miércoles, marzo 22, 2017

El choteo de la cubanidad.

La mirada del otro en la tradición negativa de la poesía cubana.
MILENA RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ.

En un trabajo reciente aunque todavía inédito («contra colón: la distopía en la poesía cubana del xix y del xx»)1, aventuré un recorrido por la tradición otra, también llamada negativa, iconoclasta, o del reverso, de la poesía cubana. Aquel trabajo aludía a textos cubanos del siglo xix y del xx y se planteaba en cierto modo, así se reconocía literalmente, como una «ampliación y continuación» de la sección de la «Palma Negra» que aparece en la excelente antología de Francisco Morán La isla en su tinta y que agrupa, como es sabido, algunos textos emblemáticos, sobresalientes, de esa tradición negativa.
Me centro ahora en «A la isla de Cuba», uno de los poemas comentados y que allí se daba a conocer. Prácticamente desconocido para el lector cubano, este poema tiene suficiente interés como para merecer un detenido examen.

A la isla de Cuba
La tierra más famosa que vieron mis ojos. 
CRISTOBAL COLÓN (Según Las Casas).2


¡Salve! Feliz morada de alacranes , 
mansión de filarmónicos mosquitos , 
tierra de terremotos y huracanes , 
salve con tus Panchitas y Panchitos ; 
con tus ríos poblados de caimanes , 
tus plátanos , híscaros y caimitos . 
¡De admiración yo te contemplo mudo! 
¡Sartén de Nuevo Mundo!... te saludo. 

¡Salve, fértil país de cucarachas , 
clásica tierra de la cascarilla , 
donde hacen tus simpáticas muchachas 
(blancas, mulatas, chinas y amarillas) 
de su cara un depósito de gachas 
mosáico de albayalde y cochinilla! 
¡Salve con tus guayabas y mamones , 
tus tortugas y enormes tiburones ! 

Tierra feliz en donde el sol radiante,
el cerebro derrite a los humanos;
en donde reina el vómito arrogante,
matando sin piedad a los cristianos.
Donde el pasmo y el cólera triunfante
se muestran absolutos soberanos,
y se pasa sudando el año entero,
lo mismo en agosto que en febrero.

Tierra en donde los negros son morenos
y pardos se apellida a los mulatos,
y a los hombres pacíficos y buenos,
mansos los llaman, cual si fueran gatos;
niños a los que tienen cuando menos
más años que han mudado de zapatos;
donde casacas llaman a los fraques,
y malakkof a los huecos miriñaques.

Tierra de las volantas y quitrines ,
en donde dicen grande en vez de anciano,
bailadores en vez de bailarines,
y al que es vivo y ligero que es liviano ;
chupas lo que allá son levitines,
tibores a una cosa que callamos,
al que gusta de andar caminador ,
y al que es algo locuaz conversador .

Tierra que muestras a la luz del día,
tus jóvenes montados en alambres,
verdes como corteza de sandías,
y gordos, el que más, como un estambre.

Pero en cambio su ardiente fantasía
morir no les hará nunca de hambre,
que cada cual percibe en su alma inquieta,
la inspiración bullir del que es poeta.

Todos nacen poetas en tu suelo,
y a Apolo por doquier alzando altares,
todos ensalzan con ardiente anhelo
las aguas del simpático Almendares .

Todos cantan aquí el cubano cielo,
los mangles , las palmeras y los mares ,
los felices natales de Panchita,
y el prematuro fin de mi abuelita .

¡Cuba! ¡Hermoso país! ¿Quién no te adora,
si tus brisas un punto ha respirado;
si ha sentido la llama abrasadora
de tu sol, su cerebro calcinado?
Si ha pensado morir en mala hora
a impulso de tu clima endemoniado.

¿Quién no creerá al verte que el Eterno
bajo tu suelo colocó el Infierno?

Queda a Dios con tu azúcar y tabaco
y tus bosques plantados de palmeras ,
con tu aguacate , quimbombó y ajiaco ,
con tus níveas beldades hechiceras .

Sigan cantando a Venus y al dios Baco
sus poetas, y al cielo y a las fieras,
y tú entre tanto canta, baila y fuma
que yo harto de ti dejo la pluma2.

La visión mítica, paradisíaca, de la isla de Cuba ha sido la visión canónica en la poesía cubana hasta hace pocas décadas. Esa tradición, como se ha dicho, se inicia con el Diario de navegación, del Almirante, y continúa en poemas como «Espejo de paciencia», «A la piña», o la «Silva cubana», escritos desde lo que Lezama llama «la perspectiva mitológica». Sigue manifestándose en el siglo xix y se desarrolla en el xx frecuentemente asociada, en la poesía surgida a partir de 1959 y hasta aproximadamente los años 80, a la visión idílica y mitificada de la Revolución, nuevo mito que nutre el mito originario.
Esa tradición mitológica ha opacado la tradición otra, llamada con diversos nombres: negativa, del reverso, iconoclasta, que también coexiste en la poesía cubana y que puede rastrearse, como han apuntado Jorge Luis Arcos o Francisco Morán, desde el siglo xix, en poemas como «La ronda», de Manuel de Zequeira; «El verano en La Habana», de Francisco Muñoz del Monte; «En días de esclavitud», de Juan Clemente Zenea, o «Nostalgias», de Julián del Casal3.
En los últimos años del siglo xx y en los primeros de este xxi, esa tradición otra se ha afianzado en la poesía cubana (también en la narrativa), convirtiéndose en dominante y central, en uno de los rumbos más visibles de la poesía contemporánea de la Isla, escrita tanto dentro como fuera de Cuba. Así, Francisco Morán, que ha recogido una notable muestra en la sección «Palma Negra», escribe que es precisamente esta tradición negativa la que «hace confluir, por primera vez en treinta y ocho años, a los escritores del exilio […] con los escritores de la isla»4. Se trata, como bien dice Morán, de un discurso poético que «descalifica y socava el mito»5.
Pienso que, acaso, valdría la pena recurrir a Nietzsche y a El origen de la tragedia (título, sin duda, con una resonancia especial en la Cuba de hoy) para denominar estas dos tradiciones, llamando a la primera, perspectiva apolínea, y a la segunda y opuesta, la negativa, dionisíaca. Estos nombres no se corresponden, tal vez, con todas las significaciones nietzscheanas asociadas a ambos términos, pero sí con algunas que me parecen determinantes; así, de la primera, la apolínea, podríamos destacar su espíritu socrático, cómo se manifiesta en ella «la ilusión sin límites del optimismo»6; frente a la segunda, espíritu pesimista, propio de aquellos que han visto, espíritu que da cuenta de lo extraño, lo monstruoso, lo paralizante, y que pone en evidencia que «del aniquilamiento del individuo puede nacer un goce»7. La tradición mitológica o apolínea de la poesía cubana tendría, pues, la misma función que para Nietzsche: ser una máscara que se coloca sobre la visión otra o dionisíaca, como esa «ilusión que oculta su verdadera naturaleza bajo un velo de belleza»8.
Digamos, entonces, que la tradición otra o dionisíaca pone en entredicho la tradición canónica, mítica o apolínea; nos hace recordar que ésta no sólo se basa en el mito, como dijera Lezama, sino también, en cierta medida, en el chisme, en el cotilleo: «y dice que es aquella isla la más fermosa que ojos hayan visto» (lo que dijo Las Casas que dijo Colón) y, también, en el malentendido (Cuba era, en la mente de Colón, Cipango, la tierra del oro y las riquezas). Después de todo, malentendido y chisme, ¿no son acaso ingredientes esenciales del mito? Y es que esta otra tradición dionisíaca encierra un discurso que resulta, en última instancia, contra-colombino: Cipango se convierte en la tradición dionisíaca en una isla cualquiera: otra isla más; o en una tierra frustrante para el individuo, o, incluso, en la isla de los infiernos. (No hace falta recordar «La isla en peso», de Virgilio Piñera, como paradigma de esa tradición negativa o dionisíaca).
Quiero referirme, en estas líneas, a un poema menor y prácticamente desconocido9 que, sin embargo, desde mi punto de vista, posee, para esta tradición otra o dionisíaca, un valor simbólico similar al que tienen las famosas palabras de Colón en la tradición apolínea; con la ventaja, asimismo, de que este poema menor abunda mucho más en el tema que nos interesa que las escuetas y archicitadas palabras del Almirante. 
«A la isla de Cuba», que así se titula el poema, puede considerarse uno de los textos fundadores (entendiendo esta fundación en un sentido simbólico, aunque cronológicamente sea otro su lugar) de la «Palma negra», ya que encarna, como las palabras de Colón, la mirada del otro, la mirada del forastero, del viajero o del trasterrado. ¿Y no es acaso la mirada del otro la que primero empieza a constituirnos, la que comienza a darnos la dimensión de lo que somos? Se trata, por otra parte, de un poema cómico, y ¿qué mejor comienzo para la tradición otra que justamente la comicidad, la burla? Pocas estrategias más eficaces que lo cómico para «socavar el mito». 
En «A la isla de Cuba» encontramos una mirada que representa un contrapunto a la visión colombina; contrapunto establecido por un sujeto-autor que, al parecer fue también, como Colón, un marino, pero en este caso del siglo xix, y, al contrario que el Almirante, anónimo, sin nombre y sin hazañas que contar o que cantarse. Se trata de unos versos menores, costumbristas, aunque escritos con bastante gracia, una gracia que se percibe todavía hoy (tal vez sea ese uno de los rasgos de la tradición dionisíaca, que los textos que la representan tienen un algo, cercano a lo real cubano, que los mantiene vivos, inmunes al paso de los años). El poema fue incluido por Antonio de las Barras y Prado en un libro no demasiado citado10, pero de gran interés y muy ilustrativo y recomendable para acercarse a La Habana y, en general, a la Cuba del xix. Se trata del titulado La Habana a mediados del siglo XIX. Memorias, escrito por un comerciante asturiano-andaluz («un caso de equilibrio entre el norte y el sur de España»)11, nacido en 1833 y que reside, al parecer, en Cuba entre 1851 y 1861. Las memorias, sin embargo, sólo van a ser publicadas póstumamente en Madrid en 1925 por Francisco de las Barras, su hijo. Así presenta el poema Antonio de las Barras en su libro: 

          Por entonces [aproximadamente, año 1861] circulaban por La Habana unos versos                               humorísticos, escritos, según me han dicho, por un guardia marino, desesperado por 
          la nostalgia, que estuvo de guarnición en un buque de este apostadero12.

Y añade De las Barras que, «aún cuando no muestran simpatía por la Isla tampoco pueden tacharse de ofensivos»13. «A la isla de Cuba» es, entonces, como decíamos, un texto anónimo, o aparentemente anónimo (siempre cabe la posibilidad de que lo hubiera escrito el propio autor de las Memorias, pero esta circunstancia no alteraría nuestro punto de vista: Antonio de las Barras sigue siendo un trasterrado anónimo, o sea, nadie); un poema que aparece, también —al igual que en cierto modo la frase fundadora del Diario… de Colón— sin la firma del autor original; un texto obtenido, asimismo, a través del chisme. Aunque aquí se trata de unos chismosos marginales, de mucha menor categoría (marginalidad, por otra parte, congruente con la propia tradición que instituye): De las Casas, el relator y chismoso ilustre, ha sido sustituido por De las Barras (la sustitución en los nombres es sin duda sugerente, de una resonancia premonitoria pavorosa: casas, para los apolíneos; barras, para los dionisíacos), chismoso menor y casi desconocido. Y el supuesto autor del chisme, el gran Almirante, se ha transformado en el oscuro, anónimo guardia marino español trasterrado. 
Leyendo el poema, acaso lo primero que llama la atención es la cita que lo encabeza, versión de las palabras del Almirante, confusión entre fama y fermosura, que, desde el primer verso, nos percatamos que están colocadas con intención irónica, de burla. Y es que tanto la visión ofrecida de la Isla como el tono de sátira, de mofa que recorre el texto, se encargan de poner en entredicho las palabras de Colón sobre la supuesta fermosura (aquí presentada como fama) de la Isla. 
Es éste un texto de la anti-utopía, y todavía más, del hartazgo. «Espejo de impaciencia», podríamos, acaso, titularlo, para continuar con nuestra idea de su carácter fundacional. Aparecen aquí, como en «El verano en La Habana», de Muñoz del Monte, las referencias negativas al clima de la Isla, elemento central en el poema, presentado con imágenes similares. Así, donde Muñoz del Monte escribe del sol que «La masa cerebral volatiliza; / La médula transforma en vapor denso, / Y en las venas la sangre carboniza», el trasterrado español habla de ese sol radiante que «el cerebro derrite a los humanos», de esa tierra donde «se pasa sudando el año entero / lo mismo en agosto que en febrero», o se refiere a «la llama abrasadora de tu sol, [que deja] su cerebro calcinado», o califica al clima de la Isla de «endemoniado»; o dice incluso que «...el Eterno / bajo tu suelo colocó el Infierno» (verso cuyas resonancias escapan, al menos leyéndolos hoy, de lo exclusivamente climatológico). De estas imágenes negativas sobre el clima de la Isla me parece de gran eficacia la burlona «Sartén de Nuevo Mundo» que, acompañada con sorna de ese «te saludo», remite y da la vuelta a los habituales saludos al sol de los románticos, que pueden hallarse en nuestra lengua en Espronceda o en la Avellaneda. Pero el español trasterrado va más lejos que el Muñoz de «El verano...» —audacia que, tal vez, puede permitirse un trasterrado español a diferencia de uno americano—: no se percibe en «A la isla...» la más mínima duda ni posibilidad de arrepentimiento, no hay en este texto ninguna «lágrima quemante» que pueda hacer retornar, con añoranza, lo rechazado. 
En «A la isla...» se añaden, además, a la terrible circunstancia del clima por todas partes, nuevos motivos para el descontento y el rechazo. Como la presencia de alacranes, terremotos, cucarachas, mosquitos —esos mismos insectos que tanto exasperaban a la Condesa de Merlín—; enfermedades; junto al desconcierto burlón y al extrañamiento por el empleo que se hace en la Isla de la lengua propia. En este punto, merecería, tal vez, la pena que hiciéramos una digresión. 
Podría pensarse que el autor-hablante de este poema se corresponde con el modelo del trasterrado ovidiano, ese que tan bien ha descrito Claudio Guillén en su espléndido El sol de los desterrados. Y algo de eso hay en estos versos, a través de cuya burla se lee, sin duda, la extrañeza, la incomodidad, el mal-estar en el sitio en el que se habita probablemente de manera forzada, lugar que no se reconoce como propio y que produce un choque, un rechazo para ese hablante forastero del poema. Llama la atención, sin embargo, que esa nostalgia del trasterrado se hace palpable, fundamentalmente, en el lenguaje; no en la lengua, que desde luego es la misma, sino más precisamente en el habla. Incomodan así al forastero que habla el mismo idioma, que a los hombres pacíficos se les llame mansos; o a los ancianos, grandes (acepción que, por cierto, no se utiliza ya apenas en Cuba); o casacas a los fraques, o bailadores a los bailarines, o todos esos Panchitas y Panchitos, etc. Es como si el hablante-autor del poema, ese supuesto marino español, sintiera, no sólo que no puede «servir a dos gramáticas a la vez»14, como dijera el cubanoamericano Pérez Firmat, sino más aun, que incluso dentro del mismo idioma, es imposible servir a dos hablas a la vez. En este sentido, el poema resultaría precursor de ciertos textos escritos por emigrantes en los que tiene una significativa presencia la nostalgia idiomática.
Pero volvamos a nuestra perspectiva cubana. Me parece interesante destacar cómo son vistas en el poema las mitificadas frutas de la Isla, presentadas como parte de la chanza del trasterrado. Así, como si se escribiera una especie de «Silva cubana» al revés, los plátanos, híscaros y caimitos, las guayabas y mamones, el aguacate y el quimbombó, el azúcar y el tabaco, y aun las archi-simbólicas palmeras cubanas pierden todo su poder mitológico; parafraseando a Cintio Vitier, podríamos decir que se convierten en «unas frutas cualquieras» (sin que deje de resonarnos la connotación negativa de la palabra cualquiera). 
Pero «A la isla...» remite también a otro poema de la tradición negativa en el xix, aquella «Sátira contra los vicios de la sociedad cubana», de Federico Milanés. Aunque al trasterrado no le interesa tanto lamentarse de lo que funciona mal en la sociedad, sino sencillamente burlarse de algo que entraría en el orden del carácter, o de la identidad del cubano: «Pero en cambio su ardiente fantasía / morir no les hará nunca de hambre, / que cada cual percibe en su alma inquieta / la inspiración bullir del que es poeta». La burla toca entonces una zona acaso más sagrada en Cuba que la naturaleza con su sol, sus palmas, sus frutas; esto es, el propio carácter de sus habitantes, y especialmente, su más que pródiga disposición poética. Aparece entonces en el poema la siempre poética isla de Cuba, en la que todos andan prestos a poetizar y a componer alabanzas a cualquier cosa típica del terruño, por menor que resulte ante los ojos del otro, del extranjero o del forastero (¡cuántos poemas cubanos nos hace recordar el trasterrado con ese verso: «todos ensalzan con ardiente anhelo / las aguas del simpático Almendares»). Y es que pienso que este poema tan menor es un compendio de la poesía de la tradición otra, negativa o dionisíaca del xix; que contiene, además, de modo casi explícito, la propia crítica hacia la tradición apolínea, esa tradición que se revela a menudo tan cercana al ridículo, mitificando lo mismo el cielo cubano, que los mangles de la Isla, que el prematuro fin de la abuelita: «Todos cantan aquí el cubano cielo / los mangles, las palmeras y los mares, / los felices natales de Panchita, / y el prematuro fin de mi abuelita». (Entre paréntesis, también resuena ahora de un modo peculiar para los cubanos ese verso sobre el supuesto prematuro fin de la abuelita, o abuelito, con sus cantos asociados. Pensemos, por ejemplo, en la reciente antología Viaje a los frutos con sus textos laudatorios sobre el Comandante abuelito). Para ser justos, habría que decir entonces que más que nostalgia o añoranza por su tierra de origen hay en este texto aburrimiento, empacho, hartazgo (hastío sería demasiado metafísico): la mitificada fermosura (causa de la fama de la Isla), una vez descrita y desmenuzada, no produce así tanto el deseo de regresar, de volver a la tierra de origen —tampoco, a la manera casaliana, «un ansia infinita de llorar a solas»— sino, simplemente, unas ganas inmensas, vulgares y antipoéticas de «dejar la pluma».
Quisiera terminar anotando que tiene razón Antonio de las Barras cuando dice que el poema, a pesar de todo, no resulta ofensivo. «A la isla...» nos hace reír o sonreír todavía hoy a los cubanos (acaso más que en el siglo xix). Desde el punto de vista cubano, y siguiendo a Jorge Mañach, podría decirse que este texto constituye una de las mejores muestras escritas en verso —por un español trasterrado, un viajero— de choteo de la cubanidad. Los versos ponen así en evidencia la perspicacia de este choteador, su habilidad para, como dijera Mañach, discernir «lo cómico en la autoridad»15, para «descubrir lo objetivo risible que había pasado inadvertido a los observadores más intensos»16. El choteador, trasterrado español, chotea así aquello que los choteadores por antonomasia no se atreven nunca, o casi nunca, a chotear: su identidad, su cubanía. Paradójica, irónicamente, a muchos cubanos de hoy nos resulta más cercano De las Barras, el trasterrado español, y su choteo, que De Las Casas, el Almirante, y la supuesta fermosura de la Isla.





NOTAS:
1 Fue presentado en el VII Congreso de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, en septiembre de 2006. Se publicará próximamente dentro de las Actas de dicho Congreso. 2 «A la isla de Cuba»; en Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados del siglo XIX ; Memorias, publicadas por su hijo Francisco de las Barras de Aragón; Imprenta de la Ciudad Lineal, Madrid, 1925, pp. 53-55. Las cursivas no son mías. Se encuentran en la edición original. 3 Pienso que dentro de esta tradición otra se inscriben también poemas de algunas autoras cubanas del XIX, como »En la bahía», de Luisa Pérez de Zambrana o varios textos de Mercedes Matamoros (Consultar mi artículo «En la bahía: una visión distinta sobre lo otro cubano»; en Encuentro de la cultura cubana , nº 40, 2006, pp. 238243. Ver también el artículo «Contra Colón: la distopía en la poesía cubana del XIX y del XX», en prensa). 4 Morán, Francisco; La isla en su tinta. Antología de la poesía cubana ; Verbum, Madrid, 2000, p. 23. 5 Id., p. 25. 6 Nietzsche, Friedrich; «El origen de la tragedia»; en Obras inmortales ; Edicomunicación, Barcelona, T. 3, p. 1253. 7 Id., p. 1245. 8 Id., p. 1284. 9 La única referencia que he encontrado a este poema aparece en el prólogo a la edición de las Poesías líricas , de Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicadas en Madrid en 1974 en edición de José María Castro y Calvo. Castro
y Calvo comenta el libro en el que aparece el poema, o sea, las memorias de Antonio de las Barras, e incluye el texto completo, aunque con numerosos errores. (Consultar Castro y Calvo, José María; «Edición y estudio preliminar»; en Gómez de Avellaneda, Gertrudis; Poesías líricas ; Atlas, Madrid, 1974, pp. 2425). 10 Ha sido utilizado fundamentalmente con dos propósitos: desde España, para dar cuenta de la presencia de los asturianos en Cuba; desde Cuba, para referirse a uno de los aspectos tratados con mayor minuciosidad en las Memorias : la esclavitud y los negros. De este segundo caso es ejemplo el libro de Walterio Carbonell Cómo surgió la cultura nacional (Ediciones Bachiller, Biblioteca Nacional, La Habana, 2005, segunda edición corregida y aumentada), que cita prolijamente a Antonio de las Barras y Prado. 11 Barras de Aragón, Francisco de las; «Dos palabras»; prólogo a Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados , del siglo XIX. Memorias , publicadas por su hijo Francisco de las Barras de Aragón; Imprenta de la Ciudad Lineal, Madrid, 1925, p. 7. 12 Barras y Prado, Antonio de las; La Habana a mediados del siglo XIX ; ed. cit., p. 53. 13 Id. 14 Pérez Firmat, Gustavo; Cincuenta lecciones de exilio y desexilio ; Ed. Universal, Miami, 2000, p. 21. 15 Mañach, Jorge; «Indagación del choteo»; en La crisis de la alta cultura en Cuba. Indagación del choteo ; Ed. Universal, Miami, 1991, p. 63. 16 Id.






















lunes, marzo 13, 2017

Sobre LCB en LPI.

A estas alturas de la historia nadie puede garantizar la memoria histórica si no la analiza con un poco menos de subjetividad; el enemigo asesina y los amigos ajustician: eso es lógico en un partidista pero no en un historiador.
Como yo no soy historiador ni revisionista, sino espectador, tengo una serie de preguntas que no puedo contestarme:
1.- Por qué fue designado para dirigir esa campaña a Manuel Fajardo Rivero, un hombre que sólo sabía curar enfermos, sin el carácter adecuado para ese tipo de guerra, cuando había otros perfectamente idóneos para la tarea?
2.- Por qué se aplicaba la pena de muerte a los cautivos si la Constitución del 40 no lo permitía? La medida provisional que se hizo no tenía el "debido proceso" (due process).
3.- Por qué se fusilaban los colaboradores?
4.-Por qué la relocalización forzada de campesinos en la zona no recoge ningún caso de resistencia de los tantos testimonios al respecto que existen?
5.- Por qué no tuvo el gobierno cubano la más mínima magnanimidad ante los rebeldes, como lo tuvo España en la guerra del 68? Sobre este punto, para evitar confusiones voy a citar tres periódicos de la época:
La Iberia (Madrid 1868) 2/2/1869 P3
"Cubanos: La revolución ha barrido una dinastía y arrancado de raíz la planta venenosa que emponzoñaba hasta el aire que respirábamos; ha devuelto al hombre su dignidad y al ciudadano sus derechos.
"Insulares y peninsulares, todos somos hermanos, reconocemos un solo Dios y nos une el lazo de la misma religión, hablamos un mismo idioma y una misma es la bandera que nos da sombra.
"No extrañéis que tan embozadamente os diga mi sentir; hay palabras que manchan el papel en que se escriben y escaldan la lengua que las pronuncia.
"No hay libertad sin orden y sin respeto a las leyes. Quien voluntariamente abandona el terreno legal con que por primera vez se le brinda, es un malvado a quien deben juzgar los tribunales de justicia.
Insulares y peninsulares: Os hablo en nombre de España, en nombre de nuestra madre: ¡Unión y fraternidad! Olvido de lo pasado y esperanza en el porvenir.
¡Viva España con honra!
Habana, 6 de enero de 1869.
Domingo Dulce."
La Epoca (Madrid 1849) 3/12/1868 No. 6428 P3
"El general Valmaseda ha llegado ayer a Manzanillo, en donde expidió una proclama concediendo a los revolucionarios ocho días de plazo para deponer las armas y cesar las actividades contra el gobierno."
La Correspondencia de España 30/12/1868 No.4060 P2
"El conde de Valmaseda llegó a Puerto Príncipe el 19 a la cabeza de 900 hombres. A petición de los vecinos más influyentes, se suspendieron las operaciones durante cuatro días, con la esperanza de que se podría hacer algún arreglo con los rebeldes; pero la junta revolucionaria rechazó toda oferta de compromiso. En una conferencia celebrada el 25 los circunstantes representaban el talento y la riqueza del departamentro oriental. Algunos de ellos abogaron enérgicamente en favor de aceptar las reformas ofrecidas a la isla, pero la mayoría se negó a aceptar tales condiciones y expresó su determinación de luchar por la independencia.
El conde de Valmaseda les notificó entonces que pronto principiaría una lucha sangrienta."

sábado, febrero 11, 2017

El final, el centro y el principio de heisenberg.

Haciendo uso de la cualidad más preciada nuestra, a saber, que nos quedamos cortos o nos pasamos, los cubanos hoy día andamos alborotados con la cuestión del centrismo.
Centrismo, si realmente hay alguno, es un escape que debemos de andar buscando porque sabemos que necesitamos un balance, que la cosa se está yendo de un lado.
Como la mente es más comodona que los pies, creemos que la vida es una recta y que con sólo encontrar los extremos podemos determinar el centro y ya está. Pero, ¿cómo puede ir al centro el que no conoce ambos extremos?
Supongamos que tenemos dos esferas idénticas incluso en el color, separadas  a diez centímetros. No tenemos ningún observable correspondiente a la coordenada X aunque podemos introducir un observable H no dirigido pero que da la distancia. Ahora bien, si una esfera es roja y la otra verde, podemos observar que la del principio está a diez centímetros al este de la final.
Ese es el mecanismo usado en nuestra mente para salvar el principio de incertidumbre de Heisenberg. Las diferencias entre izquierdas y derechas son relativas. Los derechistas piensan que pueden tender al centro con moverse un poco al oeste y los izquierdistas viceversa.
Yo, por mi parte, estoy convencido de que el capitalismo es la génesis de mucho mal del actual en el mundo, pero no creo que eso le ceda algún tipo de credibilidad al socialismo. El capitalismo reduce las relaciones interpersonales al dinero, que es el  que facilita el poder. El socialismo las reduce al poder directamente sin pasar por el dinero. Los bancos tiranizan la vida en el capitalismo de tal modo que la soberanía está dosificada en miligramos de oro para el individuo. El apparatchik te hace la vida un trapo en el socialismo, con la agravante de que debes mostrarte agradecido aplaudiendo a la nomenklatura.
Un poeta al este le pide a Dios que al menos le deje morir su propia muerte. Otro al oeste le pide que le deje vivir su propia vida, en el centro.

sábado, diciembre 03, 2016

La muerte del lobo.

Cumple bien la misión penosa y ardua que te ha tocado en suerte
y luego sufre y muere, cual yo, sin decir nada.
Alfred de Vigny.

En un giro extraño, el gobierno cubano, portando las cenizas de Fidel Castro, ha decidido desandar la marcha de la Caravana de la Victoria que en los primeros días del año 1959 hizo él junto a la alta jefatura del ejército rebelde desde Santiago hasta la Habana. Por aquel entonces el motivo principal debió de ser la necesidad de hacer conspicua esta demostración de triunfo y anunciar el fin de una época, lo que no parece ser el caso hoy día.
Hace 57 años Fidel no se sintió obligado a rendir tributo a la ciudad que preparó su desembarco; envió hombres y dineros, armas y medicinas, ropa y zapatos, periodistas y fotógrafos neoyorquinos; brindó un valioso servicio de tránsito a sus agentes; respaldó su desplazamiento en la loma con huelgas en la calle; le fundió como baluarte el movimiento obrero y la burguesía media; le ofrendó una pléyade de héroes y mártires. Era de esperar que el gobierno no se sintiera obligado hoy día a mostrar las cenizas en Manzanillo, abandonado a su suerte por décadas hasta el estado actual; una ciudad decrépita que perdió no sólo su merindad sino su autoestima, con un conformismo extravagante, dudando hasta de su paisanaje.
La relación de los hechos históricos contradice el concepto establecido de que Santiago es la ciudad rebelde por antonomasia, ni siquiera en la revolución de Fidel. Su primera gestión política exitosa fue en Manzanillo, que propició el célebre secuestro de la campana de la Demajagua en la Habana, puesta en sus manos por el portorriqueño manzanillero Modesto Tirado, después de habérsela negado al ministro de Gobernación de Grau, en octubre de 1947.
Tenía que ser Santiago el nicho porque fue la escuela. Reposará junto a Martí, que fue enterrado allí porque murió accidentalmente en esa región; también junto a Céspedes, que debiera reposar en Manzanillo, donde está Masó y otros colaboradores y donde estuvo su taller.
No fue Santiago más que Manzanillo, en lo que va de historia, ni en la colonia ni en la república; no tuvo más representación el el Moncada o en el Granma, no lo superó en los aportes, en héroes o en mártires.
No tuvo Manzanillo que decir adiós al Cid que cabalgó Rocinantes: alfarero que moldeaba con polvo del camino y agua de lluvia; nuestro Juan de Robres que creaba el hospital y también los pobres. Su muerte provoca una mezcla formidable de sentimientos porque se atrevió a mezclar todos los colores de la vida: fue Procustes, fue Damocles, fue Danaides: unía dividiendo; convertía el revés en victoria; hacía más con menos; reconciliaba a Marx con Martí; vivía dos vidas, como la luna, una pública y otra privada.

Hubo algo que no sabía hacer: indiferentes. Y eso parece ser la especialidad de los que quedan, empeñados en continuar el fidelismo sin Fidel. Buena suerte.

sábado, noviembre 19, 2016

Patriotismo y antimperialismo.

Estimado Iroel;
Cuando bajaron de la Sierra los rebeldes yo tenía siete años. A los rebeldes les llamaban mau-mau y su promesa era derrocar a un gobierno oprobioso, entreguista, criminal, corrupto y anticonstitucional. Pero no decían que iban a detener la marcha de las instituciones democráticas.
En aquellos tiempos nos contaban de las proezas de los mambises con una perspectiva lejana, lógica de sesenta años de distancia. Hoy, a tantos años, la retórica heroica de 1957 al 59 en los medios de difusión masiva suena hueca.  
Creo entender que la disquisición que se ha planteado la mesa redonda _el patriotismo cubano equivale a antimperialismo_ resulta en una solución disyuntiva. Yo veo patriotismo, y no en el mejor sentido de la palabra, en vez de antimperialismo.
Primero, no puedo concebir un antimperialismo absoluto, puesto que solamente las naciones que han sido invadidas, sojuzgadas, humilladas, pueden odiar a un imperio específicamente: los polacos a los rusos, los armenios a los turcos, los irlandeses a los ingleses. Los cubanos de finales del siglo XIX llegaron a sentir profundo desprecio por el imperio de la madre patria, pero no por el naciente imperialismo yanqui. La opresión de España era más bien espiritual, si obviamos las obligaciones impositivas. Después de la revolución del 68 en España, la revolución del 68 en Cuba no aceptaba los términos conciliatorios, casi familiares, del general Dulce porque la condición fundamental de estos era mantener lealtad a la bandera roja y gualda. Hasta ahí llega nuestro antimperialismo.
Nuestro patriotismo es solamente un sentimiento profundo de que no nos parecemos a nadie.
Quizas la apreciación de Fernando Ortiz de que somos un pueblo de ciudadanos soñolientos y lectores dormidos no sea tan exacta hoy como podría parecer en los inicios de la república, pero sí encuentro adecuada su proposición de que tenemos una mente comodona. Necesitábamos un líder que cargara con la responsabilidad de la teoría revolucionaria de cambiarlo todo porque eso era lo que queríamos. Ya no queremos cambiar las cosas porque el líder no quiere. Si los hecho contradicen la teoría, peor para los hechos.
Buscábamos un  patricio con capacidad de liderazgo, da lo mismo un Quijote que un Juan de Robres.
Somos patriotas pero tenemos que importar el 80% de los alimentos, en un suelo fértil y con buen clima; aceptamos una constitución con un agradecimiento eterno a otro país; celebramos que la retórica de nuestros intelectuales sea una llamada a los Varegos.

martes, octubre 21, 2014

Por qué la Feria del Libro no llega a Manzanillo.

De 1857 a 1898 se editaron en Manzanillo, entre semanarios, bisemanarios, interdiarios y hojas sueltas, cuarenta y ocho publicaciones. El Eco de Manzanillo / Julio 1857 / Imprenta El Eco / Francisco Murtra (Trinitario) / C. M. de Céspedes – Rafael María Merchán – Angel Martí. El Vespertino / Febrero 1858 / Imprenta El Comercio. La Antorcha / Diciembre 1859 / Imprenta La Antorcha / Rafael García (Camagüeyano) / Manuel López – C. M. de Céspedes – Rafael María Merchán – Eligio Izaguirre – Rafael Caymari – José Joaquín Palma – Miguel García Pavón – Domitila García Doménico (primera tipógrafa cubana). La Cotorra / Enero 1864 / Imprenta El Comercio / Lorenzo Puentes Acosta (Puertorriqueño). El Comercio / Abril 1864 / Imprenta El Comercio (comprada) / Bartolomé Masó Márquez – Gines Escanaverino Linares. La Aurora / 1864 / C. M. de Céspedes. El Fosforito – Patria Libre – El Tribuno / Enero 1869 en La Habana / Rafael María Merchán. El Voluntario / Junio 1869 / Imprenta del Angel / Angel Martí – Enrique Ubieta. La Fusta / Enrique Montesinos (integrista). El Látigo / Luis Salazar (integrista). La Bandera Española / Angel Martín (integrista). Timoteo / 1870 / Francisco Javier Antúnez. El Cauto / 1873 / Francisco B. Bertot. La Doctrina / 1878 / Eduardo Yero Buduén – Luis Rodillo. El Anunciador / 1879. El Nuevo Régimen (autonomista) / Enero 1880 / Fermín Mazquiarán (Catalán) – Quintín E. Céspedes (Catalán) – Fernando Fernández de Córdoba. El Oriente / 1881. El Eco de Manzanillo / Diciembre 1881 / Imprenta El Pueblo / Eudaldo Tamayo – Alberto Segrera de la Rosa. El Artesano / 1882 / Francisco Javier Antúnez. El Artesano / 1903 / José del Carmen Guerra / Pedro Alejandro López. El Hijo del Pueblo / 1882 / Salustiano Bertot Céspedes. El Hijo del Diablo / 1882 / Fernando Fernández de Córdoba. El Guerrillero / 1882 / Miguel Montenegro. Concordia Masónica / 1883. La Voz del Pueblo / Febrero 1886 / Imprenta El Comercio / Salustiano Bertot Céspedes (Bayamés). (Primero de circulación internacional). El Triunfo / Noviembre 1886 / Imprenta El Progreso / Eduardo Yero Buduén (Bayamés). La Unión / Enero 1887 / Imprenta La Unión / Eduardo Camino Baldomir – Wenceslao Bosh Puig. El Tiempo / 1887 / Benjamín Ramírez. El Liberal / Octubre 1887 / Imprenta El Progreso / Francisco Serret – Francisco Fernández de Córdoba – José Mirٕó Argenter (Catalán). La Unión Española / 1890 / Ramón Ibañez – Antonio C. Julius. El Noticiero / 1895 / Imprenta El Comercio / Luis Otero Pimentel. Canta Claro / 1895 / Angel Martín (integrista) La Independencia (en la manigua) / Noviembre 1895 / Imprenta enviada desde Manzanillo) / Bartolomé Masó Márquez – José Guinot Saavedra (Habanero) – Enrique Loynaz del Castillo – Manuel de la Cruz. La Tribuna / Octubre 1897 / Rafael Gutiérrez Fernández – Andrés Martín. La Democracia / Octubre 1898 / José Miró Argenter – Fernando Fernández de Córdoba. Periódicos de corta duración de 1868 a 1898: La Sonrisa (José Elios Pérez), La Opinión (Wenceslao Bosh), La Verdad (Angel Martín), La Justicia (Domingo Socarrás), Miscelánea (Juan Torres Vega), La Chicharra (Eufemio Solá), La Epoca (Claudio Lescos Purset), El Diablo Cojuelo (Pedro Escarré) y Excelsior (Francisco Bertot Bertot).

lunes, junio 02, 2014

Raúl Roa Courí habla de Carlos Rafael Rodríguez

"Carlos Rafael, como otros comunistas, había afirmado más de una vez, contradiciendo a los cronistas burgueses que tildaban de “experimento” al régimen establecido por Lenin sobre los escombros de la Rusia zarista en 1917, que el sistema socialista era irreversible, que Lenin y Stalin habían demostrado que sí podía construirse el socialismo en un solo país, no obstante el cerco imperialista."
Esta es una proposición muy temeraria. La doctrina de "revolución en un solo país" como línea adoptada en el Congreso 14 del PCUS en 1925 es una teoría de contrataque, no original. Surge de la posición contestataria de los extremistas ante los lamentos teóricos de los que adivinaban la causa última del desastre de la URSS: el atraso técnico. Es un movimiento defensivo ante la jugada de Trotsky de una apertura engel-marxista: la revolución permanente. Stalin pensaba que: "la falta de fe en la fuerza y capacidad de nuestra revolución y del proletariado de Rusia es la base de la teoría de la "revolución permanente". Plantea también en "Cuestiones del leninismo": "la raiz de este error es que Zinoviev está convencido de que el atraso técnico de nuestro país es un obstáculo insuperable para que el proletariado edifique la sociedad socialista"
Aunque pocas veces me oigan citar a Martí,_  enfermedad endémica nuestra_, pienso que en esta porfía Martí está del lado de Trotsky, al expresar en su acostumbrado discurso sentencioso y sugerente que con nosotros, sin nosotros o contra nosotros, siempre habrá revolución.
Kamenev le reprochaba a Stalin haberse convertido en cautivo de la política de Bujarín respecto a la NEP (nueva política económica), que comenzó a dar buenos resultados concretos pero malos resultados subjetivos.
Carlos Rafael como todos los comunistas nunca tuvo ideas fuera del centralismo ideológico.
El segundo del manzanillero Francisco Calderío alias Blas Roca en la primavera de 1961 era Flavio Bravo que fue escogido por el propio Raúl para encabezar una delegación  a Moscú y pintarle a los bolos un panorama sombrío por la cercanía de USA.
El viejo partido de los comunistas cubanos estaba a la desbandada tras los sucesos del sectarismo de Aníbal Escalanate y el jefe se plegaba a las nuevas circunstancias. Hoy día la historia oficial no reconoce otro partido que el que se inventó Flavio Bravo con la ayuda desinteresada de Blas Roca.
Las opiniones de Carlos Rafael sobre el CAME son decepcionantes. Eso mismo me decía en Nicaro en 1975 un militante comunista estudiantil universitario y yo le respondía que esa relación era sencillamente una condena a Cuba a ser una colonia monoproductora de azúcar. Gracias a Dios que tenía razón.