lunes, mayo 08, 2017

Barletta otra vez?

Todo tema que se relacione con la mafia tiene éxito asegurado. Dentro del morbo de la gente cabe no sólo la descripción detallada de los accidentes, catástrofes o asesinatos, sino la admiración de una organización tan siniestra como la Cosa Nostra.
Pero lo de Cirules con Barletta no tiene nombre.
Esta adoración sádico-masoquista ha logrado una verdadera verborragia en la era de Internet a partir de la obra de Enrique Cirules, El imperio de la Habana. 
A continuación les presento una síntesis del trabajo del investigador Juan Antonio Blanco en su obra Análisis de los ataques a Amadeo Barletta.
_fue encarcelado y torturado en 1935 por Trujillo, para robarle su empresa Dominican Tobacco Company, siendo cónsul  honorario de Mussolini en República Dominicana.
_recibió la Orden de la Estrella de Solidaridad Italiana en 1952.
_para vincularlo con los negocios de Mussolini, Cirules cita sus artículos de Bohemia de 1991, que remiten al libro La Coletilla de Gregorio Ortega que se refiera a un número de la Gaceta Oficial de Cuba que no menciona a Mussolini.
_fue acusado de haberse enriquecido bajo Batista, lo que justificó la intervención de su periódico El Mundo, donde  trabajaron Raúl Roa y Carlos Lechuga y su estación de TV Telemundo.
_se arriesgó a dar empleo a un comunista, Marcos Behmaras.
_Barletta no hizo negocios con funcionarios o familiares de Batista ni recibió financiamiento estatal.
_no aparece evidencia alguna en los documentos oficiales del Banco Atlántico de relación alguna suya con el turismo, hoteles o casinos.
_el vínculo mafioso de su Banco Atlántico mencionado por Cirules, no es más que señalamientos de vulnerabilidades, sin sanciones propuestas, en auditorías rutinarias del Banco Nacional que posteriormente declara superadas.
_la verdadera acusación de mafioso se la hizo Pedro Luis Padrón en Granma en marzo 31 de 1971 y no en enero y febrero de 1960.
_refutó la falsa acusación de evasión de impuestos en 1957.
_compró terrenos en Boyeros entre agosto y septiembre 1951, antes del golpe.
_Batista nunca le devolvió, según falló el Tribunal Supremo, un edificio que la había confiscado en 1942.
_nada lo inculpa de ilegalidades en sus expedientes en FBI o CIA obtenidos bajo Freedon of Information Act
_no aparece mencionado en un documento al que recurre T. J. English, de septiembre 1961, Departamento del Tesoro, Organized Crime Bureau of Miami Dade, para vincularlo a la Maffia, ni en las audiencias de la comisión Kefauver.














martes, abril 25, 2017

La información es poder.

Nadie critica al que le paga. Punto y aparte.
Mientras la patronal sea la dueña de toda la actividad mediática en Cuba, nada va a cambiar, pues eso es precisamente lo que busca el pececé: que todo siga igual.
Digo una vez más que la prensa oficial está bien como está y que no debe cambiar ni un tilín; sólo tiene que haber alternativas.
Ni ahora ni antes ha sido interés del poder, el compartirlo y todos sabemos que información es poder. Cuando todavía la fuga de fuerzas vivas de la sociedad cubana no se había consolidado y Hoy y Revolución proclamaban a dúo una original libertad de prensa, precedido por el inicio de la revolución cultural, el fracaso de los diez millones y la fundación de la nueva trova, un suceso extraño conmovió a Manzanillo: el asesinato del honorable jefe del partido comunista en toda la región.
Cualquiera puede pensar que ese hecho podría calificar para ser divulgado fuera de las fronteras de la aldea. El periódico Granma no, lo que pudiese ser comprensible si El Diario de la Marina no hubiese tomado las de Villadiego. Ya el Granma ha demostrado ser inmune al Internet que es decir mucho y superior al Pravda en hermeticidad, que es decirlo todo. Ni siquiera la prensa estalinista pudo retraerse de lo que pasó el primero de diciembre de 1934 en Leningrado, cuando el secretario del partido comunista, camarada Kirov, fue asesinado por el camarada Nikolayev, su escolta, por traición con su esposa Nina. (La traición es de Kirov y la esposa es de Nikolayev). Tuvo tal resonancia el asunto que hasta cambió la ley de la noche a la mañana para hacer más expedito el juicio en esos casos.
En Cuba la noticia no llegó a ningún lugar, se quedó allí entre los ciudadanos que celebraban al único jefe que tenía serias intenciones de poner al pueblito del golfo donde se merece. Antonio Morales murió herido de bala en una obra pública del litoral del golfo de guacanayabo, a manos de su colaborador Chiqui Romero, con cuya esposa Iridia Rivero lo traicionaba.
¡Cuántos hechos como este no habrán sucedido ignoradas por el soberano!
El pueblo está para aplaudir y apoyar, no para saber todos los detalles, pues ahí está el diablo, como dicen los americanos: el Granma está ahí para brindarle una especiota cuando de producción se trata, no para informarle al infeliz que su secretario general se dedica a desterrar a sus colaboradores a heroicas tareas de extramuros mientras su compañera, que atiende el frente femenino, se refocila, con regocijo, en nuevas actividades.  
Chiqui se salvó del pelotón de fusilamiento porque el defensor terminó su discurso con lacónicas palabras, Quien traiciona un amigo, traiciona a su patria.

miércoles, marzo 22, 2017

El choteo de la cubanidad.

La mirada del otro en la tradición negativa de la poesía cubana.
MILENA RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ.

En un trabajo reciente aunque todavía inédito («contra colón: la distopía en la poesía cubana del xix y del xx»)1, aventuré un recorrido por la tradición otra, también llamada negativa, iconoclasta, o del reverso, de la poesía cubana. Aquel trabajo aludía a textos cubanos del siglo xix y del xx y se planteaba en cierto modo, así se reconocía literalmente, como una «ampliación y continuación» de la sección de la «Palma Negra» que aparece en la excelente antología de Francisco Morán La isla en su tinta y que agrupa, como es sabido, algunos textos emblemáticos, sobresalientes, de esa tradición negativa.
Me centro ahora en «A la isla de Cuba», uno de los poemas comentados y que allí se daba a conocer. Prácticamente desconocido para el lector cubano, este poema tiene suficiente interés como para merecer un detenido examen.

A la isla de Cuba
La tierra más famosa que vieron mis ojos. 
CRISTOBAL COLÓN (Según Las Casas).2


¡Salve! Feliz morada de alacranes , 
mansión de filarmónicos mosquitos , 
tierra de terremotos y huracanes , 
salve con tus Panchitas y Panchitos ; 
con tus ríos poblados de caimanes , 
tus plátanos , híscaros y caimitos . 
¡De admiración yo te contemplo mudo! 
¡Sartén de Nuevo Mundo!... te saludo. 

¡Salve, fértil país de cucarachas , 
clásica tierra de la cascarilla , 
donde hacen tus simpáticas muchachas 
(blancas, mulatas, chinas y amarillas) 
de su cara un depósito de gachas 
mosáico de albayalde y cochinilla! 
¡Salve con tus guayabas y mamones , 
tus tortugas y enormes tiburones ! 

Tierra feliz en donde el sol radiante,
el cerebro derrite a los humanos;
en donde reina el vómito arrogante,
matando sin piedad a los cristianos.
Donde el pasmo y el cólera triunfante
se muestran absolutos soberanos,
y se pasa sudando el año entero,
lo mismo en agosto que en febrero.

Tierra en donde los negros son morenos
y pardos se apellida a los mulatos,
y a los hombres pacíficos y buenos,
mansos los llaman, cual si fueran gatos;
niños a los que tienen cuando menos
más años que han mudado de zapatos;
donde casacas llaman a los fraques,
y malakkof a los huecos miriñaques.

Tierra de las volantas y quitrines ,
en donde dicen grande en vez de anciano,
bailadores en vez de bailarines,
y al que es vivo y ligero que es liviano ;
chupas lo que allá son levitines,
tibores a una cosa que callamos,
al que gusta de andar caminador ,
y al que es algo locuaz conversador .

Tierra que muestras a la luz del día,
tus jóvenes montados en alambres,
verdes como corteza de sandías,
y gordos, el que más, como un estambre.

Pero en cambio su ardiente fantasía
morir no les hará nunca de hambre,
que cada cual percibe en su alma inquieta,
la inspiración bullir del que es poeta.

Todos nacen poetas en tu suelo,
y a Apolo por doquier alzando altares,
todos ensalzan con ardiente anhelo
las aguas del simpático Almendares .

Todos cantan aquí el cubano cielo,
los mangles , las palmeras y los mares ,
los felices natales de Panchita,
y el prematuro fin de mi abuelita .

¡Cuba! ¡Hermoso país! ¿Quién no te adora,
si tus brisas un punto ha respirado;
si ha sentido la llama abrasadora
de tu sol, su cerebro calcinado?
Si ha pensado morir en mala hora
a impulso de tu clima endemoniado.

¿Quién no creerá al verte que el Eterno
bajo tu suelo colocó el Infierno?

Queda a Dios con tu azúcar y tabaco
y tus bosques plantados de palmeras ,
con tu aguacate , quimbombó y ajiaco ,
con tus níveas beldades hechiceras .

Sigan cantando a Venus y al dios Baco
sus poetas, y al cielo y a las fieras,
y tú entre tanto canta, baila y fuma
que yo harto de ti dejo la pluma2.

La visión mítica, paradisíaca, de la isla de Cuba ha sido la visión canónica en la poesía cubana hasta hace pocas décadas. Esa tradición, como se ha dicho, se inicia con el Diario de navegación, del Almirante, y continúa en poemas como «Espejo de paciencia», «A la piña», o la «Silva cubana», escritos desde lo que Lezama llama «la perspectiva mitológica». Sigue manifestándose en el siglo xix y se desarrolla en el xx frecuentemente asociada, en la poesía surgida a partir de 1959 y hasta aproximadamente los años 80, a la visión idílica y mitificada de la Revolución, nuevo mito que nutre el mito originario.
Esa tradición mitológica ha opacado la tradición otra, llamada con diversos nombres: negativa, del reverso, iconoclasta, que también coexiste en la poesía cubana y que puede rastrearse, como han apuntado Jorge Luis Arcos o Francisco Morán, desde el siglo xix, en poemas como «La ronda», de Manuel de Zequeira; «El verano en La Habana», de Francisco Muñoz del Monte; «En días de esclavitud», de Juan Clemente Zenea, o «Nostalgias», de Julián del Casal3.
En los últimos años del siglo xx y en los primeros de este xxi, esa tradición otra se ha afianzado en la poesía cubana (también en la narrativa), convirtiéndose en dominante y central, en uno de los rumbos más visibles de la poesía contemporánea de la Isla, escrita tanto dentro como fuera de Cuba. Así, Francisco Morán, que ha recogido una notable muestra en la sección «Palma Negra», escribe que es precisamente esta tradición negativa la que «hace confluir, por primera vez en treinta y ocho años, a los escritores del exilio […] con los escritores de la isla»4. Se trata, como bien dice Morán, de un discurso poético que «descalifica y socava el mito»5.
Pienso que, acaso, valdría la pena recurrir a Nietzsche y a El origen de la tragedia (título, sin duda, con una resonancia especial en la Cuba de hoy) para denominar estas dos tradiciones, llamando a la primera, perspectiva apolínea, y a la segunda y opuesta, la negativa, dionisíaca. Estos nombres no se corresponden, tal vez, con todas las significaciones nietzscheanas asociadas a ambos términos, pero sí con algunas que me parecen determinantes; así, de la primera, la apolínea, podríamos destacar su espíritu socrático, cómo se manifiesta en ella «la ilusión sin límites del optimismo»6; frente a la segunda, espíritu pesimista, propio de aquellos que han visto, espíritu que da cuenta de lo extraño, lo monstruoso, lo paralizante, y que pone en evidencia que «del aniquilamiento del individuo puede nacer un goce»7. La tradición mitológica o apolínea de la poesía cubana tendría, pues, la misma función que para Nietzsche: ser una máscara que se coloca sobre la visión otra o dionisíaca, como esa «ilusión que oculta su verdadera naturaleza bajo un velo de belleza»8.
Digamos, entonces, que la tradición otra o dionisíaca pone en entredicho la tradición canónica, mítica o apolínea; nos hace recordar que ésta no sólo se basa en el mito, como dijera Lezama, sino también, en cierta medida, en el chisme, en el cotilleo: «y dice que es aquella isla la más fermosa que ojos hayan visto» (lo que dijo Las Casas que dijo Colón) y, también, en el malentendido (Cuba era, en la mente de Colón, Cipango, la tierra del oro y las riquezas). Después de todo, malentendido y chisme, ¿no son acaso ingredientes esenciales del mito? Y es que esta otra tradición dionisíaca encierra un discurso que resulta, en última instancia, contra-colombino: Cipango se convierte en la tradición dionisíaca en una isla cualquiera: otra isla más; o en una tierra frustrante para el individuo, o, incluso, en la isla de los infiernos. (No hace falta recordar «La isla en peso», de Virgilio Piñera, como paradigma de esa tradición negativa o dionisíaca).
Quiero referirme, en estas líneas, a un poema menor y prácticamente desconocido9 que, sin embargo, desde mi punto de vista, posee, para esta tradición otra o dionisíaca, un valor simbólico similar al que tienen las famosas palabras de Colón en la tradición apolínea; con la ventaja, asimismo, de que este poema menor abunda mucho más en el tema que nos interesa que las escuetas y archicitadas palabras del Almirante. 
«A la isla de Cuba», que así se titula el poema, puede considerarse uno de los textos fundadores (entendiendo esta fundación en un sentido simbólico, aunque cronológicamente sea otro su lugar) de la «Palma negra», ya que encarna, como las palabras de Colón, la mirada del otro, la mirada del forastero, del viajero o del trasterrado. ¿Y no es acaso la mirada del otro la que primero empieza a constituirnos, la que comienza a darnos la dimensión de lo que somos? Se trata, por otra parte, de un poema cómico, y ¿qué mejor comienzo para la tradición otra que justamente la comicidad, la burla? Pocas estrategias más eficaces que lo cómico para «socavar el mito». 
En «A la isla de Cuba» encontramos una mirada que representa un contrapunto a la visión colombina; contrapunto establecido por un sujeto-autor que, al parecer fue también, como Colón, un marino, pero en este caso del siglo xix, y, al contrario que el Almirante, anónimo, sin nombre y sin hazañas que contar o que cantarse. Se trata de unos versos menores, costumbristas, aunque escritos con bastante gracia, una gracia que se percibe todavía hoy (tal vez sea ese uno de los rasgos de la tradición dionisíaca, que los textos que la representan tienen un algo, cercano a lo real cubano, que los mantiene vivos, inmunes al paso de los años). El poema fue incluido por Antonio de las Barras y Prado en un libro no demasiado citado10, pero de gran interés y muy ilustrativo y recomendable para acercarse a La Habana y, en general, a la Cuba del xix. Se trata del titulado La Habana a mediados del siglo XIX. Memorias, escrito por un comerciante asturiano-andaluz («un caso de equilibrio entre el norte y el sur de España»)11, nacido en 1833 y que reside, al parecer, en Cuba entre 1851 y 1861. Las memorias, sin embargo, sólo van a ser publicadas póstumamente en Madrid en 1925 por Francisco de las Barras, su hijo. Así presenta el poema Antonio de las Barras en su libro: 

          Por entonces [aproximadamente, año 1861] circulaban por La Habana unos versos                               humorísticos, escritos, según me han dicho, por un guardia marino, desesperado por 
          la nostalgia, que estuvo de guarnición en un buque de este apostadero12.

Y añade De las Barras que, «aún cuando no muestran simpatía por la Isla tampoco pueden tacharse de ofensivos»13. «A la isla de Cuba» es, entonces, como decíamos, un texto anónimo, o aparentemente anónimo (siempre cabe la posibilidad de que lo hubiera escrito el propio autor de las Memorias, pero esta circunstancia no alteraría nuestro punto de vista: Antonio de las Barras sigue siendo un trasterrado anónimo, o sea, nadie); un poema que aparece, también —al igual que en cierto modo la frase fundadora del Diario… de Colón— sin la firma del autor original; un texto obtenido, asimismo, a través del chisme. Aunque aquí se trata de unos chismosos marginales, de mucha menor categoría (marginalidad, por otra parte, congruente con la propia tradición que instituye): De las Casas, el relator y chismoso ilustre, ha sido sustituido por De las Barras (la sustitución en los nombres es sin duda sugerente, de una resonancia premonitoria pavorosa: casas, para los apolíneos; barras, para los dionisíacos), chismoso menor y casi desconocido. Y el supuesto autor del chisme, el gran Almirante, se ha transformado en el oscuro, anónimo guardia marino español trasterrado. 
Leyendo el poema, acaso lo primero que llama la atención es la cita que lo encabeza, versión de las palabras del Almirante, confusión entre fama y fermosura, que, desde el primer verso, nos percatamos que están colocadas con intención irónica, de burla. Y es que tanto la visión ofrecida de la Isla como el tono de sátira, de mofa que recorre el texto, se encargan de poner en entredicho las palabras de Colón sobre la supuesta fermosura (aquí presentada como fama) de la Isla. 
Es éste un texto de la anti-utopía, y todavía más, del hartazgo. «Espejo de impaciencia», podríamos, acaso, titularlo, para continuar con nuestra idea de su carácter fundacional. Aparecen aquí, como en «El verano en La Habana», de Muñoz del Monte, las referencias negativas al clima de la Isla, elemento central en el poema, presentado con imágenes similares. Así, donde Muñoz del Monte escribe del sol que «La masa cerebral volatiliza; / La médula transforma en vapor denso, / Y en las venas la sangre carboniza», el trasterrado español habla de ese sol radiante que «el cerebro derrite a los humanos», de esa tierra donde «se pasa sudando el año entero / lo mismo en agosto que en febrero», o se refiere a «la llama abrasadora de tu sol, [que deja] su cerebro calcinado», o califica al clima de la Isla de «endemoniado»; o dice incluso que «...el Eterno / bajo tu suelo colocó el Infierno» (verso cuyas resonancias escapan, al menos leyéndolos hoy, de lo exclusivamente climatológico). De estas imágenes negativas sobre el clima de la Isla me parece de gran eficacia la burlona «Sartén de Nuevo Mundo» que, acompañada con sorna de ese «te saludo», remite y da la vuelta a los habituales saludos al sol de los románticos, que pueden hallarse en nuestra lengua en Espronceda o en la Avellaneda. Pero el español trasterrado va más lejos que el Muñoz de «El verano...» —audacia que, tal vez, puede permitirse un trasterrado español a diferencia de uno americano—: no se percibe en «A la isla...» la más mínima duda ni posibilidad de arrepentimiento, no hay en este texto ninguna «lágrima quemante» que pueda hacer retornar, con añoranza, lo rechazado. 
En «A la isla...» se añaden, además, a la terrible circunstancia del clima por todas partes, nuevos motivos para el descontento y el rechazo. Como la presencia de alacranes, terremotos, cucarachas, mosquitos —esos mismos insectos que tanto exasperaban a la Condesa de Merlín—; enfermedades; junto al desconcierto burlón y al extrañamiento por el empleo que se hace en la Isla de la lengua propia. En este punto, merecería, tal vez, la pena que hiciéramos una digresión. 
Podría pensarse que el autor-hablante de este poema se corresponde con el modelo del trasterrado ovidiano, ese que tan bien ha descrito Claudio Guillén en su espléndido El sol de los desterrados. Y algo de eso hay en estos versos, a través de cuya burla se lee, sin duda, la extrañeza, la incomodidad, el mal-estar en el sitio en el que se habita probablemente de manera forzada, lugar que no se reconoce como propio y que produce un choque, un rechazo para ese hablante forastero del poema. Llama la atención, sin embargo, que esa nostalgia del trasterrado se hace palpable, fundamentalmente, en el lenguaje; no en la lengua, que desde luego es la misma, sino más precisamente en el habla. Incomodan así al forastero que habla el mismo idioma, que a los hombres pacíficos se les llame mansos; o a los ancianos, grandes (acepción que, por cierto, no se utiliza ya apenas en Cuba); o casacas a los fraques, o bailadores a los bailarines, o todos esos Panchitas y Panchitos, etc. Es como si el hablante-autor del poema, ese supuesto marino español, sintiera, no sólo que no puede «servir a dos gramáticas a la vez»14, como dijera el cubanoamericano Pérez Firmat, sino más aun, que incluso dentro del mismo idioma, es imposible servir a dos hablas a la vez. En este sentido, el poema resultaría precursor de ciertos textos escritos por emigrantes en los que tiene una significativa presencia la nostalgia idiomática.
Pero volvamos a nuestra perspectiva cubana. Me parece interesante destacar cómo son vistas en el poema las mitificadas frutas de la Isla, presentadas como parte de la chanza del trasterrado. Así, como si se escribiera una especie de «Silva cubana» al revés, los plátanos, híscaros y caimitos, las guayabas y mamones, el aguacate y el quimbombó, el azúcar y el tabaco, y aun las archi-simbólicas palmeras cubanas pierden todo su poder mitológico; parafraseando a Cintio Vitier, podríamos decir que se convierten en «unas frutas cualquieras» (sin que deje de resonarnos la connotación negativa de la palabra cualquiera). 
Pero «A la isla...» remite también a otro poema de la tradición negativa en el xix, aquella «Sátira contra los vicios de la sociedad cubana», de Federico Milanés. Aunque al trasterrado no le interesa tanto lamentarse de lo que funciona mal en la sociedad, sino sencillamente burlarse de algo que entraría en el orden del carácter, o de la identidad del cubano: «Pero en cambio su ardiente fantasía / morir no les hará nunca de hambre, / que cada cual percibe en su alma inquieta / la inspiración bullir del que es poeta». La burla toca entonces una zona acaso más sagrada en Cuba que la naturaleza con su sol, sus palmas, sus frutas; esto es, el propio carácter de sus habitantes, y especialmente, su más que pródiga disposición poética. Aparece entonces en el poema la siempre poética isla de Cuba, en la que todos andan prestos a poetizar y a componer alabanzas a cualquier cosa típica del terruño, por menor que resulte ante los ojos del otro, del extranjero o del forastero (¡cuántos poemas cubanos nos hace recordar el trasterrado con ese verso: «todos ensalzan con ardiente anhelo / las aguas del simpático Almendares»). Y es que pienso que este poema tan menor es un compendio de la poesía de la tradición otra, negativa o dionisíaca del xix; que contiene, además, de modo casi explícito, la propia crítica hacia la tradición apolínea, esa tradición que se revela a menudo tan cercana al ridículo, mitificando lo mismo el cielo cubano, que los mangles de la Isla, que el prematuro fin de la abuelita: «Todos cantan aquí el cubano cielo / los mangles, las palmeras y los mares, / los felices natales de Panchita, / y el prematuro fin de mi abuelita». (Entre paréntesis, también resuena ahora de un modo peculiar para los cubanos ese verso sobre el supuesto prematuro fin de la abuelita, o abuelito, con sus cantos asociados. Pensemos, por ejemplo, en la reciente antología Viaje a los frutos con sus textos laudatorios sobre el Comandante abuelito). Para ser justos, habría que decir entonces que más que nostalgia o añoranza por su tierra de origen hay en este texto aburrimiento, empacho, hartazgo (hastío sería demasiado metafísico): la mitificada fermosura (causa de la fama de la Isla), una vez descrita y desmenuzada, no produce así tanto el deseo de regresar, de volver a la tierra de origen —tampoco, a la manera casaliana, «un ansia infinita de llorar a solas»— sino, simplemente, unas ganas inmensas, vulgares y antipoéticas de «dejar la pluma».
Quisiera terminar anotando que tiene razón Antonio de las Barras cuando dice que el poema, a pesar de todo, no resulta ofensivo. «A la isla...» nos hace reír o sonreír todavía hoy a los cubanos (acaso más que en el siglo xix). Desde el punto de vista cubano, y siguiendo a Jorge Mañach, podría decirse que este texto constituye una de las mejores muestras escritas en verso —por un español trasterrado, un viajero— de choteo de la cubanidad. Los versos ponen así en evidencia la perspicacia de este choteador, su habilidad para, como dijera Mañach, discernir «lo cómico en la autoridad»15, para «descubrir lo objetivo risible que había pasado inadvertido a los observadores más intensos»16. El choteador, trasterrado español, chotea así aquello que los choteadores por antonomasia no se atreven nunca, o casi nunca, a chotear: su identidad, su cubanía. Paradójica, irónicamente, a muchos cubanos de hoy nos resulta más cercano De las Barras, el trasterrado español, y su choteo, que De Las Casas, el Almirante, y la supuesta fermosura de la Isla.





NOTAS:
1 Fue presentado en el VII Congreso de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, en septiembre de 2006. Se publicará próximamente dentro de las Actas de dicho Congreso. 2 «A la isla de Cuba»; en Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados del siglo XIX ; Memorias, publicadas por su hijo Francisco de las Barras de Aragón; Imprenta de la Ciudad Lineal, Madrid, 1925, pp. 53-55. Las cursivas no son mías. Se encuentran en la edición original. 3 Pienso que dentro de esta tradición otra se inscriben también poemas de algunas autoras cubanas del XIX, como »En la bahía», de Luisa Pérez de Zambrana o varios textos de Mercedes Matamoros (Consultar mi artículo «En la bahía: una visión distinta sobre lo otro cubano»; en Encuentro de la cultura cubana , nº 40, 2006, pp. 238243. Ver también el artículo «Contra Colón: la distopía en la poesía cubana del XIX y del XX», en prensa). 4 Morán, Francisco; La isla en su tinta. Antología de la poesía cubana ; Verbum, Madrid, 2000, p. 23. 5 Id., p. 25. 6 Nietzsche, Friedrich; «El origen de la tragedia»; en Obras inmortales ; Edicomunicación, Barcelona, T. 3, p. 1253. 7 Id., p. 1245. 8 Id., p. 1284. 9 La única referencia que he encontrado a este poema aparece en el prólogo a la edición de las Poesías líricas , de Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicadas en Madrid en 1974 en edición de José María Castro y Calvo. Castro
y Calvo comenta el libro en el que aparece el poema, o sea, las memorias de Antonio de las Barras, e incluye el texto completo, aunque con numerosos errores. (Consultar Castro y Calvo, José María; «Edición y estudio preliminar»; en Gómez de Avellaneda, Gertrudis; Poesías líricas ; Atlas, Madrid, 1974, pp. 2425). 10 Ha sido utilizado fundamentalmente con dos propósitos: desde España, para dar cuenta de la presencia de los asturianos en Cuba; desde Cuba, para referirse a uno de los aspectos tratados con mayor minuciosidad en las Memorias : la esclavitud y los negros. De este segundo caso es ejemplo el libro de Walterio Carbonell Cómo surgió la cultura nacional (Ediciones Bachiller, Biblioteca Nacional, La Habana, 2005, segunda edición corregida y aumentada), que cita prolijamente a Antonio de las Barras y Prado. 11 Barras de Aragón, Francisco de las; «Dos palabras»; prólogo a Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados , del siglo XIX. Memorias , publicadas por su hijo Francisco de las Barras de Aragón; Imprenta de la Ciudad Lineal, Madrid, 1925, p. 7. 12 Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados del siglo XIX ; ed. cit., p. 53. 13 Id. 14 Pérez Firmat, Gustavo; Cincuenta lecciones de exilio y desexilio ; Ed. Universal, Miami, 2000, p. 21. 15 Mañach, Jorge; «Indagación del choteo»; en La crisis de la alta cultura en Cuba. Indagación del choteo ; Ed. Universal, Miami, 1991, p. 63. 16 Id.






















lunes, marzo 13, 2017

Sobre LCB en LPI.

A estas alturas de la historia nadie puede garantizar la memoria histórica si no la analiza con un poco menos de subjetividad; el enemigo asesina y los amigos ajustician: eso es lógico en un partidista pero no en un historiador.
Como yo no soy historiador ni revisionista, sino espectador, tengo una serie de preguntas que no puedo contestarme:
1.- Por qué fue designado para dirigir esa campaña a Manuel Fajardo Rivero, un hombre que sólo sabía curar enfermos, sin el carácter adecuado para ese tipo de guerra, cuando había otros perfectamente idóneos para la tarea?
2.- Por qué se aplicaba la pena de muerte a los cautivos si la Constitución del 40 no lo permitía? La medida provisional que se hizo no tenía el "debido proceso" (due process).
3.- Por qué se fusilaban los colaboradores?
4.-Por qué la relocalización forzada de campesinos en la zona no recoge ningún caso de resistencia de los tantos testimonios al respecto que existen?
5.- Por qué no tuvo el gobierno cubano la más mínima magnanimidad ante los rebeldes, como lo tuvo España en la guerra del 68? Sobre este punto, para evitar confusiones voy a citar tres periódicos de la época:
La Iberia (Madrid 1868) 2/2/1869 P3
"Cubanos: La revolución ha barrido una dinastía y arrancado de raíz la planta venenosa que emponzoñaba hasta el aire que respirábamos; ha devuelto al hombre su dignidad y al ciudadano sus derechos.
"Insulares y peninsulares, todos somos hermanos, reconocemos un solo Dios y nos une el lazo de la misma religión, hablamos un mismo idioma y una misma es la bandera que nos da sombra.
"No extrañéis que tan embozadamente os diga mi sentir; hay palabras que manchan el papel en que se escriben y escaldan la lengua que las pronuncia.
"No hay libertad sin orden y sin respeto a las leyes. Quien voluntariamente abandona el terreno legal con que por primera vez se le brinda, es un malvado a quien deben juzgar los tribunales de justicia.
Insulares y peninsulares: Os hablo en nombre de España, en nombre de nuestra madre: ¡Unión y fraternidad! Olvido de lo pasado y esperanza en el porvenir.
¡Viva España con honra!
Habana, 6 de enero de 1869.
Domingo Dulce."
La Epoca (Madrid 1849) 3/12/1868 No. 6428 P3
"El general Valmaseda ha llegado ayer a Manzanillo, en donde expidió una proclama concediendo a los revolucionarios ocho días de plazo para deponer las armas y cesar las actividades contra el gobierno."
La Correspondencia de España 30/12/1868 No.4060 P2
"El conde de Valmaseda llegó a Puerto Príncipe el 19 a la cabeza de 900 hombres. A petición de los vecinos más influyentes, se suspendieron las operaciones durante cuatro días, con la esperanza de que se podría hacer algún arreglo con los rebeldes; pero la junta revolucionaria rechazó toda oferta de compromiso. En una conferencia celebrada el 25 los circunstantes representaban el talento y la riqueza del departamentro oriental. Algunos de ellos abogaron enérgicamente en favor de aceptar las reformas ofrecidas a la isla, pero la mayoría se negó a aceptar tales condiciones y expresó su determinación de luchar por la independencia.
El conde de Valmaseda les notificó entonces que pronto principiaría una lucha sangrienta."

sábado, febrero 11, 2017

El final, el centro y el principio de heisenberg.

Haciendo uso de la cualidad más preciada nuestra, a saber, que nos quedamos cortos o nos pasamos, los cubanos hoy día andamos alborotados con la cuestión del centrismo.
Centrismo, si realmente hay alguno, es un escape que debemos de andar buscando porque sabemos que necesitamos un balance, que la cosa se está yendo de un lado.
Como la mente es más comodona que los pies, creemos que la vida es una recta y que con sólo encontrar los extremos podemos determinar el centro y ya está. Pero, ¿cómo puede ir al centro el que no conoce ambos extremos?
Supongamos que tenemos dos esferas idénticas incluso en el color, separadas  a diez centímetros. No tenemos ningún observable correspondiente a la coordenada X aunque podemos introducir un observable H no dirigido pero que da la distancia. Ahora bien, si una esfera es roja y la otra verde, podemos observar que la del principio está a diez centímetros al este de la final.
Ese es el mecanismo usado en nuestra mente para salvar el principio de incertidumbre de Heisenberg. Las diferencias entre izquierdas y derechas son relativas. Los derechistas piensan que pueden tender al centro con moverse un poco al oeste y los izquierdistas viceversa.
Yo, por mi parte, estoy convencido de que el capitalismo es la génesis de mucho mal del actual en el mundo, pero no creo que eso le ceda algún tipo de credibilidad al socialismo. El capitalismo reduce las relaciones interpersonales al dinero, que es el  que facilita el poder. El socialismo las reduce al poder directamente sin pasar por el dinero. Los bancos tiranizan la vida en el capitalismo de tal modo que la soberanía está dosificada en miligramos de oro para el individuo. El apparatchik te hace la vida un trapo en el socialismo, con la agravante de que debes mostrarte agradecido aplaudiendo a la nomenklatura.
Un poeta al este le pide a Dios que al menos le deje morir su propia muerte. Otro al oeste le pide que le deje vivir su propia vida, en el centro.