sábado, julio 21, 2018

Esta es otra historia.



No hay dudas de que el patrioterismo vano del cubano viene del sentido del honor español.
Hay otra historia en los anales de la guerra escritos por los españoles en los diarios de ambas, la península y la isla, muy documentada. 
Sin embargo la mayoría de los cubanos prefieren las historias al puro estilo Elpidio Valdés, donde los gaitos son cobardes, estúpidos y cándidos.
Esta es otra historia de la batalla de Peralejo, contada por un testigo ocular.

“Ejército de operaciones de Cuba.- E.M.G.
Excmo. Señor:

El día 5 salí de la Habana para ver de cerca las jurisdicciones de Remedios y Sancti Spiritus, donde existen las partidas de las Villas y Ciego de Avila; enterado de todo por el general D. Agustín Luque, de cuyo celo, actividad e inteligencia estoy sumamente satisfecho, dispuse que enseguida volviese a Manzanillo el segundo batallón de Isabel la Católica que, con dos de la primera división había reforzado las Villas, dejando estos dos allí por ahora; aunque estando pronto a volver a Cuba el de la Unión, segundo provisional y de la colocación que consideraba debida a los cuatro batallones que acababan de llegar de la Península (Andalucía, Extremadura, Borbón y Zamora), formando dos líneas, la avanzada en el Jatibonico para operar hacia la antigua Trocha, y la segunda en Placetas, Guaracabuya, Baez y Fomento; estas fuerzas, con el tercero de Alfonso XIII y el de Bara, sexto peninsular, más la caballería y guerrillas, tenían por primera misión perseguir las partidas y formar las dos líneas indicadas, por si Máximo Gómez conseguía pasar la línea de Júcaro a Morón perseguirle y evitar que levantase Las Villas.

El día 8 embarqué en Tunas de Zaza y recorrí Morón, Ciego de Avila y Júcaro, previniendo las obras que para defensa de Ciego de Avila debían hacerse y la construcción de un barracón para depósito y desembarco en el Júcaro, como asimismo la construcción del ramal del Júcaro a Punta Barra y el muelle de este punto (estas dos últimas aprobadas de Real orden).

El día 10 fui a Santa Cruz, adonde destinaba el batallón de América, pero como las condiciones de este punto son malísimas, tanto respecto a salubridad, azotado duramente por el vómito y las calenturas, y además el barracón enfermería y cuartel estaba en ruinas e infestado, dispuse que se alquilase una casa nueva para hospital y destacamento, por ser la única regularmente situada en aquel puerto de infección, y previne que el batallón fuera a acampar a Santa Cecilia, construyéndose barracones de guano para su alojamiento y de tabla para enfermería, arreglando el camino que une a Santa Cruz con Santa Cecilia.

Seguí a Manzanillo, donde llegué el indicado día 10 a las 10 de la noche; llevaba el propósito de ir a Bayamo, punto en el que, según las noticias de los periódicos y la voz general, había grandes deficiencias; comuniqué mi pensamiento al general D. José Lachambre, quien me dijo que acababa de recibir noticias de que Antonio Maceo con unos tres mil hombres, más todas las partidas de la jurisdicción, estaba en el Corojo, tres leguas distantes de Bayamo.

Como generalmente a Maceo le suponen en todas partes, yo no creí la noticia y e insistí en ir, por más que el general Lachambre me suplicó que no fuese, negándome a que me acompañara. Tengo que consignar que este general pasó orden al malogrado general Santocildes, que estaba en el camino de Veguitas, para que me esperase y además hizo que una columna que había enviado a buscar por mar a Campechuela, se me incorporase en Veguitas.

En este punto se me confirmó la noticia de la presencia de Maceo; yo reunía mil quinientos veintitrés hombres y no se suponía que Maceo tuviera más del doble, y no le creía bien municionado; confieso paladinamente que dudé un tanto porque, no habiendo vuelto el general Ordóñez de Holguín, no había más fuerzas disponibles en este distrito, pero no me pareció oportuno retroceder, hubiera perdido la fuerza moral con este valiente ejército, al que tanto exijo y habría sido un golpe fatal.

Maceo, desde que supo mi arribo a Manzanillo, noticia que recibió de seguro antes de salir yo de aquella ciudad, tomó sus precauciones y empezó a reunir no sólo todas sus fuerzas, que las tenía próximas para imposición de jefe a esta zona, sino los paisanos también; y como han recibido un fuerte convoy, desembarcado en la Herradura, Holguín, desistió de su proyecto de retrasar combates y organizó sus fuerzas y se dispuso a impedirme el paso y rodearme merced al terreno y su superioridad numérica.

A las 5 de la mañana salí de Veguitas y se hizo la marcha con lentitud por no estar muy bueno el camino; acabado de pasar el Buey por Barrancas, se presentaron por el flanco izquierdo algunos grupos, que se reconocieron y no hostilizaron; ya allí tuvimos alguna vaga noticia de que el enemigo estaba cerca; como el camino de Jucaibama, aunque más corto, estaba en muy mal estado, decidió el general Santocildes, que llevaba el mando, marchar por el camino de los Magüey, dejando a nuestra izquierda el de Jucaibama; dos kilómetros antes de la bifurcación del indicado camino y el de Peralejo, la vanguardia, mandada por el teniente coronel D. José Vaquero, encontró al enemigo, rompiéndose el fuego con vivacidad y a la media hora, esto es, a las doce y media, se generalizó por todos lados, siendo envuelta la columna y atacada vivamente la retaguardia mandada por el teniente coronel don Federico Escario y la extrema retaguardia por el comandante D. Félix Díaz Andino; la situación era muy mala; estábamos entre dos cercas de potreros, cercas de alambre con puntas, completamente al descubierto y teniendo por los flancos y el frente monte bajo, en que podían ocultarse y desde donde hacían fuego con ventaja; avanzábamos lentamente en correcta formación, análoga a la del cuadro, ocupando un kilómetro aproximadamente de extensión y con los fuegos cruzados, sin haber punto inmune.

El teniente coronel D. Francisco San Martín, que iba a la derecha, hizo un avance en aquella dirección, llegando a la altura de la vanguardia; a las tres horas de combate cayó muerto de tres balazos mortales por necesidad el inteligente y bravísimo general Santocildes; entonces tomé el mando directo y habiendo sido herido gravemente el teniente coronel Vaquero, dispuse que tomara el mando de la vanguardia el de igual clase San Martín y de la retaguardia D. Federico Escario, continuando el fuego por espacio de una hora con igual fuerza; entonces previne un avance y al frente de la sección exploradora de Isabel la Católica y primera y tercera compañía del expresado Cuerpo cargaron el coronel teniente coronel de Estado Mayor D. Máximo Ramos y mis dos ayudantes capitán Primo de Rivera y teniente marqués del Baztán; se puso en fuga al enemigo por aquella parte, matando algunos de arma blanca y el fuego vivo de los flancos dio un breve descanso, y como la retaguardia estaba a la altura del camino de los Magüeys, invertí el orden de formación, tomando esta la vanguardia; la que era vanguardia quedó de flanco derecho y de retaguardia; como se tenía que pasar el arroyo Babatuaba de uno en uno y las acémilas y heridos eran muchos, volvió a generalizarse el combate, intentando ellos con numerosa caballería estorbar el paso por el flanco izquierdo, pues no habían apostado fuerza en el arroyo y quedaron sorprendidos con mi movimiento; pasado el arroyo, a las cinco ya sólo grupos de caballería hostilizaban la retaguardia y llegué a Bayamo a las nueve de la noche, donde era grande la alarma, pues se había tenido noticia del combate y muerte de Santocildes.

Al día siguiente de mi llegada se enterró al general Santocildes y siete cadáveres más que se trajo la columna, no habiéndose podido traer los restantes por falta de medios de transporte, pues se perdieron cuarenta caballos y acémilas; los ochenta y nueve heridos se habían instalado la noche antes en hospitales provisionales.

Pensaba detenerme un solo día en Bayamo, pero las dos jornadas tan penosas por lo largas y el agua y el fango del camino, y sobre todo la del último día con el combate de cinco horas, no me aconsejaba moverme; también tuve conocimiento de que José Maceo había llegado a Cuba con mil quinientos hombres y se debía incorporar a su hermano y que todo el paisanaje útil de Bayamo, Jiguaní y Baire se reconcentraban por orden de Maceo con objeto de ayudarle; es decir, que me encontraba frente a unos seis mil hombres armados.

Decidí quedarme y enviar mensajeros para que de Holguín y Cuba salgan dos brigadas de más de mil quinientos hombres, para operar combinadamente y procurar deshacer este gran núcleo.

Las bajas que tuve en el expresado combate han sido el general Santocildes y tres oficiales muertos; el teniente coronel Vaquero y tres oficiales más heridos, veintiuno de tropa muertos y ochenta y nueve heridos.

Réstame tan sólo a V.E. que he quedado altamente complacido del comportamiento de las fuerzas todas, y muy especialmente de los que pude observar, como los tenientes coroneles Vaquero, San Martín y Escario; comandante Andino; del médico de Isabel la Católica D. Marcial Martínez Capdevila, que con el del cuartel general D. Eduardo Semprún, que tuvo el caballo muerto de dos heridas montándolo a mi lado, curaron los heridos con serenidad; de mi cuartel general que estuvo constantemente a caballo yendo a llevar órdenes desde el principio del combate y los primeros tenientes de Isabel la Católica don Alfonso Sánchez Osorio y D. Hilarión Martínez Santos; capitán D. Francisco Barbón Fernández, y primeros tenientes D. Pedro Carratalá Mantilla y D. Francisco Sánchez Ortega; y del batallón de Baza el capitán D. Luis Robles Guardabrazo; primer teniente D. Carlos Tuero y O’Donell, y segundo teniente D. Ricardo Boria Linares, y el capitán de la guerrilla montada teniente coronel capitán retirado D. Enrique Travesi y capitán de la guerrilla de Guisa exteniente coronel D. Salvador Benítez.

Lo que tengo el honor de manifestar a V.E. para su debido conocimiento, no expresando las bajas del enemigo porque los datos son muy contradictorios. Dios guarde a V.E. muchos años.

Bayamo, julio 16 de 1895.- Excmo. Sr. Arsenio Martínez de Campos.- Excmo. Sr. Ministro de la Guerra.”


El capitán general de la isla de Cuba el 24 de julio pasado dijo a este ministerio lo siguiente:
“Ejército de operaciones de Cuba.- E.M.G.- Excmo. Señor: Como continuación a mi parte del 16 del actual debo manifestar a V.E. que el general Valdés acudió presuroso a Bayamo con una columna inferior a la indicada por mí por no demorar su marcha en la concentración de las fuerzas que debían seguirle, y a las cuales di orden de que no siguieran ya su marcha, sino que por el contrario, volvieran a Holguín y Tunas con objeto de proteger dichos puntos.
Expliqué a V.E. la situación en que creía encontrarme; estaba equivocado: el enemigo, aunque hacía circular multitud de baladronadas y proyectos que sólo tenían por objeto despistarme tanto más cuanto que eran verosímiles, había quedado tan quebrantado en Peralejo donde tuvo cerca de cuatrocientas bajas y había perdido no sólo la ilusión de quedarse con la columna en aquel mal paso sino que también se habían aterrado del valor del soldado y de mi movimiento primero de avance y luego de flanco, reduciendo el combate a un solo frente, que los “pacíficos” se volvieron a sus bohíos, y convencidos después de que mis bajas no llegaban a ciento veinte, las partidas de este distrito volvieron descorazonadas a sus guaridas habituales, y las de Guantánamo y parte de las de Cuba y Holguín, medio sublevadas, no quisieron continuar aquí; lo que sí hicieron fue establecer en todos los caminos que conducen a Bayamo partidas que hacían llegar a aquella población las noticias exageradas que les convenía, manteniéndome en la incertidumbre que es natural y propalando al exterior todas las especies alarmantes que su imaginación y conveniencia les sugería. Maceo los tachaba de cobardes y ellos acusaban a su vez a este de que los había llevado al matadero. La división y el desconcierto no pueden ser mayores, y si los pertinaces chubascos de la estación no dificultaran las marchas, hubiese operado con las fuerzas reunidas en este distrito.
Todas estas noticias las he ignorado y estaba muy lejos de presumirlas; antes por el contrario, creía que el combate no me había sido favorable más que en el hecho de haber  logrado avanzar sin haber perdido un palmo de terreno, y sin haber retrocedido ante un enemigo tan superior en número y en terreno en que se me había preparado una celada.
La recepción que me ha hecho el pueblo de Manzanillo, tan frío e indiferente de ordinario, el entusiasmo, no sólo de la columna mía, sino el de todas las venidas de fuera, me ha indemnizado de las preocupaciones de estos días, y finalmente el convencimiento que tengo de que he evitado una catástrofe, pues el plan de Maceo lo he conocido ya por completo, y aseguro a V.E. que todo parecía contribuir a que con éxito lo realizara. Consistía en caer sobre el convoy escoltado por doscientos ochenta hombres que estaba en marcha de Cauto a Bayamo conduciendo veinte mil raciones e igual número de cartuchos, empresa facilísima para tan numerosas partidas; marchar al siguiente día contra Bayamo rodeando los dos llamados fuertes con su escaso número de guarnición, y bajar a Manzanillo, donde suponía que no había más cuatrocientos hombres,  porque ignoraba la llegada del batallón de Isabel la Católica, y mientras tanto bloquear Jiguaní, Baire, Guisa y las Ventas. La noticia de mi llegada a Manzanillo y de mi propósito de ir a Bayamo, les hizo pensar en que yo era mejor presa, y que después de muerto yo, podrían realizar su proyecto.
El general García Navarro vino a Manzanillo desde Cuba con los batallones de Cuba y el de Valladolid; el coronel Aldaye desde Ciego de Avila con el segundo batallón de Alfonso XIII, dos compañías de Tarragona, dos escuadrones y cuatro compañías de Andalucía que recogió en Santa Cruz.
De estas fuerzas tomó el mando el general Lachambre y salió para Bayamo tomando el camino que yo había seguido; pero como yo volvía por el de Jucaibama no nos encontramos, retrocediendo tan pronto como supo mi salida para Manzanillo. El general Valdés, que vino de Holguín con dos batallones de la Habana, me acompañó hasta Veguitas, donde se halla detenido hoy para proveerse de calzado y mañana vuelve a Holguín.
La columna de Manzanillo vuelve a Bayamo y Cauto para racionar Bayamo y todos los destacamentos de la jurisdicción con el convoy fluvial que sale el 26 de Manzanillo.
Si pudiera operar, desde luego la ventaja sería mayor, pero necesito por lo menos veinte días para racionar, y aunque ahora llueve mucho, son chubascos diarios que duran poco y a pesar de que inutilizan los caminos pueden considerarse como lloviznas, comparados con los grandes temporales de mediados de Agosto hasta fines de Septiembre en que casi no se pueden pasar los arroyos y mucho menos los ríos.
Réstame tan sólo manifestar a V.E. que, aunque acostumbrado a verlo, la resignación del soldado, su disciplina y su moral, excede a toda ponderación.
Es conmovedor verlos caminar cuatro jornadas con barro hasta el tobillo, sin calzado, que se queda clavado o deshecho en el camino, la tercera parte del tiempo con agua hasta la rodilla, y en los pasos de arroyos y ríos por encima de la cintura, y flaqueando penosamente por los bosques; no creo que en ejército alguno existan tales virtudes; podrá ser mayor su instrucción, superior su espíritu militar, pero soldado como el nuestro, que a veces pasa cuatro días comiendo carne sin sal y bebiendo barro por agua, no lo hay en ninguna nación, y al poner de manifiesto a V.E. esas virtudes, creo llenar un deber de reconocimiento y admiración a ese soldado, y a V.E. como jefe superior del ejército proporcionarle una gran satisfacción.
Dios guarde a V.E. muchos años.- Manzanillo 24 de julio de 1895.- Excmo. Sr. Arsenio Martínez de Campos.- Excmo. Sr. Ministro de la Guerra.”   

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