del borde de los cayos de norte a sur en el orden indicado y a las 7:04 una batería de la costa abrió fuego, sin alcanzar a ninguno. El comandante Swinburne había ordenado que los proyectiles trazadores que se guardan en el mástil militar fueran arrojados por la borda y fue acortando gradualmente la distancia que lo separaba de el Osceola y el Scorpion, que fue el primero en atacar a las baterías de tierra a las 7:18 Un poco más tarde el Wilmington comenzó la ofensiva contra la ciudad y a las 7:52 el Helena, que había distinguido algunos buques enemigos en el puerto, disparó con su batería de babor.

Algunas de las cañoneras españolas comenzaron a presentar batalla a la flota en ofensiva, pero la ecuanimidad y el deliberado fuego de los marinos yanquis las hizo retroceder y a las 8:07 a la entrada norte del puerto se vio ardiendo un buque de vapor.

Además de las tres baterías en la costa, un fortín en una loma detras de la ciudad abrio fuego a las 8:20 pero ningun barco americano fue alcanzado, pues estaban a unos 3000 o 4000 yardas en avance oblicuo.

No fue fácil el avance, pues los buques más grandes apenas encontraban profundidad suficiente para flotación y tenían que ser guiados por los dos hombres en la plataforma de sondeo que lanzaban la plomada constantemente. Cuando las plataformas se acercaban dos brazas era necesario tentar aguas más profundas. Como navegaban a unas 3000 yardas, los disparos del enemigo comenzaban a caer cerca de el Helena, muchos de ellos pasando por sobre el puente y un fragmento estallaba sobre el castillo de proa. Las balas al impacto se proyectaban alrededor y así perforaron el pantalón del navegante, pero nadie prestó atención, pues nadie fue herido. Los hombres de la plataforma de sondeo continuaban declamando la profundidad según sus plomadas y aunque alguno podía esquivar una bala, aun así no abandonaba su trabajo por un instante.

Marinos y oficiales lucharon en el estilo metódico que había caracterizado a la marina a lo largo de la guerra.

Un poco al sur de la ciudad estaba el pontón Maria, un armatoste utilizado como barco de recepción y entrega. Este tenía algunos cañones de 6 pulgadas que seguramente iban a ser muy hostiles. El comandante Todd sabía que debían ser destruídos, pero no quería gastar municiones; así que hizo señales al Helena: “Fuego a las cañoneras, fuego al pontón.” No solo éste ardía en llamas a las 9:20 AM sino también algunas cañoneras y transportadores.

A las 9:56 se le ordenó al Helena fijar su atención en las cañoneras a la derecha de los buques ya impactados y se acercó un poco más a la costa, disparando su batería de estribor a unas 2100 yardas de distancia. Una a una las cañoneras hostiles fueron quedando en llamas, dos de ellas explotando como fuegos articiales y el resto a la deriva. Pero ya en ese momento el Helena y otros buques se encontraban al alcance de las baterías de la costa y de un fortín en una loma encima del Punto Guá. La forma en que se hundían en el mar los proyectiles que caían cerca, indicaban que los españoles estaban usando baterías de mortero o cañón de lámina lisa de largo alcance.

Al ver que todos los barcos enemigos habían sido hundidos o destruídos, a las 10:22 el Wilmington dio la señal general de cese al fuego y la flota americana retrocedió a la bahía. El Helena continuó disparando por unos minutos para cubrir su retirada y la del Wompatuck que estaba a babor y se salpicaba con el agua que levantaban los proyectiles disparados desde la costa. A las 10:35 el fuego había cesado.

En esta acción el Helena, que había podido hacer su parte generosa del trabajo, disparó 203 proyectiles corrientes de sus cañones de 4 pulgadas; así como de sus ametralladoras Colt, 129 de 6 libras; 84 de 1 libra y 430 de 6 milímetros.

Ningún barco americano había sido dañado materialmente ni un solo hombre se había perdido por la parte americana bajo el fuego de al menos 4 baterías en la costa y dos fortines y la flota recogió fácilmente los botes y otros medios móviles que habían sido dejados durante la acción en un centro de mando cubano en la costa.

Los españoles perdieron unos 200 hombres, 6 cañoneras, 3 transportadoras y un pontón. Incendiados y hundidos quedaron el pontón María y la cañonera el Centinela. Inútiles y medio hundidos el Delgado Parejo y el Guardián. Prácticamente destruídos el Cuba Española, Guantánamo y Estrella. Los transportadores destruídos fueron el Gloria, el José García, así como el Purísima Concepción, los tres graciosos correos de preciosa estampa, cubiertas corridas y largas estructuras. El Purísima Concepción, que había sido perseguido hasta el puerto por la flota del bloqueo, pagaba así su insolencia.

Dicen los americanos que se tuvo gran cuidado en hacer el menor daño posible a la ciudad misma, y según se sabe, poco o ningún daño se le hizo. Los barcos de la flota americana regresaron a sus estaciones, excepto el Wompatuck, que fue enviado a Guantánamo para reportar ante el Almirante los resultados de la batalla.

El capitán Don Fernando Gutiérrez Cueto llegaba el 28 de Octubre de 1898 a la Coruña, a bordo del trasatlántico Catalina, como simple pasajero. Nadie le pagó el dinero que sacó de su bolsillo para los salarios debidos a su tripulación durante esta última etapa de labores corsarias de avituallamineto a las tropas españolas. Otro 18 de julio, en el año 1939, moría Don Fernando, víctima de septicemia, de un colapso cardíaco, a los 88 años de edad, en Cabezón de la Sal.

Fin de las hostilidades en la guerra hispano-americana.

Después de la rendición de Santiago la flota americana se ancló en Guantánamo donde los barcos se abastecieron de carbón, se les hicieron reparaciones menores y los marinos descansaron adecuadamente. 

El alto mando americano deseaba hacer una base de operaciones en Isla de Pinos para interceptar a los barcos españoles que abastecían a La Habana desde la costa sur, para lo que organizó una escuadra compuesta por el Newark, Resolute, Suwanee, Hist, Osceola, y Alvarado.

El Newark (Capitán C. F. Goodrich) junto con el Resolute (Comandante Eaton) salieron de Guantánamo el dia 8 de Agosto de 1898 a las 4:00 PM rumbo a Cabo Cruz, que era el punto de encuentro de la escuadra. Se detuvieron frente a Santiago para comunicarse con el St. Louis. Los detalles de la expedición sólo los conocía Goodrich, aunque de modo general se podía intuir que un golpe demoledor a España acercaría el proceso de paz.

Manzanillo se rendiría, con toda su fuerza naval y los cuatro mil quinientos hombres encargados de su defensa, ante la presencia de una fuerza americana suficientemente grande. Al menos esa era la  información de fuentes confiables al más alto oficial del Hist, el teniente Young y de éste al capitán del Newark C. F. Goodrich. La escuadra completa se había reunido en las costas de Cabo Cruz, por orden del comandante en jefe, con el que ya era imposible consultar. Ante aquél se planteaba una clara disyuntiva: un golpe decisivo a Manzanillo sería de gran efecto moral; por otra parte, exponer un barco del tamaño del Newark al alcance de tiro de la defensa de la ciudad era un riesgo que podía convertirse en desastre.  Era el 9 de Agosto de 1898 y a las 2 PM el Suwanee (Capitán de corbeta Delahanty) y el Hist (teniente de navío Young) reportaron al Newark. El estado general del personal era excelente, la experiencia del bloqueo había beneficiado a los bisoños marineros.
Al amanecer del 10 de Agosto de 1898 se unieron el Osceola (teniente de navío Purcell) y el Alvarado (teniente de navío Victor Blue), capturado en Santiago, construído en Inglaterra para que España interceptara las expediciones mambisas desde los Estados Unidos, ahora con tripulación americana y pintado de color de guerra.

Poco tiempo después se puso rumbo a Manzanillo por el Canal Cuatro Reales. Entre los numerosos cayos de diferentes tamaños hay como un mar interior, llamado de Buena Esperanza, cruzado por numerosos canales de diversas profundidades. El de Balandras que hace la ruta más corta y directa, tenía solamente 18 pies de hondo y como el Newark requería una profundidad específica de 22 pies y 3 pulgadas, era necesario hacer la ruta noroeste por el canal de cuatro Reales. La única carta de navegación disponible de la región era una de la parte occidental de Cuba y siendo de escala pequeña, el puerto objetivo y sus alrededores ocupaba sólo una porción reducida de la hoja. Por experiencia las cartas de navegación españolas no eran muy confiables. Una pequeña carta de fuentes españolas daba 5.5 brazas como la menor profundidad del canal que se pensaba tomar. Sin embargo, la información proveniente de instrucciones de navegación emitidas por la Oficina Hidrográfica de Estados Unidos respecto a que el canal de Cuatro Reales estaba cerrado, daba lugar a dudas. El piloto cubano del Hist insistía en que estaban garantizadas las 5 y media brazas a lo largo del canal, por lo que la escuadra se dirigió a su entrada.
A los que no conocen el lugar todos los cayos les parecen iguales y como la carta omitía algunos existentes mientras mostraba otros inexistentes, pueden imaginarse las dificultades para encontrar el rumbo por referencia geográfica. Además, las grandes diferencias de valores de las sondas obtenidas comparadas con las de la carta, aumentaban las dudas sobre esta última.

Se puso al frente al Hist con su piloto, siguiéndole el Suwanee, el Osceola, el Resolute y el Newark, manteniéndose cerca del último el Alvarado.  Los buques delanteros debían desplegar la señal de peligro en caso de caer la sonda a 5 brazas. Entraron al canal con el sol al oeste, encontrando una boya plantada por el Wilmington en una visita previa, la única señal de aguas poco profundas. Las variaciones verdosas en el agua vistas desde la plataforma no indicaban zonas bajas pero un toque marrón con el sol en meridiano sí era seguramente indicio de zona de peligro. El Newark seguía adelante a baja velocidad, levantando la señal de peligro según la necesidad, guiado por el mejor timonel del barco, hasta pasar sin dificultad el canal. Se había superado el primer peligro, la escuadra estaba anclada dentro del arrecife, cerca de un cayo que no aparecía en el mapa en este bello mar interior. Eran las 7:00 PM del 10 de Agosto de 1898.

En el equipo de señales no había banderas blancas, tal parecía que nadie había considerado la eventualidad de necesidad de alto al fuego, por lo que intendentes y grumetes se dedicaron a confeccionarlas.


Antes del amanecer, a las 4:15 AM los buques se deslizaban suavemente hasta alcanzar los cayos de Manzanillo. Se lanzaban por la borda barriles del encurtido y se anclaban para marcar puntos de giro muy cerrados como ayuda en el regreso. Cerca de las 10:00 AM se lanzaron las anclas a sólo tres millas de Manzanillo y se envió el Hist a Calicito, a 6 millas del lugar, para coordinar con los mambises y solicitar cooperación en la eventualidad de un bombardeo.

Era difícil descubrir las defensas de la ciudad desde los barcos; se veía una línea de fortificaciones, se destacaban las aspilleras de los fortines y los restos de cañoneras y buques transportadores destruídos en ataques anteriores, pero se deconocía la posición de los cañones. Un mapa que había elaborado el teniente de navío Young del Hist, mostraba la ubicación de los cañones y su posición con cierta precisión. La ciudad se extendía por la costa y las casas estaban situadas en una suave pendiente desde el mar. Algunos cayos dividían la entrada en canales al norte y al sur, demasiado poco profundos para el Newark. Para un bombardeo debían avanzar juntos y en una sola dirección, dadas las dificultades en las maniobras de viraje por la falta de espacio.

Antes de anclar, el Newark izó la bandera de alto al fuego y el Alvarado, con bandera blanca, se dirigió a Manzanillo con esta cominicación:

U.S. Newark
Manzanillo, Cuba
Agosto 8 de 1898.

A Su Excelencia El Jefe Militar de Manzanillo.

Señor:

Tengo el honor de presentarle mis respetos y demandar en nombre de Los Estados Unidos, lo siguiente:

  1. La rendición incondicional de Manzanillo y sus dependencias con todas sus fuerzas españolas, militares y navales, regulares y voluntarias, guardias civiles y bomberos, así como todos los buques de todas las denominaciones a flote en este momento en el puerto, que me debe ser entregado intacto y sin daños. También todas las armas, municiones y accesorios en las fortificaciones; todo el armamento de campo con sus medios de transporte, munición y accesorios, todo en buenas condiciones.
  2. La entrega de armas de los departamentos de bomberos y policía, aunque seguirán realizando sus tareas anteriores.
  3. Las autoridades municipales retendrán el ejercicio de sus responsabilidades a disposición de los Estados Unidos.
  4. Se restablecerán todos los faros, luces, boyas y otros medios de ayuda de navegación y las autoridades, tanto civiles como militares deben cooperar al máximo en el remplazo y rehabilitación de las boyas que hayan desaparecido. El faro de Cabo Cruz debe ser iluminado inmediatamente y mantenido así. Los gastos serán cubiertos por Los Estados Unidos.
  5. La propiedad pública de cualquier categoría perteneciente a su majestad el Rey de España será entregada a la custodia de los Estados Unidos. Usted debe situar a miembros de las unidades navales especiales y custodios en propiedades que sean susceptibles a pillaje o destrucción.
  6. Usted mantendrá todas las líneas telegráficas instrumentos, y oficinas intactos y me los entregará en perfecto estado.
  7. Se espera que las autoridades religiosas utilicen activa y diligentemente su influencia para preservar el orden y la calma ya que no serán molestadas en el ejercicio de sus santos oficios.
  8. Si estas condiciones son aceptadas y llevadas a cabo con honestidad se le brindará el mismo tratamiento a las tropas que usted deponga que a las tropas de Santiago.
  9. Estas condiciones deben ser aceptadas inmediatamente. Si usted las rechaza, entonces le pido a Su Excelencia notificar inmediatamente a mujeres, niños y otros no combatientes presentes de mis intenciones de bombardear y asaltar a Manzanillo dentro de tres horas desde el momento del recibo de esta comunicación. La grave responsabilidad de provocar un baño de sangre innecesario ha de recaer sobre Su Excelencia, a quien pido acepte la garantía de mis distinguidas consideraciones.
     

Su Seguro Servidor;

C. F. Goodrich
Capitán de la Marina de los
Estados Unidos.
Comandante de las fuerzas militares y
Navales presentes de
Los Estados Unidos.

Victor Blue
Teniente de navío de la
Marina de los Estados Unidos.

Aunque ya Manzanillo había sufrido ataques americanos anteriormente y sus habitantes habían vivido en condiciones de guerra, todavía no no habían experimentado un ataque con balas de 6 pulgadas y la pólvora sin humo. Era una ironía de la vida que este ultimatum les llegara a bordo de la cañonera cautiva Alvarado. El teniente de navío Blue informó que había sido recibido cortesmente y con guardia de honor y que los oficiales españoles se interesaban por saber si el Alvarado había venido desde Guantánamo por sus propios medios o había sido remolcado por el Newark. Un viaje tan largo para un buque tan pequeño era para ellos una osadía.

El Hist regresó de su entrevista con los mambises cubanos en Calicito con la noticia del arribo de refuerzos a Manzanillo.

A la 1:10 PM se deslizaba el Alvarado por un costado del Newark, donde había gran expectación. ¿Habría guerra o paz? ¿Se rendirían los españoles o pelearían? Por el rostro  impasible de Blue, según subía a bordo y se dirigía con Goodrich a su cabina, nada se denotaba.

Todas las dudas desaparecieron a la orden de despejar los buques para el combate e izar las banderas correspondientes. Los españoles iban a pelear, considerando muy corto el tiempo asignado y en palabras del comandante español, la rendición no les era permitida por su código militar a menos que estuvieran sitiados por mar y tierra.

La transmisión de orden de combate a los barcos fue bien recibida por la tripulación y los trabajos preparatorios se hicieron con diligencia; todos los botes de salvamenbto fueron bajados y situados fuera del alcance del fuego enemigo. Parecía que los hombres disfrutaban la perspectiva de una nueva batalla y la posibildad de matar o ser muertos.

A las 3:20 PM el Newark dio la señal de avance y de cubrir sus puestos oficiales y tripulación: en la plataforma principal el oficial ejecutivo y encima el oficial subalterno para observar la caída de los proyectiles; el capitán, el oficial de navegación y el piloto cubano en el puente de mando superior, el intendente principal y los grumetes en el puente de mando inferior.

Antes de salir de la bahía de Guantánamo el Newark había recibido de la propia ciudad americana,  enviado por niños de escuela primaria, una caja con gallardetes, banderines y dos pabellones grandes, uno de ellos de seda, que fue colocado en el mástil delantero.

A las 3:35 PM, tres horas después de que el comandante militar de Manzanillo recibiera la demanda de rendición, la bandera blanca fue arriada y las de guerra fueron desplegadas. A las 3:40 se dio la señal de abrir fuego y a las 3:41 el teniente de navío J. H. Gibbon disparó el cañón delantero de 6 pulgadas desde el Newark, calculando un alcance de 5000 yardas y así comenzó la batalla.


Antes del primer disparo todo había estado tranquilo, aunque negros nubarrones se posicionaban en un ángulo al norte de la ciudad, pero tras el rugido de los cañones rompió un concierto infernal de rayos y truenos y un aguacero diluvial sobre Manzanillo. La jefatura americana había sido instruída en los objetivos adecuados para atacar y evitar, en lo posible, zonas indefensas. Evidentemente la ciudad estaba fortificada y había tenido tiempo suficiente para evacuar a civiles. La autoridad superior no estaba dispuesta a suspender su plan de bombardeo a Manzanillo por consideración alguna de daño a la propiedad privada.

El primer disparo fue bueno y después de un tiempo para observar sus efectos, los cañones de estribor comenzaron a disparar. El sistema eléctrico auxiliar de disparo funcionaba satisfactoriamente, las grúas eléctricas suministraban las municiones ininterrumpidamente aun a baja velocidad, la pólvora sin humo permitía a los capitanes ajustar el tiro, que era excelente a juzgar por las nubes de polvo que levantaba en las trincheras y los fortines de la colina. Era preferible avanzar todo lo posible en la misma dirección para poder utilizar la batería de estribor, pero la estrechez del canal impedía cualquier cambio de curso y el reporte de una profundidad de 5 brazas de la sonda hizo que el piloto cubano se encogiera de hombros e insinuara que el barco no podría seguir acercándose. Luego caminó hasta el final del puente de mando y balbuceó que se lavaba las manos, al saber que con cuatro brazas solo quedarían algunas pulgadas debajo de la quilla. Muy lentamente siguió avanzando el Newark, deteniéndose cuando la sonda daba 4 brazas y media. La propela no tenía efecto completo por lo escaso del agua; aunque la marcha de las máquinas se había revertido el barco se deslizaba hacia adelante. Entonces se soltó el ancla de estribor que detuvo el movimiento a la vez que evitaba el contacto con el cuerpo del buque. Se levantó el ancla y el Newark regresó a las 5 brazas, prosiguió hasta las 4 brazas y media y ancló nuevamente, procedimiento por el cual el ajuste de tiro y su secuencia tuvo poca variación.
Cinco minutos después del primer disparo los otros barcos pasaron por el canal intermedio a una milla del Newark. El Osceola comenzó el fuego.  El Alvarado, situado a la salida de la plataforma del oficial superior, a babor, comenzó la pelea. Los españoles no respondían, aunque la lluvia de proyectiles era implacable.

A las 4:17 PM en el puente del Newark pensaron ver una bandera blanca en  la costa y se dio el alto al fuego y se envió al Alvarado con bandera blanca también a recibir la rendición. Las demás cañoneras dejaron de disparar. El Alvarado se acercó a unas 500 yardas de la costa, siempre bajo observación de los marineros de las cañoneras, cuando se vio un destello de una de las baterías de costa y seguidamente todo el litoral se iluminó con las descargas. Las cañoneras también rompieron el alto al fuego como si hubieran estado esperando el momento adecuado y se cubrieron con una nube de humo. Los hombres del Newark corrieron a las armas sin esperar la orden. Desafortunadamente, las pequeñas cañoneras se encontraban tan cerca en la misma línea de fuego que era imposible para el Newark disparar a las batería de costa por encima de ellas, pero no por mucho tiempo, porque se apartaron hacia la derecha suficientemente para que el Newark continuara la batalla y se retiraban cautelosamente mientras disparaban, pasando por debajo de la popa del Newark. El fuego español era desordenado. Al recibir el reporte de los capitanes de las cañoneras parecía un milagro que ninguna hubiera sido impactada. La bandera del Suwanee fue atravesada por un disparo y aunque el buque fue varado,no mostraba daño alguno.

El teniente de navío Blue reportó que la habían disparado a su bandera blanca, que él arrió y respondió con fuego, pero como la munición era española, sólo una tercera parte de ella fue efectiva. Por eso armó a su tripulación con Mausers. Más tarde se determinó que los españoles, al ver al Suwanee, el Osceola y el Hist acercarse sin bandera blanca, hicieron lo correcto al disparar.

También se supo después que no se había levantado bandera blanca en esta ocasión.

Las cañoneras anclaron y hasta oscurecer el Newark hizo algunos disparos aislados que fueron respondidos desde las baterías costeras del sur enfáticamente. Antes de oscurecer se tomaron las coordenadas de fuego y se dio la orden de disparar un cañonazo cada media hora del sudeste al este-sudeste, con la intención de reanudar las acciones al amanecer y desembarcar los marines. A las 5:00 AM se vio una línea de humo desde el noroeste que indicaba que los aliados cubanos, los mabises, iniciaban el ataque que los españoles rechazaban con cañones de campaña, pues los mambises se retiraron o hicieron alto al fuego a las 5:30 AM.

Poco descanso hubo en el Newark en las últimas 48 horas y poco pudo dormir la tripulación con el estrépito del cañón a intervalos irregulares, aunque peor debió haber sido para los que en la oscuridad de la noche, lo esperaban. Durante la noche de guardia, a eso de las 2:30 AM se vio un bote con numerosos faroles y para no correr riesgos se le abrió fuego con los cañones de 6 libras hasta que desapareció.

Al alba se veían banderas blancas por doquier. Un despacho de las autoridades españolas anunciando la firma del armisticio llegaba en un bote con bandera blanca y dos extraños oficiales de mirada triste.

Aunque no había información confiable respecto a los daños provocados por el bombardeo, se supo que el último proyectil había explotado en una porción de los cuarteles, hiriendo a algunos soldados y matando a seis. El comandante en jefe ordenó por el telégrafo que el escuadrón regresara a Guantánamo.

Unos meses después de la batalla, el Hist volvió a Manzanillo, esta vez en son de paz. Contó entonces el jefe militar que al anochecer del 12 de Agosto de 1898 se había reunido el Consejo de guerra con altos oficiales españoles de Manzanillo y habían decidido rendirse incondicionalmente al Capitán Goodrich. Se escribió la comunicación oficial y se firmó, esperando ser entregada cuando la luz del dia hiciera visible la bandera blanca. Antes del amanecer llegó el telegrama anunciando el cese de hostilidades.

Después de algún tiempo fue reflotado y reconstruído el Purísima Concepción. Estuvo  brindando sus servicios de transporte del sur de Cuba hasta el ciclón del 26 en La Habana cuando, sueltas las amarras, el buque Antonio López lo arrastró y lo destrozó contra la escollera. 

martes, mayo 31, 2011

Lo que pasa en la casa.

Pasa la Casa legislación que hace probable la esperada agresión contra Cuba.



El 26 de Mayo de 2011 la Cámara de Representantes americana pasó una legislación que contiene una peligrosa disposición que autoriza la guerra mundial contra naciones sospechosas de terrorismo o refugio de terroristas, sin necesidad de relación con los incidentes del 9-11 o de cualquier amenaza o daño específicos al país.



La legislación duraría tanto como la sospecha y si es aprobada por el Senado sólo podría ser eliminada por mandato del Congreso y el Presidente.







Discurso de Ron Paul ante la Cámara de Representantes el 25 de Mayo de 2011.



¿Es esto el fin de la República Americana?



Ya le han puesto el último clavo al sarcófago de la República Americana. Sin embargo el Congreso continúa con su escepticismo mientras nuestras libertades languidecen ante nuestra vista.



El proceso es impulsado por el miedo infundado y la ignorancia del significado real de la libertad y se basa en mitos económicos, falacias y buenas intenciones irracionales.



El imperio de la ley se viola constantemente y se brindan respuestas autoritarias como panacea universal para nuestros problemas. Se utiliza una asistencia social desmedida para beneficiar al rico en detrimento de la clase media.



¿Quien hubiera pensado que esta generación y este Congreso se quedarían ociosos ante el espectáculo de la desintegración de la República Americana?



Se caracteriza este momento histórico por la aceptación despreocupada del pueblo y sus líderes políticos de la presidencia unitaria , lo que equivale a otorgar poderes dictatoriales al presidente.



Nuestros presidentes pueden ahora, por sí mismos:



  1. Ordenar asesinatos, incluyendo ciudadanos americanos.
  2. Poner en funcionamiento tribunales militares secretos.
  3. Involucrarse en torturas.
  4. Encarcelar indefinidamente sin el debido proceso legal.
  5. Ordenar registros y detenciones sin autorización legal apropiada, violando la 4a enmienda.
  6. Ignorar la regla de los 60 días para reportar al Congreso la naturaleza de cualquier operación militar según estipula la Resolución del Poder de Guerra.
  7. Continuar los abusos del Acta Patriótica sin supervisión alguna.
  8. Hacer la guerra a voluntad.
  9. Tratar a todo americano como sospechoso de terrorista en los aeropuertos con el manoseo y los rayos X al desnudo de la Agencia de Seguridad del Transporte.   



Y la Reserva Federal se aprovecha falsificando los fondos necesarios que no se pagan con los impuestos ni con los préstamos permitiendo gastos incontrolados, deudas sin fin y sacando de dificultades económicas a organizaciones con intereses especiales.



Pero todo esto no es suficiente. Los abusos y usurpaciones del Poder de Guerra pronto van a ser sistematizadas en el Acta de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) que avanza rápidamente hacia el Congreso. En vez de rechazar la Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF), como debíamos ahora que Bin Laden está muerto, el Congreso planea incrementar masivamente los poderes de guerra del presidente.



Aunque existe una magnífica oportunidad para terminar las guerras de Iraq, Afganistán y Paquistán el Congreso, con apoyo bipartidista, está obsesionado en cómo expandir los poderes de guerra inconstitucionales que ya tiene el presidente. La actual propuesta permitiría al presidente armar una guerra en cualquier momento, lugar, por cualquier razón sin aprobación del Congreso. Muchos piensan que esto permitiría hasta actividades militares contra sospechosos americanos de terrorismo en este país.



La autoridad propuesta no hace referencia a los ataques de 9/11. Se expandiría para incluir a los Talibanes y fuerzas “asociadas”, una definición amplísima y peligrosamente vaga de nuestros enemigos potenciales. No hay dudas de que los cambios en la S.1034 eliminan totalmente las restricciones a la autoridad presidencial para declarar guerra sin aprobación congresional logradas en la Convención Costitucional después de gran esfuerzo.



La autoridad de guerra del Congreso ha quedado severamente dañada desde la Segunda Guerra Mundial comenzando con el advenimiento de la Guerra de Korea, amparada solamente por una resolución de la ONU. Aún hoy, estamos haciendo la guerra en Lybia sin consultar al Cogreso siquiera, similarmente a como fuimos a la guerra en Bosnia en los 90’s con Clinton.



Las tres mayores razones para nuestra Convención Constitucional fueron:



  1. Garantizar el libre comercio y los viajes entre los estados.
  2. Convertir al oro y la plata en moneda legal y abolir el papel moneda.
  3. Limitar estrictamente la autoridad de la rama ejecutiva para buscar guerra sin aprobación congresional.



Pero hoy:



  1. La Cláusula de Comercio Interestatal se usa para regular todo comercio en detrimento del libre comercio entre los estados.
  2. Los certificados de la Reserva Federal son moneda legal, el oro y la plata son ilegales.
  3. Se ha puesto el clavo final en el sarcófago de la responsabilidad congresional para los poderes de guerra, cediendo completamente estos poderes al presidente, __un  golpe tremendo al concepto de nuestra república.



Desde mi punto de vista, parece que la suerte de nuestra república está echada__a menos que estas recientes tendencias se reviertan.



La parte más triste de esta tragedia es que todos estos cambios horribles está siendo hechos en nombre del patriotismo y la protección de la libertad. Se justifican con las buenas intenciones al creer que se requiere el sacrificio de la libertad para nuestra seguridad. Nada puede estar más lejos de la verdad.



También es triste la convicción de que nuestros enemigos están movidos en sus ataques debido a nuestras libertades y prosperidad y no debido a nuestra profundamente errada que ha generado un resentimiento justificable y ha inspirado la violencia radical contra nosotros.



Sin comprender esto nuestras guerras no declaradas, sin nombre y sin fin continuarán y nuestra maravillosa experiencia con la libertad, terminará.

                                                                                                                                                  

lunes, abril 25, 2011

Pueblo en marcha VIII. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.



 La semana siguiente asistí a la fase final de la campaña de alfabetizadores. Millares de jóvenes venidos de todos los rincones de la isla llegaban a La Habana en trenes y camiones, mezclados con los maestros voluntarios y los brigadistas de Patria o Muerte. Las calles estaban adornadas con infinidad de banderitas y el pueblo vivía en un clima enfebrecido de expectación y de fiesta.

Recuerdo que fui con Carlos Franqui a la terminal de ferrocarriles a presenciar la recepción de una de las expediciones. Las muchachas de Conrado Benítez se amontonaban en los vagones descobijados de un tren cañero después de un viaje agotador desde Santiago.

Durante más de un día habían permanecido al sol y a la intemperie, sin dormir y casi en ayunas y, al apearse de las jaulas para desfilar por la ciudad, aguardaban pacientemente la seña! de partir, con las pesadas mochilas sobre la espalda. Algunas habían cumplido apenas catorce años y sus labios no formulaban ninguna queja.

Por aquellas fechas aproximadamente, visité las Escuelas de Instructores de Arte del barrio de Miramar y los cursillos de alfabetización de los trabajadores del puesto. En los palacios abandonados por la burguesía, millares de jóvenes estudiaban teatro, música y danza. El pueblo irrumpía en el recinto sagrado de las ensoñaciones y nostalgias de la clase en que nací y, en los profundos y marchitos salones, las fotografías de Fidel y Raúl sustituían a los viejos retratos de familia. Los estibadores de Jesús María y Guanabacoa habían aprendido a leer entre tanto y sus hijos frecuentaban las mismas instituciones en que __durante mi infancia__ me enseñaron a agradecer a Dios el privilegio de pertenecer al bando de los elegidos.

A medida que se avecinaba el día de la concentración, el ritmo de vida colectiva se aceleraba. Los niños alfabetizadores del llano y de la Sierra habían invadido bruscamente el hotel Habana Libre y, al igual que Braulio, subían en los ascensores para atalayar desde el altísimo descubridero del bar la hermosa ciudad que les pertenecía. En el Parque Central la multitud se apiñaba a oír los discursos improvisados de los oradores. Mis amigos ñañigos de Regla se habían alfabetizado también y el Iyamba de Otan Efó me enseñó el interior de la capilla decorado con la fotografía de Camilo Cienfuegos y numerosas banderas soviéticas y cubanas.

El veintidós de diciembre, cien mil brigadistas Conrado Benítez, quince mil de Patria o Muerte, ciento treinta mil alfabetizadores populares y maestros voluntarios desfilaban en hileras cerradas con sus compases, faroles y lápices gigantes. El asesinato del niño Manuel Ascunce no había frenado el avance de la campaña sino todo lo contrario. La isla entera se proclamaba Territorio Libre de Analfabetismo y el pueblo bailaba y manifestaba su regocijo en la calle.

El tercer aniversario del triunfo de la Revolución __diez días después__, este mismo pueblo rompía el cordón del servicio de orden frente a la tribuna y como una incontenible marejada se precipitaba sobre los tanques destinados a asegurar su defensa y los cubría de besos. Las armas que tres años atrás los sojuzgaban aún habían pasado a ser sus propias armas. Por primera vez el cubano era protagonista de su historia y esta historia marchaba, al fin, al ritmo de mi impaciencia.

El tiempo restante que permanecí en Cuba trataba de recapitular y digerir cuanto había visto. A mis solas evocaba el Centro de Rehabilitación de los campesinos alzados del Escambray y mi visita a la escuela de Instrucción Revolucionaria Osvaldo Sánchez, las muchachas milicianas que en la noche de Navidad velaban los almacenes y tiendas, y las discusiones de los bares de Regla y Jesús María. Me acordaba __no se me despinta de la memoria__ de la maestra de Manzanillo y de la voz y expresión con que me dijo: “Si todo esto va a caer, si va a empezar la vida de antes, yo prefiero morir y desaparecer primero. Aquella vida no la quiero ni para mí ni para mis hijos... Entonces, ¿por qué tanto miedo?”. Sus palabras me las había apropiado poco a poco y, ahora, cuando escribo “si esto va a caer” __hablo de una hipótesis y sé que no es posible__ el pulso me tiembla.

El fracaso de nuestra Revolución significó un retroceso de cinco lustros no sólo para España sino para los pueblos hermanos de América Latina. El aniquilamiento de Cuba alejaría nuestras esperanzas durante otro tanto tiempo. Me basta con imaginar el destino doloroso de millones y millones de mis compatriotas, privados unos de patria y otros de libertad __y todos de la posibilidad de vivir dignamente__ para llegar a la conclusión de que __si el proceso ha de recomenzar, si los sacrificios han sido inútiles__ esta existencia no merece la pena. Al defender su Revolución, los cubanos nos defienden a nosotros. Si deben morir, muramos también con ellos.

París, mayo 1962

Pueblo en marcha VII. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.



Por espacio de dos días había callejeado sin rumbo por Manzanillo y empezaba a acordarme del nombre de los bares y de los discos de órgano oriental de las victrolas y de las infinitas combinaciones de refresco, jugos de fruta y hielo con ron Bacardí. Me agradaba sentarme en un banco del parque y contemplar la falda ceñida de las mujeres y su balanceo sensual mientras caminan protegiéndose de la resolana con marchitas y descoloridas sombrillas. Al atardecer, acodado en la barra de algún café, me entretenía observando los corros de comadres y los juegos misteriosos de los niños en tanto que, a mi lado, un guajiro de la Sierra o un negro vestido de rosa y blanco __como un helado de fresa y limón __hablaban de Kennedy y Fidel, de dialéctica y marxismo-leninismo. Imaginaba que conocía lo mejor de la provincia y no había visto aún Cabo Cruz.

Para llegar al cabo, la carretera bordea la costa del golfo de Guacanabayo y atraviesa Campechuela, Ceiba Hueca, San Ramón, Media Luna, Niquero. Es el mismo camino que tomé días antes en mi visita al Centro Juan Bautista Levié, y Agustín y Araluce __mis compañeros de ahora__ ríen de las desventuras de la Hermana Angelina. En los jardines veo caimitos, mangos y fríjoles saltarines que trepan como enredaderas. De vez en cuando algún guajiro aguarda en cuclillas el paso del autobús. Mientras Agustín atiende el volante del Chevrolet, Araluce me muestra el diminuto aeropuerto de la ciudad y las modernas instalaciones de la Granja San Francisco.

Un piquete de trabajadores desorilla las cercas de madera del INRA y repone los postes fogoneados. Más lejos, el marabuzal medra en los bajíos vecinos al mar. El platanal evoca una procesión de penitentes aspados de Semana Santa: el viento mueve las hojas como brazos de molino y el viajero imagina el estupor del Caballero Don Quijote. Los setos de agave se suceden con sus bohordos floridos y, al acercarnos a Campechuela, Araluce señala el central Francisco Castro Ceruto y explica que, el año anterior, sus operarios triunfaron en la emulación nacional de la zafra.

__El Gobierno los invitó a pasar una semana en Varadero, en casas de los millonarios, y había viejitos que al enterarse daban saltos y hasta se revolcaban por el suelo __dice.

La carretera cruza Campechuela de lado a lado. En el parque, los alfabetizadores cantan sobre las cajas de los camiones que deben transportarlos a Manzanillo y diviso el carrito de un fritero con el aviso: No le fío ni a mi madre. Agustín se desvía para enseñarme el malecón y el bosque de cocoteros cercano a la playa. El lugar produce impresión de gran riqueza. Al alcanzar de nuevo el camino los cañaverales sustituyen a los plátanos y campos de henequén. Las inscripciones y adornos de palma descubren los puntos de concentración de los brigadistas. Por la guardarraya de una finca dos bueyes mancornados tiran de una rastra de madera. El boyero va encima de la rastra y los azuza con sus gritos. Antes de la Reforma Agraria, la mayor parte de la tierra pertenecía a Delio Núñez Mesa y a la tristemente célebre familia de los León.

__Fidel les cortó la melena y los siquitriyó __dice Araluce__. Eran los caciques de la región y lo único que hicieron para el pueblo fue una cárcel.

En Media Luna, agrega, Delio Núñez había ametrallado a los parados que manifestaban contra la tiranía y, cuando su yerno fue capturado en Playa Girón, dijo __como el sobrino de Pepín Rivero y los demás__ que “había venido a defender el principio de la libre empresa”. En la actualidad el INRA construye cooperativas, repartos de viviendas, escuelas de capacitación, granjas avícolas. Tractores soviéticos y checoslovacos roturan los campos para la próxima siembra de algodón y el paro endémico es sólo un recuerdo del pasado, como el analfabetismo, el miedo, el hambre, las persecuciones.

Niquero presenta el aspecto de una población cubana típica, con casas de madera con tejado en pendiente y soportales hechos de horcones de jiquí. Las mujeres caminan haciendo oscilar sus sombrillas por en medio del arroyo y los guajiros las miran desde las arcadas, con sus sombreros de paja y el inevitable tabaco entre los labios. En el balcón de una vivienda un letrero dice: VIVA EL MARXISMO. La ciudad ha sido proclamada Territorio Libre de Analfabetismo y en las encrucijadas hay banderitas y arcos triunfales.

Al entrar en Belic es más de las dos. Agustín estaciona el automóvil junto a la Tienda del Pueblo y la belleza de las muchachas que pasean a la sombra del pórtico le enciende la sangre. Las mulatas y trigueñas del país son célebres en toda la isla. La que sirve en la barra del restaurante tiene los ojos oscuros y la piel mate y __como tropieza más de una vez con mi mirada__ sonríe maliciosamente.

__Aquí hay cada carro que es un merenguito __suspira Agustín.

__Anda, ¿por qué no vas a conquitarla? __bromea Araluce.

__Esas saben lo que quieren... A la cañona no se consigue nada.

El camarero nos trae ensalada de lechuga, tostones y arroz con fríjoles. Araluce es hombre cordial y sencillo y, entre bocado y bocado, me habla de los pescadores del Mégano. Durante un tiempo fue responsable de su cooperativa y conoce íntimamente a Beto y Agustín. Con gran modestia, explica que en el período de su gestión se cometieron varios errores y, por el bien de sus compañeros, prefirió dimitir y ceder el puesto a otro.

__Nadie camina sin haber gateado __dice__. Ahora sigo un cursillo de formación de cuadros y la próxima vez lo haré mejor.

A la salida de la población crece un espléndido bosque de cocoteros. Cuando pasamos, un muchacho sube por un tronco, apoyando la pierna izquierda y el pie derecho en los estribos de una cuerda que lleva sujeta a la cintura. La carretera es de piso terrero y, al avanzar, dejamos una tolvanera amarilla detrás de nosotros.

__Hace semanas que no llueve __dice Agustín__. Ayer cayó un cernidito, pero paró enseguida.

El camino da asomadas al mar y, en Las Coloradas, nos apeamos a ver el Granma, Araluce se adelanta a hablar con los soldados. Junto al arco conmemorativo hay una caseta militar y los centinelas leen sentados a la sombra. La lancha está varada en una explanada, en la costanera de la ciénaga. El dos de diciembre, ochenta y dos hombres __entre los que se contaban los hermanos Castro, Che Guevara, Camilo Cienfuegos y Almeida__ arribaron en ella a Cuba, después de una travesía difícil, cumpliendo cabalmente la sentencia de Fidel: “En el año mil novecientos cincuenta y seis seremos libres o seremos mártires”. El cabo y los centinelas nos preceden por una escalerilla hasta cubierta y, mientras visito el interior de la lancha, mi mirada se detiene en un voto marinero que, en forma apenas distinta, he leído en numerosas embarcaciones de España: “Señor, recuerda que el barco es pequeño y el mar inmenso”.

El soldado que desempeña funciones de guía __un mulato alto, de una cuarentena de años, que perdió un hijo en la “limpieza” del Escambray__ nos conduce por una pasadera de tablones, a través del lodazal, a la orilla en donde los expedicionarios desembarcaron. El Ejército ha iniciado la construcción de zanjas para el avenamiento de la aguaza y, a momentos, el barro reseco se cuartea. El sol cae implacablemente sobre nosotros. El mulato marcha delante de mí con el fusil terciado a la espalda y su camisa se embebe de sudor. Uno no llega a comprender cómo __hostigados por el ejército y la aviación de Batista__ los hombres de Fidel pudieron abrirse camino con el agua hasta la cintura y chapoteando por el fango. Al cabo de un kilómetro el mar sube de nivel y, a nuestro paso, los peces cienagueros se escurren entre cortaderas y raíces buscando la querencia de las charcas. Los mangles son cada vez mayores y sus ramas cuelgan como estalactitas, cerrando completamente el paisaje. La pasadera termina en un pontón, al borde mismo del agua. El mar está en lecho y no se ve mover una hoja. Clavada en el tronco de un árbol una inscripción reza simplemente: AQUÍ NACIÓ LA LIBERTAD DE CUBA.

Un centinela vigila el lugar día y noche. Quien está en este momento de facción escribe una carta tumbado bocabajo y, al concluir la página, relee la carilla mordiéndose la lengua. Cuando nos vamos, el mulato se echa a reír.

__Hace más de un mes que está así __dice__. Salió de permiso y volvió medio enamorao ese perverso.

La carretera corta en línea recta hacia Cabo Cruz. El Chevrolet baja y sube por los badenes. Hasta hace unos meses el camino se interrumpía después de Belic. La zona del cabo permanecía incomunicada con el resto de la isla y, para llegar a ella, había que trasladarse por mar. El Ejército ha trazado una senda transitable en medio del bosque de júcaros y almácigos. Araluce quiere mostrarme un rancho de carboneros y torcemos en dirección a Monte Gordo.

La vegetación es muy espesa y, en cuanto el automóvil se detiene, los mosquitos atacan con saña. Una columna de humo nos orienta entre la maleza. Caminamos por una trocha de mal huello y, al fin, desembocamos en un espacio despejado y liso.

Los carboneros limpian el plan con sus peines y amontonan las madres de leña en conos regulares. Son hombres montaraces y rudos, adaptados a la inclemencia y rigores del campo. Durante toda su existencia han vegetado en el olvido en los rincones más miserables de Cuba y les cuesta trabajo comprender que la Revolución se ha hecho también para ellos. Por primera vez, los alfabetizadores les han arrancado de la nebulosa en que vivían.

Segundo González __maestro voluntario de Monte Gordo y autor de un cuadro de costumbres guajiras que tuve ocasión de ver en Güira de Melena semanas más tarde__ me expuso un día en La Habana las dificultades con que tropezaron. Ahora ha vuelto allí y __sin arredrarse ante ellas__, Segundo, mi amigo, aprovecha los ratos que le dejan libre los niños, para darles, con abnegación ejemplar, los cursos de seguimiento.

Pocos kilómetros después de Monte Gordo, Cabo Cruz aparece de pronto __uno de los parajes más bellos de la isla, sin duda alguna__. La cayería forma un puerto natural navegable y el color del mar es increíblemente limpio. Los dos azules __el de detrás de los cayos y el de la parte de dentro__ son de tonalidades distintas, como si el añil de un pintor se hubiese disuelto menos en uno que en otro. En los últimos tiempos de la colonia, los españoles obraron un faro que se utiliza aún. A la derecha __entre el poblado y el golfo__ se extienden varias lagunas enmaniguadas. La costa sur es rocosa y una compañía de trabajadores se ocupa en la construcción de una carretera.

Agustín estaciona el automóvil frente a la Tienda del Pueblo y los pescadores nos rodean y saludan a Araluce. La Revolución les ha liberado en breve tiempo de su aislamiento secular.

Los habitantes del Cabo tienen escuela, visita médica, almacén de víveres, cooperativa. En el embarcadero contiguo fondea un omicrón matriculado en Santiago. Su patrono es un negro hercúleo, con el pecho cubierto de vello aborregado y vedijoso. Dos hombres vacían cajas de pescado por la escotilla, y el cocinero __un asturiano canoso que fue de los primeros en liarse la manta a la cabeza para luchar contra la dictadura__ nos sirve una taza de café. Los pescadores se acomodan también en la tapa de la regala y, al cabo de unos minutos de palique, compadrean conmigo como si fuéramos amigos de siempre.

Todos hablan de un tal Ramón Reyes a quien __días atrás__ un individuo desconocido pidió informes acerca de la distancia que había hasta Jamaica y el estado del cielo y la duración probable de un eventual viaje. El pescador contestó diligentemente a cada una de las preguntas y empuñando, de improviso, el revólver de miliciano agregó con suavidad: “Pero tú no vas, chico... Tú estás preso”. Identificado, el hombre resultó ser un ex policía de Batista, y Ramón Reyes volvió a sus nasas y redes como si no hubiese ocurrido nada.

Como demuestro interés por conocerlo me acompañan a su casa y me lo presentan triunfalmente. Ramón es un mulato flaco y barbudo, que lleva camiseta y gorro de marino blancos, y ríe con la inocencia de un niño y parece feliz de nuestro encuentro. El bohío en donde vive es de paredes de cuje y, en su interior, columbro un serón lleno de cocos, dos camas con bastidores de alambre y varios racimos de plátanos pintones. La mujer barre la entrada con una escoba de palma. Los hijos corren por el campo vecino y el más pequeño __hermoso como un gitanillo rubio__ suelta la concha de un cobo y se agarra llorando a las faldas de su madre.

__Uy, qué niño tan jeringón __suspira la mujer__. ¿Qué te pasa ahora?

El chiquillo balbucea algo ininteligible y grita más fuerte que antes.

__Hala, arranca __dice la madre__. Vete a amolar a otro lado.

__Antonio le ha botado el juguetico __acusa el mayor.

__Éste es un diablo __explica la mujer__. Ayer se fajó con otro y se desguazó toda la ropa.

__Lo hizo adrede __insiste el chico__. Yo lo vi.

__No es verdad __dice Antonio.

__Cállense los dos __ordena Ramón__. Y tú, como le vuelvas a botar la cosa, te voy a dar una entrada que te vas a acordar de mí.

Como el pequeño sigue con cantaleta, Ramón lo coge en brazos y le cubre la cara de besos. Instantáneamente el niño cesa de llorar.

__Este rubito es un castigo que me ha dado Dios __dice Ramón__. En cuanto me alejo un paso de él, no vivo.

El niño se frota los ojos recostado sobre el pecho de su padre y, cuando Ramón lo deja en tierra, vuelve a jugar con la concha rosada del caracol. Minutos después nos encaminamos todos hacia el pueblo. Al parecer, los brigadistas regresan aquella noche a La Habana y han ido al bar a celebrar la despedida. El sendero bordea la torre del faro y varios bohíos rústicos. A un centenar de metros de allí existe un cementerio sin muros, abandonado desde los tiempos de la colonia. Maleza y hierbajos cunden entre las cruces caídas y, al inclinarme sobre una lápida manchada de cera, descifro la inscripción: “Adelina Figueredo. Diciembre, 1887.”

El sol se cuela en filigrana por el manglar tupido. La uva caleta cubre la orilla de la playa y distingo una barca aconchada en el cieno. A trechos, el mar se abre paso bajo una bóveda de follaje y la luz espejea al fondo como si estuviéramos en una gruta. Los pescadores amarran sus botes y piraguas en los calefones. Las casas están esparcidas por el cocal y, al aproximarnos al centro del poblado, resuena una canción del trío Matamoros.

El bar es un cobertizo de techo de guano, con una barra minúscula, vitrola como las que privan en La Habana y pista de cemento para bailar. No hay mesas ni sillas, y el público se sienta en unos bancos laterales o se encarama en la cerca de madera. Enfrente del local se alza una vivienda peraltada sobre horcones y la dueña va y viene de la casa al bar con bocadillos y refrescos.

Cuando llegamos, el baile no ha empezado todavía. Los alfabetizadores son dos brigadistas de Patria o Muerte, empleados de la fábrica de cigarros Aromas de La Habana, que han permanecido cinco meses separados de los suyos enseñando a leer y escribir a los pescadores de Cabo Cruz. El más robusto se llama Pepe López, y la barba rizada y negra le resbala sobre su camiseta roja y un tanto descolorida. Su compañero lleva gafas oscuras y gasta barba también. La mujer les ha servido una botella de vino de fruta bomba y me dicen que aquél es el primer trago que toman desde que salieron de sus casas.

__Me he olvidado hasta del gusto del Bacardí __añade López.

__Eso tiene arreglo enseguida __dice Ramón__. Vengan a darse un palo con nosotros.

López y su amigo aceptan la convidada y los conocidos de Araluce se incorporan asimismo al grupo: el mulato Manuel Díaz y tres pescadores de cierta edad que vienen de calar las nasas de la langosta. Ramón agujerea los cocos y trocea el hielo. La dueña va de un lado a otro, siempre atareada. Manuel Díaz la llama con un silbido.

__Tú __dice__ ¿Tiene virado el moño?

__¿A mí?

__Parece que lleva a la espalda un chino muerto.

__Avemaría, qué hombre __la dueña sonríe al hablarme__. Ya comienza a tirar chinitas... La tiene cogida conmigo y no me deja.

__Anda __dice Ramón__. Abrenos una botella de Carta Blanca.

Manuel mezcla el agua de coco con el ron y el hielo machucado y distribuye los vasos a la redonda. Al poco aparecen dos jovencitas trigueñas de la brigada Conrado Benítez. Las dos dicen ser de Güira de Melena y López y sus amigos las invitan a bailar. La vitrola desgrana las notas cadenciosas del órgano de Manzanillo. Contagiados por el ejemplo, milicianos, pescadores y guajiros se emparejan con las muchachas de Cabo Cruz. El sol se ha ido tendiendo tras los uveros y una luz amarilla __como polvorienta__ aureola la silueta de los bailadores.

Al atardecer el aire se estanca y alguien enciende un fuego para ahuyentar a los mosquitos.

__En Cabo Cruz ninguna se queda a comer pavo __dice Ramón señalando a las muchachas__. Y tú, ¿no quieres bailar?

Le digo que prefiero ver a los otros, y un viejito me pasa el brazo por el hombro y ríe enseñando las encías.

__Acá y yo no fajamos a beber hasta coger una reverenda pea— anuncia.

__No le haga caso __dice Ramón__. El maldito este toma ron como agua.

__Yo no tengo pariente ni ariente __dice el viejo__. Soy baracutey.

__El mes pasado agarró una que se tangueaba y luego decía que estaba enfermo...

__En lugar de tomar, lo que debieras hacer es cuidarte.

__¿Cuidarme? __dice el viejo__. Para los años no hay ninguna medicina.

Oscurece y se alumbran los primeros quinqués. Los guajiros bailan al son del órgano sin quitarse el sombrero, solemnes y casi religiosos. El viento ha alejado los mosquitos y, en un bohío próximo, una mujer hamaquea a su hijo hasta que duerme y, después, se sienta a mirar junto a la puerta, con las manos cruzadas sobre la falda.

Al terminar la ronda de saoco, la dueña nos sirve otra. De seguida Araluce me arrastra del brazo a la casa de unos amigos. Allí, un viejo descuelga un racimo de plátanos del techo y se empeña en regalármelo. En la choza vecina, otro hombre quiere ofrecerme un platillo de camarones.

__Acéptalo, chico __dice__. Que esto es Cuba.

Como insisten y porfían no me queda otro remedio que obedecer. De vuelta al baile, Ramón y los demás pescadores gastan bromas a Manuel, que a los treinta y cinco años es todavía soltero y tiene una novia en La Habana que no ha visto desde hace meses.

__Tú chequéala... A lo mejor se ha empatado con otro.

__El domingo pasado él fue al cine con una viuda que tiene en Manzanillo.

__Como se entere tu novia te pega los tarros.

__Que se entere... Mientras ella está paseando por allá, pensé, veremos lo que se hace por acá.

__¿Y que hiciste?

__Nada __asegura Manuel__. Ve la película. Luego Pepe López y los brigadistas se acercan a nuestro grupo y, mientras bebemos el tercer saoco, Manuel me refiere la aperreada vida de él y sus compañeros bajo la tiranía batistiana.

__Estábamos esclavizados, trabajando para cuatro explotadores... A mí me latía la conciencia de ver niñitas de doce años que lucían como viejitas de ochenta.

__Fidel ha sido un Dios para los pobres __dice un guajiro.

__¿Dios? __exclama Manuel__. A Dios no le debo nada. Durante treinta años no me ha dado ni un cachito de pan así de grande... Dios somos nosotros. Si tú no trabajas, siéntate en tu casa a ver si Dios te trae para comer.

__Nosotros somos muy peludos para ser Dios __dice el guajiro.

Hay un coro de risas y López y sus amigos intervienen en la conversación.

__Acá __dice Ramón__ al que no es revolucionario se le chequea.

__Lo nuestro es chiquitico pero es puro __dice Manuel__. Lo hicimos a pulmón y no nos lo quita nadie.

__¿Y los americanos? __pregunto.

Conozco ya la respuesta del noventa por cien de la isla, pero quiero oírla aún.

—Los cubanos somos guapos para fajarnos. Como no boten la República al agua y maten a todos los niñitos, acá no vuelven a entrar.

Cuando me doy cuenta es hora de recogerse y Manuel y sus amigos hablan todavía de un pasado de miedo e injusticias y un presente de realidades y esperanza. El órgano oriental vibra en la noche de modo melancólico y las estrellas lucen en el cielo.

Al rayar el día siguiente, mientras iniciaba el regreso a La Habana, comprendí que la región de Manzanillo __y Cuba toda__ había calado hondo dentro de mí. Pensaba en Juan Angel y Manuel, en los compañeros de Ramón y los pescadores del Mégano, en la maestra que no temía a la muerte y en el mayoral ofendido en su condición de hombre. En la Revolución que había puesto en marcha a uno de los pueblos más nobles del mundo, y supe que, en adelante, vivir alejado de él no sería para mí una separación, sino un destierro.